CRÍTICA
por
Leandro Marques
El encanto de una película pequeña y
potente
Cuando la luz de la lámpara se enciende, el mundo se ahoga en un
silencio estremecedor. Por un breve instante, protagonistas y
espectadores se unifican en una tensión desgarradora. Menos de
un segundo después, el sonido hueco de un disparo asesino se
confunde con el chasquido estéril de un arma descargada. En “13
(Tzameti)”, cinta que hemos podido disfrutar en el XXI Festival
Internacional de Cine de Mar del Plata, la vida y la muerte
están separadas por lo mismo que demora abrir y cerrar los ojos.
A la luminosa energía de aquella lámpara le corresponde hacer
funcionar la maquinaria del destino.
Géla Babluani,
nacido en Georgia y director de la película, se encarga de
preparar el escenario y establecer los límites necesarios para
que todos –los actores, sus personajes, el público– puedan
entenderlo, sufrirlo, sentirlo de esa manera.
Una casona vieja, un protagonista principal, unos cuantos
personajes secundarios y una idea no demasiado original le
alcanzan al realizador para construir un film sencillo, en
blanco y negro, verdaderamente atrapante y plagado de
adrenalina.
Teniendo en cuenta los recursos antes mencionados y el resultado
obtenido, puede decirse que Babluani, en su primera película, se
muestra como un perfecto manejador de los tiempos y ritmos
cinematográficos, pero, por sobre todo, se destaca por poseer la
capacidad y el talento necesarios para exprimir de la mejor
manera las posibilidades estéticas y narrativas que proporciona
el guión. “13 (Tzameti)”, si en varios pasajes se torna un film
apasionante, es justamente porque logra hacer que cada imagen
surja como la más adecuada al desarrollo de la trama.
El protagonista del
largometraje es el ingenuo Sébastien, un joven humilde que se
gana la vida arreglando techos de las casas. Sin pensarlo
demasiado, decide ocupar el lugar de su heroinómano jefe muerto
para realizar un trabajo misterioso del que no sabe nada salvo
que “hay mucho dinero en juego”, según escuchó decir en una
conversación. La muerte de su empleador lo dejó sin paga y sin
trabajo, por lo que, frente al panorama oscuro que se le
presenta, Sébastien no duda ni por un instante que deberá hacer
suya la oportunidad que tiene delante suyo, por más que ni sepa
de qué va el asunto y aunque sospeche que no se trata en
absoluto de un trabajo honesto, común y corriente. La cinta se
desarrolla de manera previsible, no se preocupa por prestarle
demasiada atención a la primera parte de la narración,
simplemente se dedica a arrojar indicios de que Sébastien se
está metiendo en serios problemas. Casi como un trámite, va
dejando listo el terreno para lo que se viene. Y lo que viene,
cuando podía suponerse que se trataría de cualquier otra cosa,
como algún asunto con drogas, con la mafia o con traficantes de
armas, es una situación brutal de estrés y violencia que, para
que sorprenda como es debido, no merece ser contada
explícitamente en estas líneas. Sólo bastará con decir que el
pobre Sébastien se va a tener que enfrentar con la más
exacerbada muestra de perversión humana.
Una vez que el film se
transporta a ese lugar, a esa situación, se detiene ahí y no
avanza más. No es necesario. Una cámara activa
en la búsqueda de ángulos, basada en fuertes primeros planos, y
el manejo exacto de los tiempos para producir momentos
desbordantes de intensidad,
le alcanzarán a Babluani para tener al público sumido en la
atmósfera sórdida e inquietante que se sostiene durante gran
parte de la película.
Aquella lámpara que separa la
vida y la muerte, por momentos, no parece estar ahí solamente
para determinar el destino de Sébastien. También es capaz de
salirse de la pantalla para atravesar el cuerpo de cada
espectador. Esa sensación de “estar ahí viviendo ese momento” es
el principal argumento que se puede esbozar a favor de la
película. Constituye su esencia. El cuidado estético, sumado al
sabor especial que le da el blanco y negro, y una buena dosis de
humor e ironía, hacen el resto. Babluani no abarca mucho pero
aprovecha al máximo los alcances de su enfoque. Por eso “13
(Tzameti)”, sin pretensiones exageradas, a través de la simpleza
y eficacia comunicativa de su realizador, puede ser definida
como una obra chiquita y perfecta, que da gusto mirar.
Calificación:
    
Imágenes
de "13 (Tzameti)" - Copyright © 2005 Les
Films de la Strada, Quasar Pictures, Solimane Productions y MK2.
Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos
reservados.
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