CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Una oportunidad perdida
Si hay algo
que quedó patente en el último Festival de Venecia es, sin duda,
que 2006 no está siendo el año de los grandes realizadores
norteamericanos. Ni David Lynch consiguió con “Inland empire”
los aplausos de otros tiempos ni Brian
De Palma resucitó el beneplácito que una parte
importante de la crítica europea (sobre todo, la francesa) le
solía brindar tiempo atrás. Más bien al contrario, en ambos
casos la recepción fue tirando a fría, por no decir cortante
como un témpano de hielo. A falta de constatar por nosotros
mismos qué había de razón (o sinrazón) en el primer caso, la
llegada de “La Dalia Negra” a nuestras pantallas se convierte en
una excelente oportunidad para valorar los porqués del abucheo
generalizado en Venecia a la última cinta de De Palma.
Y es que, para qué engañarnos, qué duda
cabe de que, aparte de su excepcional pericia con la cámara,
si algo ha demostrado De Palma en todos estos años de oficio
es una cierta capacidad innata para dividir a la crítica
especializada. Desde la ya lejana “Hermanas” (la cinta que
abrió la veda para los eternos cazadores de “plagios a
Hitchcock”) hasta
"Femme fatale" (escurridiza obra maestra, mal
entendida por demasiados), podría decirse que la polémica es
la gran característica que ha definido la recepción mediática
de su obra. Incluso los casos mejor acogidos no se han salvado
de la quema: “Los intocables de Eliot Ness”, sin ir más lejos,
tan aplaudida de forma generalizada, es irónicamente una de
las películas menos alabadas por dos palmistas de pro
como Samuel Blumenfeld y Laurent Vachaud.
Ciertamente, la adaptación
cinematográfica de la célebre novela de Ellroy sólo podía
levantar expectativas más o menos sobredimensionadas, en base
sobre todo a ese ilustre antecedente que fue “L.A.
Confidential”, espléndida cinta que había dejado altísimo ya no
sólo el listón de las futuras adaptaciones de la obra de Ellroy,
sino también el del futuro del cine negro en general. Por
desgracia, la adaptación emprendida por De Palma no vuela tan
alto como la de Curtis Hanson. Quizás el principal problema de
la cinta resida, a fin de cuentas, en lo que fue precisamente
una de las principales virtudes de su predecesora, esto es, el
guión. Pues allí donde Hanson supo traducir de forma modélica al
lenguaje cinematográfico el laberíntico universo literario de
Ellroy, lo cierto es que no podemos decir otro tanto de la labor
de Josh Friedman. Y no
porque la historia en torno al asesinato y posterior
investigación de la famosa Dalia esté más enmarañada que las
argucias de una mujer fatal (a fin de cuentas, también “El sueño
eterno” contaba con la misma incontinencia/desmadre de nombres y
hechos, sin por ello dejar de haberse convertido en un clásico
del género), sino porque la traducción de un medio a otro ha
sido, sencillamente, decepcionante. Dado que el guionista no
acaba de saber seleccionar y condensar la novela base, la
estructura que funcionaba perfectamente a nivel literario acaba
delatando serias carencias en pantalla. A menudo da la impresión
de que los personajes se mueven tan sólo por caprichos del azar
(cuando no por los de Friedman) y, lo que es peor, el
espectador nunca llega a tener la impresión de conocer y, aún
menos, empatizar con ninguno de ellos, viendo cómo lo que
deberían haber sido personajes acaba convertido en meros
esbozos.
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Dicho lo
cual, es una lástima que De Palma no haya sabido enmendar la
base escrita de la película, tan extrañamente pobre desde el
punto de vista dramático. Es una lástima que haya desaprovechado
la riqueza sugerida (y nunca explotada) del triángulo
afectivo-amoroso formado por los personajes de
Josh Hartnett, Scarlett
Johanson y Aaron Eckhart,
limitando la acción de su cámara al mismo estado puramente
testimonial, puramente contemplativo, que sin duda ya apuntaba
el guión. Y es que “La Dalia Negra” que nos ofrece De Palma se
revela como una película excesivamente visual, tan plástica
(incluso para la media de su autor) que parece declinar todas
las demás bazas a favor de una sola. Frente a la espectacular
fotografía de Vilmos Zsigmond,
nos topamos con una intensidad dramática que apenas si
chisporrotea. Frente a la sobresaliente producción, tan
minuciosa como era de esperar en un ejercicio retro de este
calibre, nos topamos con una narrativa que parece empeñada en
dejarnos siempre al margen. Frente a la consabida complejidad
técnica del director, nos encontramos con muy pocos motivos que
la justifiquen en esta ocasión. Y es que, por muy impresionantes
que sean los ojos de Mia Kirshner
(la Dalia del título), es bien poco el interés que
despiertan cuando a duras penas podemos vislumbrar lo que hay
detrás de ellos... una sensación, por cierto, que se vuelve
extensible al resto del reparto, que hace lo que puede con unos
personajes demasiado raquíticos como para hincarles bien el
diente (sólo Hilary Swank
sabe dotar de una cierta dimensión a un personaje en principio
tan desdibujado como todos los demás, demostrando con ello hasta
dónde puede alcanzar la medida no sólo de su talento, sino de su
profesionalidad).
Aún con todo,
posiblemente, no deja de ser un tanto exagerado el linchamiento
público que se ha dispensado a la cinta. Sobre todo porque,
incluso en momentos como éste, cuando De Palma se muestra más
dócil, cuando se vuelve rígidamente clásico, su cámara nos sigue
dispensando vislumbres de cine con mayúsculas, planos de una
grandeza superior a la media de mucho cine que nos llega desde
fuera (y, por qué no decirlo, desde dentro) de nuestras
fronteras. Claro que los medios no siempre justifican el fin. Y
en este caso, lo que nos queda es la impresión de que De Palma
ha perdido una gran oportunidad.
Calificación:
    
Imágenes de "La Dalia Negra" - Copyright © 2006
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