CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Allen Coulter
es un debutante forjado en la televisión, y se nota en su manera
de narrarnos la historia, bastante triste por cierto, de George
Reeves, el actor que primero encarnó a Superman y que apareció
muerto por un tiro en 1959, en lo que oficialmente fue
considerado un suicidio, aunque las sospechas sobre la
posibilidad de un crimen pasional nunca se disiparon del todo;
de hecho, el caso de Reeves sigue siendo uno de los más
destacados de la leyenda negra de Hollywood, que tantos réditos
ha dado a la misma industria.
Y no deja de ser curioso que
sea un realizador televisivo como Coulter el que haya llevado a
la pantalla la historia de Reeves, sobre todo porque hay en ella
algo de simbólico: como afirma en la película el todopoderoso y
siniestro Edgar Mannix, vicepresidente de la MGM (otro regalazo
interpretativo de Bob
Hoskins), algo
estaba cambiando por aquellos años: la irrupción de la
televisión, y su enorme repercusión, había multiplicado las
posibilidades de que un mediocre alcanzase un nivel de
popularidad antes reservado a las grandes estrellas (sería
curioso saber qué pensaría Mannix si se asomase a la caja tonta
hoy en día). Y George Reeves, nos viene a decir “Hollywoodland”,
era el mediocre por excelencia, un tipo encantador con muchísima
confianza en sí mismo, pero condenado a no hacer otra cosa que
llevar una capa que al final le pesaría como una losa.
¿Era consciente
Ben Affleck, a
la hora de aceptar el papel de Reeves, del juego de referencias
que inevitablemente se iba a establecer? Fuera o no así, es
obligatorio decir que el acierto de casting
es pleno: el trabajo de Affleck es soberbio, y la Copa Volpi que
se ganó en el Festival de Venecia, que a más de uno hizo
levantar la ceja, está más que merecida:
por primera vez, el protagonista de "Pearl Harbor" llena
la pantalla, insufla vida a su personaje, consigue la
complicidad del espectador y logra que nos identifiquemos con un
actor que sólo quería una oportunidad para hacer algo serio,
mientras que, para los demás, era tan sólo un amante que
espantaba los fantasmas de la madurez y la decadencia (Diane
Lane, cada vez
más hermosa y mejor actriz), o un ridículo Hombre de Acero que
atornillaba a los niños de toda una nación a la hora de emisión
de un serial de ínfima calidad.
Pero es que los méritos
interpretativos de una película plagada de escenas que son un
regalo para sus actores, no se quedan ahí; lo que pasa es que
son menos sorprendentes: decir que
Adrien Brody borda su papel empieza a ser un lugar común,
pero es que aquí levanta de nuevo un papel plagado de tópicos,
el de un detective fracasado que termina obsesionado por
descubrir quién mató a Reeves, en quien ve una proyección de su
propio atasco vital. Y esa excelencia se extiende al resto del
reparto, en un regalo interpretativo como hacía tiempo que no
pasaba por la cartelera.
Chico listo Coulter, sí. No
hay mejor forma de disimular las limitaciones como director que
dando cancha a sus actores. Y, gracias a eso, podemos asistir al
montaje paralelo en el que el personaje de Brody imagina lo que
pudo pasar en la casa mientras asistimos a los últimos momentos
de la vida de Reeves. Y ese primer plano de Affleck, en el que
establece un falso contacto visual con el detective y con el
espectador, es de los que quedan grabados a fuego. Si hace un
año me dicen que podría escribir algo semejante sobre el
protagonista de
"Daredevil",
lo habría descartado como mera provocación, pero es así: sólo
por esa secuencia, por ese plano, merecería la pena la película.
Pero, afortunadamente, hay más. Y eso, en los tiempos que
corren, no es poco.
Calificación:
    
Imágenes
de "Hollywoodland" - Copyright © 2006 Focus
Features, Miramax Films y Back Lot Productions. Distribuida en
España por Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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