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Dirección: Neil Burger.
País: USA.
Año:
2006.
Duración: 110 min.
Género:
Drama, thriller.
Interpretación: Edward Norton
(Eisenheim), Paul Giamatti (inspector Uhl), Jessica Biel (Sophie
von Teschen), Rufus Sewell (príncipe Leopold), Eddie Marsan
(Josef Fischer), Jake Wood (Jurka), Tom Fisher (Wiligut), Karl
Johnson (doctor).
Guión: Neil Burger; basado en
el relato corto "Eisenheim: The illusionist" de Steven Millhauser.
Producción: Michael London, Brian
Koppelman, David Levien, Bob Yari y Cathy Schulman.
Música: Philip Glass.
Fotografía: Dick Pope.
Montaje: Naomi Geraghty.
Diseño de producción: Ondrej Nekvasil.
Vestuario: Ngila Dickson.
Estreno en USA: 18 Agosto 2006.
Estreno en España: 17 Noviembre 2006. |
CRÍTICA
por
Leandro Marques
Hay vida después de la vida
Un
ilusionista sabe que el público pretende de su acto algo más que
entretenerse y asombrarse durante un momento. Para triunfar, él
sabe que necesita hacer elevar sobre la atmósfera y la mente de
los presentes los clásicos interrogantes que se ha planteado el
hombre desde siempre respecto de los límites entre realidad y
ficción, entre la vida y el más allá. Ése es el verdadero factor
que determina el éxito del ilusionista y, a la vez, la presencia
de muchos espectadores en su sala. El sutil encantamiento que
propone este mágico personaje reside en su capacidad para
construir en la audiencia una tensión progresiva, una
expectativa nerviosa que, en definitiva, con el truco concluido,
deberá alimentar con brusquedad el aterrorizado deseo que tienen
los seres humanos de aferrarse a la esperanza de que no todo
finaliza cuando el corazón deja de latir.
El acto de un ilusionista y la película
con ese mismo nombre dirigida por
Neil Burger presentan algunas características
similares y otras que no lo son en cuanto a su estructura
narrativa. La cinta, una producción hollywoodense que contó
con escasos dieciséis millones de dólares de presupuesto, se
desarrolla en una bien ambientada Viena del siglo XIX. Y pese
a que cuenta con una refinada estética visual, una prolija
utilización de la cámara y correctas interpretaciones
–encabezadas por Edward Norton
en el rol protagónico, y especialmente
Paul Giamatti–, nunca
contagia el asombro y pasión que desencadena cada truco de
Eisenheim, el ilusionista. Esto puede resultar tal vez como
consecuencia de un problema en la construcción de climas: por
el eje temático que aborda, una película de este tipo
debería ser capaz de sugerir más que decir, y de mostrar no
todo lo que se puede ver. Y “El ilusionista” sólo logra esto
en algunos fragmentos.
La historia en sí no es demasiado
envolvente. Un joven aprendiz de magia se enamora de una bella
duquesa pero la diferencia en la condición social de cada uno
impide que ese amor pueda concretarse. Son obligados a separarse
y, tras años de ausencia, el aprendiz regresa convertido en un
sofisticado ilusionista que se reencuentra con su amada, ya
comprometida con un malvado príncipe heredero del trono del
imperio. Entre acto y acto –tal vez podría haberse trabajado más
en el desarrollo de trucos más creativos– el relato se intercala
con secuencias bastante previsibles de un amor imposible que
deberá superar un sinfín de obstáculos para hacerse realidad. La
trama no ofrece ningún matiz verdaderamente destacable en todo
su recorrido. Pero sí sobresale Giamatti en el papel de
inspector de policía que se debate entre su admiración hacia
Eisenheim y sus ambiciones de escalar junto al futuro rey, y la
moraleja que deja su personaje: no todo tiene precio.
Entre
historia de amor casi épica, suspenso y fantasía, el filme se
construye básicamente como un entretenimiento efectivo. En su
honestidad y simpleza para comunicarse sin falsas ni exageradas
pretensiones radica otro de sus puntos a favor. No abusa de
efectos especiales ni ostentaciones tecnológicas, lo que la
sitúa narrativamente en concordancia con la época en que se está
desarrollando la historia. Por otra parte, tampoco desentona en
lo que se refiere al despliegue técnico correspondiente a la
fotografía, arte, tonos y texturas seleccionadas con acertado
criterio en cada imagen.
El gran
anhelo de todo ilusionista es hacer posible la desaparición en
vivo de un ser humano. Desafiar todos los límites del tiempo y
el espacio consiguiendo el traspaso hacia otra dimensión,
desconocida, del cuerpo de un hombre. Eisenheim, como gran
ilusionista, no sólo supera ese desafío casi imposible, sino
que, como sucede con sus otros trucos, jamás revela los secretos
de su magia. Ni el público del ilusionista ni los espectadores
de la película podrán enterarse de cómo hizo lo que hizo. Cosa
contraria sucede con el largometraje en sí, donde la decisión
del guión adaptado por el director Burger es romper con el
código que caracteriza al sindicato de los ilusionistas. Al
mejor estilo “Sospechosos habituales”, el final del film es
utilizado para desenhebrar de un golpe todos los acertijos,
sacar a la luz todos los secretos. Tal vez este recurso no haya
sido el más adecuado para encajar con la coherencia de todo
el relato, porque clausura sentidos en lugar de abrirlos,
consiguiendo lo que un verdadero ilusionista jamás se
permitiría: que a su público se le apague la ilusión, que se le
extinga el deseo y la curiosidad, que, en definitiva, se quede
sin preguntas para hacer.
Calificación:
    
Imágenes
de "El ilusionista" - Copyright © 2006
Yari Film Group, Bob Yari Productions, Koppelman-Levien
Productions, Michael London Productions y Contagious
Entertainment. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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