CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
No es la primera vez. Esta fatídica frase puede acompañar
a los prejuicios del que ve “Copying Beethoven”. No es la
primera vez que llega a nuestras pantallas un biopic, tan hartos
como estamos de tragarnos ejemplarizantes modelos
norteamericanos. No es la primera vez que se aborda la vida del
famoso compositor –pueden hacer comparaciones de caracterización
entre
Ed Harris
y Gary Oldman, quien lo interpretó en 1994–. Hilando más fino,
ni siquiera es la primera vez que se nos describe la vida del
artista a partir de un aprendiz o de una musa. Sin embargo, hay
una fuerza oculta en la directora
Agnieszka Holland
que hace olvidar por completo modelos del estilo "La
joven de la perla"
–y recordar con agradable sorpresa otros más marginales como “El
fantasma y la señora Muir”–, pero, aún mejor, contagia la
sensación de que es la primera vez que escuchamos la “Novena
sinfonía”.
De un modo en nada sutil,
sino contundente, Holland abre su peculiar visión del compositor
vienés con planos inestables, cortos, neblinosos y cambiantes;
un fuerte arranque que expone desde el principio su particular
aproximación tanto a la biografía como al cine de época. Este
ímpetu visual, unido a una ‘fuga’ de instrumentos de cuerda,
dibuja con pulso firme la tragedia y la inminencia de la muerte
de Beethoven, de tal forma que el resto de la película se nos
plantea como un gigantesco flashback. Esta decisión parece
gratuita, pero, visto el desarrollo posterior, demuestra el
deseo de la directora por cerrar el relato con un mensaje más
vital y menos lineal, no con la muerte del genio y la música,
sino con su permanencia en el mundo. Somos más lo que creamos
que lo que simplemente somos, viene a decir Holland, y en este
sentido su místico propósito va a unirse en la forma con el
mismo buen ritmo del prólogo –o epílogo, según se entienda–.
En su contra se encuentra la
previsibilidad de los grandes rasgos de la historia y de la
trayectoria que siguen los personajes: la joven ingenua que
aprende dolor y verdad del maestro, el enamorado ambicioso, el
sobrino redimido y el propio artista asesinado por su música, su
público y su fama. A pesar de basarse
libremente en la vida real de Beethoven, Holland no elude
ciertos prototipos y esquemas muy hollywoodienses, quizá en el
empeño de que la película sea tan universal como el músico.
La relación entre Beethoven y Anna Holtz (Diane
Kruger) alcanza
sus mejores momentos en los instantes impredecibles y amargos,
mientras que la alegría de un compositor famoso por su mal
carácter casa con menor acierto en la celebración de varias
escenas –como el momento en que, sin camisa, invita a bailar a
Anna por el cuarto–. El resto del tiempo, la cinta calibra sin
temblores el tono dramático y los toques humorísticos, incluso
entremezclando los dos para generar en el espectador los
sentimientos encontrados de ambas partes –Beethoven
pedorreándose de las composiciones de su discípula–.
Pero si algo
sobresale en “Copying Beethoven” es su capacidad para discurrir
estética y sensorialmente como un reflejo de los conflictos
internos. Más que una película de Beethoven, Holland
nos dedica un discurso sobre las dobleces del genio, resueltas
con magníficas contraposiciones
musicales, sobre la esencia de la música y sobre la inspiración
religiosa que exalta y perturba a un hombre católico. La
iconografía al respecto no es parca; incluso la afortunadamente
débil y visceral tensión sexual existente entre Anna y el
compositor alcanza su punto álgido en una escena en la que ella
le lava cual Jesucristo entre sus discípulos. El peso de la
responsabilidad y de las ideas, que Beethoven oculta bajo el
nombre de Dios, se transmite mediante ángulos arriesgados, luces
de vela y ventanal, y cortes de imagen fugaces; una original
disposición de los recursos narrativos para alejarse de las
tradicionales pasividad y estilización de los retratos
decimonónicos. Sin juzgar al público del momento histórico ni
encumbrar al hombre sobre la obra, Holland teje sin dejar muchos
puntos sueltos los tres grandes pilares de su película: él, ella
y el tercero en discordia, la música, unidos con ejemplar
soltura en la escena central sobre el concierto de la “Novena
sinfonía”, cuando a través de gestos los tres vértices se funden
sin tocarse.
Ante todo, Agnieszka Holland
ha conseguido un largometraje circular, de bellísimos encuadres
y capacidad para expresar más cosas mediante las melodías de
Beethoven que a través de los monólogos, si bien consiguen
colarse en el guión algunos diálogos de tono demasiado
petulante. Del mismo modo, la interpretación de
Ed Harris oscila entre la contención, la humanidad y la temible
exasperación externa, muy habitual entre los actores que se
imaginan al genio como una manifestación física
–el siempre referente Kirk Douglas de “El loco del pelo rojo”,
de Vincente Minelli–. Gracias a la serenidad aportada por Diane
Kruger, vista normalmente más inexpresiva, cuando Harris se
acerca a los extremos las escenas vuelven a equilibrarse. Y la
discípula que ayuda a su maestro a dirigir el concierto evita
que al espectador poco avezado en música le resulten demasiado
exageradas las expresiones del director.
Aunque por momentos parezca
no alejarse del sendero marcado por los biopics tradicionales y
actuales, “Copying Beethoven” añade una agradecida frescura a un
género tan popular como poco afortunado. Sin mostrarnos el
típico recorrido de autosuperación y con una mentalidad más
europea, la película se ahorra una lección de buenos valores y
falsas esperanzas. Transmitiendo oleadas de pesadumbre y
melancolía, el filme de Holland, como las buenas historias, deja
la puerta entreabierta –la del enfoque, la del espíritu– a punto
de abrirse del todo o de cerrarse por completo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Copying Beethoven" - Copyright © 2006
Sidney Kimmel Entertainment, Myriad Pictures y Film &
Entertainment VIP 2 Medienfonds. Distribuida en España por Notro
Films. Todos los derechos
reservados.
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