CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Silencios en la
partitura
La música como lenguaje del
alma, y el silencio como una realidad interior que permite al
espíritu cantar y alcanzar la libertad. Es el mundo del sordo
más famoso de la historia, que la polaca
Agnieszka Holland
(“Europa, Europa”, “El jardín secreto”) pone en imágenes,
capturando los últimos momentos en que el genio compuso su
Novena Sinfonía y otras piezas que rompían el academicismo
musical. La historia parte de la necesidad de ayuda del
compositor, ahogado en su sordera y soledad, para componer su
obra magna. Anna, una mujer deseosa de abrirse camino en la
Viena de los grandes músicos, será quien haga primero de copista
y después de ayudante en la dirección de orquesta; su franqueza
y sensibilidad se ganarán el reconocimiento del maestro en un
duelo en que ambos saldrán beneficiados, y con ellos el
espectador de entonces y el de ahora.
La
directora busca adentrarse en una mente que sólo oye la música
que lleva dentro, en alguien que ha librado una lucha por
alcanzar la libertad interior y dejar al espíritu que se
desborde sin imposiciones ni restricciones de época; la
conciencia de poseer un don para dialogar con las almas y
sentarse a charlar con Dios de tú a tú, le convierten en un
genio, en un ser duro y arrogante en ciertos momentos,
delicado y humilde en otros, y siempre de carácter fuerte y
exigente. Su vida –y la película– se transforma en una nueva
odisea de quien busca encontrarse a sí mismo y traducir sus
sentimientos en notas musicales que hablen de inquietudes y
arranques de ira, temores y fugas, deseos de amor y de
autenticidad. Es el mismo viaje interior que debe recorrer
Anna, una joven de 23 años que llega con deseos de triunfar y
que termina encontrando su sentido de la existencia.
A
primera vista, podría decirse que el mejor aval del filme es su
música. Sería una obviedad al tratarse de Beethoven, y una
falsedad al hablar de cine. Porque ante todo,
la obra de Holland destaca por el inteligente y
preciso uso de la cámara, siempre moviéndose en armonía con los
nuevos aires de una partitura innovadora.
Su objetivo sabe recoger esos momentos de inspiración artística
y aquellos otros de delicada relación entre dos individuos
necesitados: los abundantes primeros planos, unos rostros llenos
de expresividad o unas imágenes equilibradas en su factura dejan
paso a otras composiciones nada canónicas y de planos cortados.
El ritmo narrativo del montaje responde a un concreto estado del
espíritu y a la música que se escucha en ese preciso momento, ya
sea ésta en adagio o en fortísimo. Y una bella
fotografía que prefiere los tonos cálidos y que encuentra en el
claroscuro la manera de plasmar el estado febril de quien lucha
por extraer la luz entre las tinieblas de la ceguera.
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El
mejor ejemplo de lo dicho hasta ahora podemos apreciarlo
en una escena antológica, cuando el espectador escucha
durante diez minutos la interpretación de la Novena
Sinfonía, dirigida al unísono por el maestro y su joven
discípula. Sin duda, emociona entonces la belleza de la
composición con su diálogo de instrumentos que se dan
entrada unos a otros, o con la intromisión de los coros
con una fuerza que eleva el espíritu para conducirlo a
territorios de armonía. Pero esto no sería más que una
excelente partitura si no viniera acompañada por una
cadencia de las imágenes, perfectamente medidas en su
duración, cuidadosamente recogidas por una cámara que se
mueve por la sala con escrupuloso respeto eligiendo los
mejores ángulos, y alcanzando una fluidez que realza la
conseguida por la partitura. Por su parte,
Ed Harris y
Diane Kruger dan un recital
interpretativo, excelentes tanto en sus momentos creativos
como en las situaciones personales
en que se desvelan sus anhelos y debilidades. Sin embargo,
en un guión que busca más el retrato de los personajes y
su potencial artístico-musical, la subtrama del sobrino de
Beethoven resulta innecesaria y un tanto impostada,
mientras que la del novio de Anna se convierte en un
simple apoyo metafórico que refuerza el carácter vitalista
y libre del artista.
Por último, la comparación
con el “Amadeus” de Milos Forman se hace insoslayable. En esa
extraordinaria película, el espectador acompañaba al Mozart
pueril y frívolo hasta su trágica y agónica muerte, expoliado
por un envidioso Salieri. Era la bajada a los infiernos de un
genio, con toda la crueldad y amargura de quien se ha echado a
perder. Ahora, Holland no ha querido mostrar ese mundo de
dramatismo, suspicacia y desesperación en que pudo encontrarse
un alma atormentada por su sordera y singularidad: Beethoven no
es el Salieri que se rebela contra Dios y el mundo porque no le
han reconocido, ni tampoco el Mozart que ha malgastado
–en
parte–
sus dones y sufre su soledad. Nuestro protagonista se nos
presenta como alguien a quien el silencio permitió escuchar lo
divino y lo humano, realidades espirituales en sintonía con el
talento artístico y el espíritu de la época que quedan muy bien
reflejadas en la cinta.
Emocionante
y artístico largometraje, perfecta simbiosis de música e imagen,
y a la vez conmovedora relación entre maestro y discípula.
Unos y otros,
Beethoven y Holland, Harris y Kruger, demuestran saber cómo
crear puentes para unir a los hombres y no sólo a las ciudades.
Sin estridencias ni histrionismos, sin dulzuras melodramáticas
ni pedanterías cursis, la directora polaca nos ofrece una
película que en San Sebastián se llevó el Premio del Círculo de
Escritores Cinematográficos y que gustará al espectador
aficionado a la música y amante de historias interiores.
Calificación:
    
Imágenes
de "Copying Beethoven" - Copyright © 2006
Sidney Kimmel Entertainment, Myriad Pictures y Film &
Entertainment VIP 2 Medienfonds. Distribuida en España por Notro
Films. Todos los derechos
reservados.
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