CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Resulta fácil
entender el rechazo de gran parte del periodismo especializado
ante “La Dalia Negra”: existe una tendencia abundante poco
proclive a simpatizar con el director de “El precio del poder”,
y aquellos que esperaban reencontrarse, al menos, con un género
muy amado y escaso en nuestros días, se han topado con las
habituales autorreferencias de Brian de
Palma y un sustrato pobre en cuanto a la reinvención
u homenaje de los grandes clásicos del cine negro. La inevitable
y coercitiva comparación con la otra obra cinematográfica del
escritor James Ellroy, “L.A. Confidential” sólo añade más
cacharros que lanzar contra una película que bajo el subtítulo
de ‘decepcionante’ está diciendo muchas cosas sobre el cine de
nuestros días.
¿Una trama en
exceso confusa, unas hermanas engañosas...? No, no es “El sueño
eterno”, aunque De Palma intenta recurrir con su última obra
a prototipos estructurales que fueron novedosos en su momento
para presentárnoslos como originales con su conocido sello.
La estridencia visual del director, resumida en el constante y
manipulador abuso de efectos de cámara y los directos golpes de
crudeza –que al principio nos oculte el cadáver destrozado de La
Dalia Negra no significa que vaya a contenerse el resto del
metraje– aparece aquí como una idea gastada antes que como un
jovial reencuentro. En la estética de “La Dalia Negra” se resume
un espíritu añejo que empieza a cobrarse la vida cinematográfica
de De Palma; todo intenta parecer antiguo por dentro mientras
apenas consigue engañar por fuera: los escenarios huelen a
parque temático y estudio bajo régimen de visitas turísticas; el
vestuario de corte de época se ajusta con una modernidad retro;
las míticas caras y los imborrables gestos de los personajes del
noir asoman con torpeza y tosca credibilidad en unos
intérpretes jóvenes, guapos, futuristas. Eso sin olvidar que con
suaves movimientos visuales el público actual, acostumbrado a la
narrativa trepidante, no conseguirá retrotraerse a un género
casi perdido. La ficción de una ficción, los trávellings
teatrales –como el que abre el filme, con peleas y golpes
coreografiados, o el del asesinato en la calle, que pretende
emular a “Sed de mal”, de Orson Welles– y los barridos que
emborronan la imagen, haciéndola tan ininteligible como su
contenido.
Porque al
contrario que en la rara avis de Curtis Hanson, “L.A.
Confidential”, la trama de “La Dalia Negra” se empantana
demasiado en el proceso de investigación policial y en las
pesquisas detectivescas, convirtiéndola poco a poco, a medida
que se nos llena la libreta mental de nombres y rostros, en
una narración farragosa, más preocupada por generar un falso
suspense y una intrepidez de whodunit que poco tienen que
ver con el verdadero peso de la historia. Al fin y al cabo
nos encontramos ante un hecho real que nunca llegó a
esclarecerse. Dar una solución ficticia sólo compensa al
espectador morboso, ahorrándole detalles sobre el abismo
personal en el que van sumiéndose los protagonistas. El camino
de educación sentimental y desmembramiento interno que recorre
Dwight 'Bucky' Bleichert (Josh Hartnett)
pierde consistencia frente a la repetitiva insistencia en
embrollar los datos del crimen. Un suceso que, además, se
retrasa para impaciencia del espectador mientras observa una
presentación de personajes sobria y maniquea –cómo comparar el
afamado plano secuencia de "Ojos de serpiente"
con el enfrentamiento pugilístico que mantienen Bleichert y
Blanchard (Aaron Eckhart),
plagado de elipsis archiconocidas mediante los carteles de
rounds y la cámara lenta–. Los cabos que ata De Palma al
término de “La Dalia Negra” dejan un regusto insatisfactorio
tanto por la confusión informativa como por el deseo de saber
algo más de personajes tan lineales y planos.
Scarlett Johansson y Aaron Eckhart actúan sin pasión
ni registros, sujetos a unos tics gestuales y psicológicos,
aparte del protagonismo de un insulso Josh Hartnett, incapaz de
modificar la expresión incluso ante un ataque que sufre su padre
–del que, por cierto, dejamos de saber muy pronto, sin ahondar
en una relación paterno-filial que tal vez haya marcado al
joven–.
Las
referencias a filmes del propio De Palma y a otras cumbres del
género surgen como un arma de doble filo: por una parte, el
largometraje se adelanta a la comparación punzante del crítico
de cine –mencionando, por ejemplo, “La dalia azul”, de George
Marshall–, y, por otra, intenta dotarse de un substrato culto
–pocos reconocerían “El hombre que ríe”, de Paul Leni, gran
referencia para hablar de la víctima marcada para siempre por
algo que estremecerá a todos, en este caso una sonrisa
desmesurada; y los gritos de Scarlett Johansson, “¡Se parece a
la chica muerta!”, indican sin duda un conflicto necrofílico
cercano al “Vértigo” de Hitchcock–. Y como resulta difícil
contenerse a la tentación de sumarse entre los maestros, De
Palma recupera la escena que le hiciese famoso en “Los
intocables de Elliot Ness” –a pesar de estar inspirada de nuevo
en referentes pasados: “El acorazado Potemkin”–, la
correspondiente al tiroteo en la escalera, situando otro
encontronazo en un interior de diferentes alturas y fatídicos
escalones mediante el consabido ralentí.
Sin
embargo, no conviene desdeñar por completo la cinta más
repudiada del último Festival de Venecia; De Palma dibuja
algunas magníficas escenas que pueden hacer justicia a su
decadente fama: el baile de fin de año, contenedor sin
palabras de todo el conflicto amoroso que empaña la cinta, y las
grabaciones en blanco y negro de la actriz asesinada, Elizabeth
Short, tal vez el personaje mejor perfilado y en menos minutos.
Una dalia negra cuyas siglas inglesas, BD, se grabarán tanto
física como psicológicamente en unos protagonistas poco
conscientes de la tragedia en la que se encuentran –al menos
hasta el negrísimo y pesimista plano-susto final, ¿heredero de
“Carrie”?–. Una marca de cuchillo que, por desgracia, apenas
hará mella en un público demasiado acostumbrado al seguimiento
lineal y al que se alimenta con cucharadas tan espesas e
insípidas como ésta, olvidándose sin remedio la materia de la
que están hechos los sueños.
Calificación:
    
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