CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Había
curiosidad por ver cómo se desenvolvía
Lars von Trier, uno de los creadores más singulares
del cine contemporáneo, en el difícil terreno de la comedia.
Hasta ahora, le conocíamos su dominio del drama (en varias
vertientes, del musical de "Bailar en la oscuridad"
al pozo sin fondo de “Rompiendo las olas” o el sádico
minimalismo de "Dogville") e,
incluso, su curiosa experiencia llevando a su terreno el terror
en la sobresaliente serie “The Kingdom”. Como se puede ver,
todos ellos géneros “serios”; ¿funcionaría igual la mirada
vontrieriana en una cinta cómica?
La respuesta
es que, desde luego, el director de
"Manderlay" no ha
nacido para hacer comedias, porque ésta, como tal, no funciona.
De hecho, por momentos da la sensación de que Von Trier (que ha
utilizado, al parecer, un novedoso sistema por ordenador llamado
Automavision que es el que toma las decisiones últimas sobre el
montaje, lo que parece remitir más bien a una nueva técnica del
“marketing cultural” en el que es tan experto quien fundó el
Dogma para abandonarlo inmediatamente) se ha olvidado del tipo
de película que tiene entre manos para hacer una más cercana a
lo que es habitual en él. Cierto que, en este caso, no hay una
tragedia sobrevolando a los personajes (o no, al menos, de la
manera ominosa como sucede en la mayoría de sus cintas), pero en
lo demás lleva su firma indeleble.
Puede que el
lector se esté preguntando por qué, si un film que se vende como
comedia, no termina de funcionar como tal, este crítico le
concede tres estrellas. Pues porque, a pesar de ello, contiene
suficientes motivos de interés: la anécdota que pone en marcha
la cinta (la contratación de un actor para que interprete al
jefe de una empresa, personaje ficticio creado tiempo ha por el
verdadero dueño para utilizarlo como escudo a la hora de tomar
decisiones polémicas, y que de repente necesita ser encarnado
cuando el futuro comprador del negocio exige tenerlo delante en
el momento de la firma) da pie a Von Trier para diseccionar,
con su mirada de escalpelo, el absurdo y la mentira en que se
basan todas las relaciones sociales, aquí circunscritas al
ámbito de la empresa. Pero es que, incluso, llega a ir más
allá, demostrando lo muy fina que es la línea que separa lo
teatral de la forma en la que vivimos nuestras vidas (y eso, por
no hablar de su particular ajuste de cuentas con la soberbia de
los actores).
Quizá no sea
casual que el danés haya elegido, además, a una empresa de
informática, cuyos bienes y productos vienen definidos por su
propia intangibilidad y, por tanto, la volatilidad de su valor.
Y lo mismo sucede con los personajes, un puñado de excéntricos
ingenieros con vidas destartaladas y continuamente necesitados
de un afecto infantil, lo que les vuelve débiles y manipulables.
Y que, como le sucede a todo aquél que desea ser querido a
cualquier precio, querrán ver cariño en una jefatura que sólo
busca la manera de tenerles contentos y motivados, eso sí, al
menor coste posible; y sin olvidar que, cuando dejen de ser
útiles, se podrá prescindir de ellos sin problemas.
En cuanto a
la estética de la película, que recuerda en mucho a la del
Dogma, hay un efecto novedoso, creado por el citado sistema de
Automavision, en el que los planos se suceden de una manera
inestable: los personajes se desencuadran o, incluso,
desaparecen bruscamente; y esto, que podría ser irritante,
termina dotando, sin embargo, de una cierta agilidad a una cinta
que, dados sus largos y, en ocasiones, densos diálogos, acabaría
de otro modo cayendo en una pesadez definitivamente alejada de
la comedia.
El problema
es que, en el fondo, a Von Trier le sucede como con el drama
o el terror: que no cree en los géneros, aunque sabe utilizar
sus códigos para levantar historias más afines a sus intereses.
Pero la comedia es un género que difícilmente funciona si quien
la utiliza no cree en ella, como demuestra la idea (tan
vontrieriana, por otro lado) de hacer acotaciones desde el
exterior del edificio de la empresa, mostrándose incluso
reflejado, subido en una grúa, en el cristal de una ventana. Y
quizá sea eso lo que defina al genio: que, incluso cuando yerra,
deja tras de sí suficientes motivos de interés como para que el
resultado raramente sea vano. Y este filme, desde luego, y a
pesar de sus problemas, no lo es.
Calificación:
    
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