CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
El implacable vampirismo de
Hollywood descubrió desde muy temprano el inagotable filón de
argumentos que escondía dentro de sí mismo, espejo opaco para
intrigas, suntuosos melodramas y comedias. En las últimas
décadas parece que lo que más llama la atención son las
historias del “otro lado” de la meca del cine, secretos que se
intuían pero que apenas se dejaban entrever. Transitando por ese
oscuro reverso, el material donde elegir se desborda, todo un
catálogo de asesinatos, dobles vidas, adicciones varias,
trastornos mentales o megalomanías aéreas. El debutante
Allen Coulter
se añade a esta especie de
“Hollywood Babilonia” filmado por entregas con la revisión de un
suceso (por cierto, reseñado brevemente en el volumen II de esta
obra de Kenneth Anger) no del todo aclarado, la muerte del actor
Georges Reeves, popular en su día por encarnar al primer
Superman televisivo.
Poco nuevo aporta esta aproximación respecto al resto de
crónicas negras de la ciudad que lleva por título, jugando con
unos elementos no demasiado originales.
Un actor ya no tan joven, que ha hecho papelitos en grandes
películas, acaba alcanzando la fama, a pesar suyo,
protagonizando una serie de éxito masivo. Un detective privado
investigará las circunstancias de su inesperada muerte. Sin
embargo, la sensación de algo ya conocido en la historia se
compensa, en parte, con la efectividad de una estructura que
reconstruye los escabrosos detalles de la realidad del actor
lejos de la pantalla, a través de una serie de flashbacks
que inician una progresión hacia atrás de lo sucedido.
El
director no va mucho más allá de
estas propuestas con una realización poco inspirada, en
la que una correcta puesta en
escena y una lograda ambientación parecen no poder quitarse de
encima el aspecto de producto televiso de lujo. A pesar de la
honestidad que se percibe en el tratamiento de los hechos,
le falta algo de fuerza y convicción en su desarrollo, aunque
el mayor obstáculo son varias caídas en el ritmo de un
metraje al que le sobran algunos minutos.
La atención se desvía en una de las vertientes de lo narrado, la
delicada relación del detective con su ex mujer y su hijo, que
ayuda a perfilar el ambiguo carácter de este atractivo
personaje, pero no aporta demasiado a lo esencial del asunto.
Si algo
puede distinguir al film de la discreción es contar con la baza
de sus dos protagonistas, Adrien Brody
y Ben Affleck, esforzados en la
construcción de unos personajes que logran alejar de lo
habitual. Brody deja a
un lado las gabardinas y cuellos subidos de los detectives de la
época por camisetas y un aspecto algo desaliñado, en la
excelente composición de un perdedor que comprende parte de sus
propias miserias conforme avanza su investigación. Por su parte,
resulta atrayentemente perverso establecer ciertos paralelismos
entre Affleck y su papel de un actor fracasado. Hace tiempo que
dejó de ser una joven promesa, inmerso en una serie de películas
más que olvidables; sorprende ahora con un buen trabajo que
puede significar un punto de inflexión en su carrera, al que
presta un rostro algo abotargado y sabe administrar las dosis
justas de patetismo.
Entre ambos se establecen
unas conexiones que introducen una interesante reflexión sobre
la frustración. Se perfilan con acierto tanto las aspiraciones
artísticas de Reeves, su esfuerzo por salir del encasillamiento,
como las penurias del investigador que se busca la vida al
margen de la opulencia del mundo del cine. Dos secuencias
magníficas, la representación en directo de Superman ante los
niños y la expulsión del detective de la mansión del jefazo de
un estudio (siempre dos grupos, los que entran en las fiestas y
los que se quedan esperando en la puerta), los conecta como
tristes marionetas de un sistema. El encaje de
las piezas sabe moverse también por el difícil terreno de la
duda, introduciendo distintas visiones sobre lo que realmente
pudo ocurrir, dejando abierta cierta capacidad de elección.
Al margen de sus
resoluciones, otra pregunta que queda en el aire tras ver el
film es por qué el jurado del Festival de Venecia distinguió a
Ben Affleck con al Copa Volpi al Mejor Actor frente a Adrien
Brody, cuando este último habría merecido perfectamente el
galardón.
La solidez de estos
intérpretes, a la que se suma la espléndida madurez de
Diane Lane,
y el siniestro esbozo de la maquinaria de la industria del cine
son lo más destacado dentro de la corrección del conjunto. Por
último, señalar que la cinta invita a un nostálgico juego
cinéfilo que fugazmente deja caer nombres como Rita Hayworth o
Fred Zinnemann. Y como es cine dentro del cine en "tierra de
Hollywood", y también se nombra al maestro Billy Wilder, cabría
preguntarse cuál de sus autores actuales sería capaz de ir más
allá de escarbar en la simple anécdota de un suceso, y
embarcarse en una reflexión sobre los fantasmas de la creación
como la trazada, en pleno Sunset Boulevard, por aquel cineasta
en la inmortal “El crepúsculo de los dioses”.
Calificación:
    
Imágenes
de "Hollywoodland" - Copyright © 2006 Focus
Features, Miramax Films y Back Lot Productions. Distribuida en
España por Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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