CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Jaque a la reina
En principio
puede resultar extraño encontrar a
Stephen Frears embarcado en una reconstrucción de lo
sucedido en los días posteriores a la muerte de Diana de Gales,
aunque no tanto teniendo en cuenta la inquietud que siempre ha
impulsado la ya larga trayectoria de este cineasta británico.
Recordado ante todo como testigo privilegiado, junto al escritor
y guionista Hanif Kureishi, de un momento coyuntural, el Londres
de principios de los 80, tras el reconocimiento de su espléndida
adaptación de “Las amistades peligrosas” comenzó una carrera
internacional con resultados desiguales. Mucho más interesante a
este lado del Atlántico, sus crónicas urbanas han variado de
épocas, lugares y ambientes, pero siempre su perspicaz mirada,
destilando una incisiva ironía, ha trazado precisos retratos
sociales.
Frears ha demostrado su versatilidad y
carácter pragmático alternado proyectos personales y ajenos, y
no deja escapar la oportunidad que se le brinda ahora de
escarbar en los efectos de este trágico suceso. De nuevo
dispuesto a cuestionar la aparente realidad, a descubrir qué
fluctúa bajo la superficie, se introduce en las intimidades de
Isabel II y el primer ministro Tony Blair, al margen de su
imagen pública. Todavía conserva aquella curiosidad que le
llevó a saber qué se cocía en la trastienda de un
establecimiento regentado por un hooligan y un joven de
ascendencia pakistaní en la audaz “Mi hermosa lavandería”, o
tirar del hilo de la muerte violenta del dramaturgo Joe Orton
en “Ábrete de orejas”.
El film se centra en el duro pulso
mantenido entre la reina y el primer ministro laboral recién
elegido, respecto a la actitud pública que debía tomar la
familia real ante la muerte y funeral de Diana, cuya figura
flota en la penumbra de un segundo plano, y se aleja de
especulaciones amarillistas sobre las causas del accidente. En
este enfrentamiento, no tiene piedad con la figura de un Tony
Blair que astutamente fomentó el homenaje a la princesa para
subirse al carro de aumentar todavía más su propia popularidad,
forzando a la monarquía a hacer lo mismo. Visto con la distancia
temporal, y en nuestro caso también espacial, deja claro que el
paroxismo colectivo que se desencadenó aquellos días fue
generado en parte desde el propio poder (una hora más tarde del
fallecimiento, un asesor de Blair inventa aquello de “la
princesa del pueblo”), e hinchado por los medios de
comunicación.
Esta relación
se fragua mediante un magnífico guión de
Peter Morgan, que Frears hace suyo y que derrocha
mordacidad en los diálogos entre la reina y Blair, y recubre el
retrato de la familia real con un finísimo sentido del humor,
medido hasta en sus últimos detalles. La secuencia del primer
encuentro entre ambos derrocha la inteligencia y aguda
percepción con que desarrolla el resto de lo narrado. Con
pequeñas pinceladas, desgrana el carácter de una soberana
constreñida por su educación y aislada en su papel; permanece
recluida durante gran parte del metraje en su retiro veraniego
de Escocia, cuyos inmensos parajes agrestes y despoblados
parecen colocarla, literalmente, habitando en otro planeta.
La cinta
plantea un equilibrio que evita la narración exclusiva desde la
subjetividad de cualquiera de los implicados, y la honestidad
del director impide un tratamiento sesgado o fácilmente
sentimental del asunto. Realiza una narración fluida, ejemplo de
claridad y concisión en la exposición de lo sucedido, con
una muy hábil combinación de ficción con imágenes reales, junto
a plausibles recreaciones, sacando también partido a la
omnipresencia de la prensa y, sobre todo, de la televisión.
Rueda con solidez y elegancia las secuencias relativas a la
reina, mientras que para plasmar a Blair y su entorno con
frecuencia recurre a la cámara en mano y la puesta en escena
confusa, confrontando sabiamente dos universos, una tensión
dialéctica entre la permanencia de la monarca frente a la
vacilación y carácter pasajero del político.
La
propuesta se enriquece gracias a una magistral
Helen Mirren en una interpretación
sencillamente asombrosa como Isabel II, que cautiva desde el
primer plano en que dirige directamente su mirada al
espectador. Más que mimetizar la voz, los andares o el porte de
la soberana, parece sencillamente encarnarlos con un esfuerzo
casi imperceptible, despliegue que le reportó el Copa Volpi en
el pasado Festival de Venecia, reconocimiento también a largos
años de trabajo como actriz de carácter. Junto a ella,
ciertamente, el resto del reparto empalidece, aunque un puñado
de excelentes actores británicos asume unos papeles bien
matizados.
Si este
irreverente autor un día retrató los entrañables avatares de una
familia trabajadora en “Café irlandés”, aquí no tiene ningún
problema, sin jocosidad pero con igual talento, en meterse en la
alcoba de otras familias, la real y los Blair. Presenta esta
intimidad con un respeto que, lejos de ser servil, evita caer en
parodias y frivolidades, en virtud de la tan buscada
verosimilitud. En definitiva, acaba pareciendo que, aunque no
fuese así, todo debería haber sucedido tal y como él nos lo
cuenta, tal es su convicción al tratar de aproximarse a la
verdad, sin dejar de un lado los recursos dramáticos (estupendos
los paseos de la reina por Balmoral) que hacen que el film
funcione.
La progresiva
admiración que Blair siente por la enigmática figura de Isabel
II parece tenerla Frears también por su dignidad ante las
circunstancias, pero no olvida poner en boca de los secundarios
las reflexiones más lúcidas o sangrantes sobre la institución.
Con este trabajo el cineasta vuelve a primera línea, y logra
hacer creíble la complicada semblanza de una figura clave de
nuestro tiempo, dentro de estas otras amistades peligrosas
en el seno del poder británico.
Calificación:
    
Imágenes
de "The queen (La reina)" - Copyright ©
2006 Pathé Productions, Granada Film Productions, Pathé Renn
Productions, BIM Distribuzione, France 3 Cinéma
y Canal+. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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