CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
En el cine, como en el resto
del abanico artístico, se ha tratado el lado tenebroso del ser
humano en muchas ocasiones. En algunas de ellas el tema estrella
ha sido los asesinos en serie, un interesantísimo grupo de
sujetos cuya característica esencial consiste en obtener placer
al matar de un modo concreto o a víctimas concretas. Sin
embargo, la excentricidad que podría, eventualmente, perdonar
sus atrocidades ha dejado de comunicarse al gran público en las
salas de proyección; los documentales científicos, que
evidentemente miran más por el lado psiquiátrico o el social,
han depuesto al retorcido personaje de base racionalista para
ocupar su lugar con el enfermo mental. Por fortuna.
La primera parte de esta
abominación llamada “Captivity (Cautivos)” traza vagos intentos
de repesca de los viejos síntomas del psicópata, recordando
levemente a “El silencio de los corderos” (1991) o la más
reciente
"Saw"
(2004). Su propuesta es un modelo formal, impracticable en el
mundo real, en el que el supuesto asesino encierra a sus
huéspedes en una bodega tétricamente acondicionada y, pasado un
tiempo, los calcina para dejar sus cenizas en el escenario donde
la siguiente víctima desaparece. Siendo lo más optimistas
posible, lo único que merece cierto interés en este tramo, de no
más de quince minutos, es la mal lograda sensación de
claustrofobia, en el que la reclusa, una modelo llamada Jennifer
a secas (Elisha Cuthbert,
de la serie “24”), debe obedecer las caprichosas órdenes de su
anfitrión, que sólo se comunica con ella mediante grabaciones en
vídeo, prendas de ropa, destellos de luz o molestos pitidos.
Las afortunadamente pocas
escenas de investigación policial van a hacerles pensar, por
primera vez, en levantarse de sus butacas. Su único objetivo es
que el secuestrador, al que en realidad no han visto ni una sola
vez, se gane su respeto gratis con frases absolutamente
vergonzosas, como por ejemplo “(...) [el asesino] utiliza
tecnología sofisticada, como vídeos y grabadoras (...)”, o
“Esta clase de asesino quiere inconscientemente que lo
detengan (...), pero aún no está listo”, a lo que otro
compañero responde con el “Oh, Dios mío” menos creíble de
la historia de la interpretación.
Pero en el absurdo guión de
Joseph Tura
y Larry Cohen
les aguardan, desgraciadamente, nuevas y desagradables
sorpresas. Aunque, asumiendo que han visto algún largometraje a
lo largo de su vida, no debería hablar de sorpresas con el que
es, con toda probabilidad, el argumento más previsible de la
cinematografía moderna; menos aún cuando el supuesto gran golpe
de efecto es algo que pensaron a los cinco minutos de metraje y
desestimaron por ridículo. No se preocupen: Tura y Cohen, bajo
mandato de Roland Joffé
(director) no lo hicieron, y les harán verlo a menos que pongan
fin a tanta insensatez y abandonen, cabizbajos, la sala,
admitiendo que han arrojado al vacío su dinero y casi dos horas
de su valioso tiempo.
El desparpajo con el que
Joffé transforma el modelo absurdo de la primera parte en la
obscenidad delirante de la segunda, se suma a un buen número de
escenas que ya les habrán hecho previamente asomar alguna
lágrima, pero no de terror, sino de risa: coches sin batería que
pueden encenderse mágicamente a los cinco segundos; debates de
clase social sin forma ni sentido de ser; o el patético modelado
del personaje de Elisha Cuthbert, con frases manidas,
presuntuosas y ruborizantes como “espero que no se me esté
corriendo el maquillaje” o “real es lo que puedes tocar”
(vaya, no me diga). A medida que se suceden los
minutos, sus ya de entrada insoportables protagonistas saltan
por los aires, y, destruidos por la propia mano del realizador,
pierden el norte y se precipitan hacia ninguna parte.
Llegados a un nivel de
decadencia argumental como éste (si esperan más en irse verán
cómo la cosa sigue a peor), incluso una puesta en escena de lujo
quedaría mancillada. Tampoco es el caso, pues Joffé camufla sus
evidentes carencias tras escenarios simples (básicamente una
casa), en los que, a pesar de todo, hace desfilar primeros
planos abusivos, una nefasta iluminación (plagiada en parte a
Jonathan Demme) y el aburrido jugueteo con el volumen y los
gritos, que todavía creen que sobresalto y terror son sinónimos.
Sin lugar a dudas,
lo más negativo de esta obra es la desastrosa
combinación de no haber conseguido nada de lo que se proponía,
si es que se proponía algo, con un perfil escenográfico nulo y
un guión más bajo aún. Todo ello configura una de las peores
propuestas de los últimos años
y de la que muchas ‘serie B’ no tendrían nada que envidiar. No
se me ocurre ninguna persona de ninguna nacionalidad, edad o
estrato social a la que pueda recomendar esta (si es que lo es)
película, a menos que exista un nuevo conjunto de espectadores
que experimenten una sensación placentera cuando saben que están
malgastando su tiempo, su dinero e incluso las sustancias
psicotrópicas que hayan podido necesitar para llegar hasta el
final.
Calificación:
    
Imágenes
de "Captivity (Cautivos)" -
Copyright © 2007 Foresight Unlimited y RAMCO Films. Distribuida
en España por New World Films International. Todos los derechos
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