CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Todos los cineastas que en los últimos tiempos están llevando el
nombre de México a los lugares más destacados de la actualidad
cinematográfica mundial coinciden en señalar que el suyo es un
éxito “a pesar” de la pésima situación que la industria tiene en
su país, con escasas ayudas para los creadores que, de esta
manera, tienen que producir sus películas casi como ejercicios
de resistencia o teniendo que salir al exterior para lograr
apoyo (con escalas, por ejemplo, en Estados Unidos, España o
Francia).
“El
violín” pertenecería a los de la primera clase, y quizá ese
hecho de haber sido creada totalmente en México es una de las
razones por las que estilística y temáticamente está en las
antípodas de obras como "Hijos de los hombres" o
"El laberinto del fauno", de sus
contemporáneos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro,
respectivamente. No hace falta leer las declaraciones de su
director, Francisco
Vargas Quevedo,
para reconocer en sus imágenes la influencia del Luis Buñuel de
“Los olvidados”, o la herencia realista de un tipo de cine que,
además, enlaza directamente con la tradición literaria y
artística del país.
Porque, cuando uno se asoma a “El violín”, tiene la sensación de
estar haciéndolo a un pedazo de verdad, con la historia de tres
personajes (el abuelo, el hijo, el nieto) que se buscan la vida
tocando música por los pueblos cercanos a una selva
indeterminada (podría ser Chiapas, pero también, tristemente,
otros muchos puntos diseminados por América) mientras colaboran
con una guerrilla que busca plantar cara, de manera desesperada,
a la violencia de un ejército que mata, asola y viola con
impunidad a las comunidades indígenas.
Pero este tema, que en manos de otros directores más
panfletarios apenas descendería el peldaño de la denuncia social
y política sin tomar una verdadera encarnación humana, en el
portentoso guión de Vargas Quevedo, en su poderoso blanco y
negro y, sobre todo, en las interpretaciones –con el no
profesional y anciano don
Ángel Tavira
al frente– cobra su verdadera identidad, su capacidad de
trascender la anécdota para transformarse en una narración
universal. Quizá por ello la cinta ha recogido, más que
merecidamente, el impresionante ramillete de premios que la han
ido saludando en su accidentado camino, con el galardón al Mejor
Actor en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes a
la cabeza.
Porque, lejos de los excesos reflexivos, Vargas Quevedo ha
sabido montar una historia que se sigue con aparente ligereza,
con una ajustada construcción que se apoya en
un suspense que va in crescendo hasta literalmente
quitar, en su último tramo, con una economía de medios ejemplar,
el aliento de un ávido espectador
que ve cómo los lazos de la narración se van cerrando
inexorablemente sobre el viejo y manco violinista. Y todo
porque, previamente, se nos ha preparado con un puñado de
escenas de antología, como la conversación entre don Eustaquio y
el capitán del ejército –un estupendo
Dagoberto Gama
que sabe revestir de una contundente humanidad a la figura
oscura del relato, auténtico oponente a la lúcida vitalidad del
digno e impresionante protagonista–.
“El
violín” no es una película dulce; su impactante arranque,
coincidiendo con los títulos de crédito, avisa que nos
encontramos ante una obra dura, pero es cierto que el resto de
su metraje prácticamente huye de los golpes de efecto y las
escenas desagradables para dejarse llevar por un ambiente
asfixiante que se apoya más en la amenaza latente y constante
que en su verdadera concreción. En este sentido, la cinta sería
más bien el testimonio de la calma que precede a la tormenta y
así, cuando ésta por fin se abate, es como si aquélla fuese la
única salida posible a una situación en la que la bota de la
injusticia impide respirar a sus protagonistas.
Denuncia de una lógica que acaba arrastrando a todo aquél que se
acerque a su espiral destructiva, “El violín” toma aún más
sentido por su profunda humanidad y su arriesgada y militante
apuesta. Y, lo que es más importante, lo logra sin contener
discursos o arengas, sin caer en el subrayado reiterativo, sin
hacer trampas al espectador… Una primera
película perfecta, soberbia; un nombre a seguir con atención.
Calificación:
    
Imágenes
de "El violín" - Copyright © 2005 Cámara
Carnal Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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