CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
¿No hay
futuro?
Quizás a
priori parezca un tanto complicado discernir las razones que
pudieron llevar a Alfonso Cuarón
a hacerse cargo de un proyecto como la adaptación al cine de
“Hijos de los hombres”, la rupturista distopía imaginada por la
especialista en ficción policial P.D. James. Ni siquiera un
vistazo a su filmografía inmediatamente anterior, que
efectivamente no se ha privado de nada, parece darnos muchas
pistas al respecto: desde la actualización ultramoderna y
comercial de un clásico de Dickens (“Grandes esperanzas”) hasta
la tercera entrega de las aventuras de Harry Potter, pasando por "Y tu mamá también",
seguramente su proyecto más personal hasta la fecha, en el que
se narraba un viaje sin retorno hacia la vida adulta y las
pérdidas que ésta conlleva. Y es que, a estas alturas, le da a
uno la impresión de que Cuarón se ha empezado a erigir en la
réplica mexicana a Joel Schumacher, a saber, ese artesano
aventajado al que no se le resiste ningún proyecto, capaz de no
hacerle ascos a nada siempre y cuando tenga la posibilidad de
imprimir al proyecto cierta dignidad... pero, al mismo tiempo, y
casi inevitablemente, negándose a sí mismo un sello propio, ese
algo que deje su autógrafo en cada plano filmado. Lo cual, sobre
todo a tenor de la cinta que nos ocupa, no es que sea algo bueno
ni malo. Pues quizás perdamos la posibilidad de una gran
película de autor, pero, sin duda alguna, ganamos la realidad de
una gran película de género.
Es muy
posible que la premisa de la que arranca “Hijos de los Hombres”
sea la más nihilista, la más oscura de un género que, día a día,
parece casi inevitablemente abocado al pesimismo (honrosos
ejemplos como “12 monos” o la reciente "V
de Vendetta" dan buena cuenta de ello). Al fin y al
cabo, por una vez y sin que sirva de precedente, no es un virus
letal, ni una invasión alienígena, ni un devastador cambio
climático lo que amenaza la raza humana. Por una vez, el
problema está profundamente enraizado en el propio hombre (y en
la propia mujer). Pues en esta ocasión, la acción nos traslada a
un futuro no tan lejano, el 2027, en el que la humanidad ve
seriamente amenazada su existencia por la prolongada,
inexplicable y generalizada esterilidad que domina el planeta.
En semejante marco, la población se divide entre los que se
entregan al caos y la desesperación, mayoritarios, y los que
siguen luchando por mantener viva la llama del orden y la
esperanza. Y también en ese marco es donde surge Theo (Clive
Owen), un burócrata gris de pronto reciclado en héroe
ordinario al aceptar el encargo de una antigua amante
perteneciente a una organización activista (Julianne
Moore) para acompañar hasta la costa a una joven
inmigrante que parece guardar un gran secreto. Un secreto lo
bastante decisivo como para que sus compañeros sean capaces de
dar su vida por salvaguardarlo.
Si algo
hay que agradecer a la visión “futurista” de Cuarón, sobre todo
en tanto en cuanto al mensaje que la historia intenta
transmitir, es la negación de envoltorios visuales innecesarios.
Ningún gran efecto visual, ningún espectáculo puramente
grandguiñolesco, ninguna distracción, en fin, relajará el estado
de pesadumbre que la cinta transmite al espectador. Aun más, en
ocasiones la cámara llega incluso a adoptar un estilo
pseudo-documental que no hace sino acentuar el desasosiego
(sobre todo, en la climática última media hora de metraje,
absolutamente modélica). Y es que la intención de Cuarón es muy
clara a ese respecto: reflexionar sobre el presente a través de
una fábula futurista y, en consecuencia, hacer que el futuro no
lo parezca tanto. Así, la sociedad distópica presentada no
parece otra cosa que el reverso oscuro, degradado, de nuestra
sociedad presente. Sigue habiendo apuntes, no necesariamente
amplificados, a nuestra realidad más inmediata, desde el culto
desmesurado a la celebridad hasta el desprecio más irracional
por la vida humana (tema al que se da un irónico, brillante giro
en el último tercio del film), eso sin olvidar los brotes de
xenofobia en un mundo cada vez más acuciado por los problemas de
la inmigración.
Quizás la
única pega que realmente se pueda sacar al último Cuarón sea el
uso (que no abuso) de determinados golpes de efecto, subrayados
tal vez un tanto estridentes en una obra, por lo demás, bastante
sobria. Aun con todo, incluso éstos vigorizan una cinta que,
como la misión del personaje encarnado por Clive Owen, sólo se
puede vivir de forma visceral, con las tripas. A todo ello
contribuye, asimismo, la fotografía de
Emmanuel Lubezki, sucia y gélida, el comedido diseño
de producción, un guión que pone los puntos solamente sobre las
íes (si acaso, con alguna pincelada de humor aislado, sobre todo
a cargo del antológico personaje encarnado por un
inesperadamente excéntrico Michael
Caine)... y unos intérpretes de excepción, desde la
siempre certera Julianne Moore hasta un esencial Clive Owen
bordando el estereotipo aquí elevado a la enésima potencia del
“héroe ordinario metido en una situación extraordinaria”. En
definitiva, una cinta negrísima y altamente recomendable no
sólo para los amantes de la ciencia-ficción, sino para los
amantes en general del cine con mayúsculas. Un golpe bajo a
nuestras conciencias, es posible, pero hay que reconocer que no
deja de recibirse con cierta fascinación.
Calificación:
    
Imágenes
de "Hijos de los hombres" - Copyright © 2006
Strike Entertainment y Hit & Run Productions. Distribuida en
España por UIP. Todos los derechos
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