CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Stephen Frears ha logrado el
milagro: abordar una película basada en hechos reales (ésta de
verdad, y no como tantas otras que pregonan lo mismo) y famosos,
con personajes bien conocidos por todos, y hacerlo sin que el
resultado sea un telefilm de sobremesa en el que los únicos que
se lucen son los departamentos de maquillaje y vestuario.
Y lo
consigue, en primer lugar, porque parte de un extraordinario
guión de Peter Morgan, que
al parecer se ha especializado en convertir en narración
audiovisual hechos sacados de la actualidad más reciente (suyo
es el de una serie de TV, también dirigida por Frears, sobre el
ascenso de Tony Blair al liderazgo del partido laborista), un
libreto que consigue lo que es la clave de bóveda que pone en
pie el film: tratar a los miembros de la familia real y el
gobierno de Blair, aunque pueda parecer contradictorio, como
auténticos personajes de ficción, no dando nada por sentado
(esta cinta podrá verse sin problema dentro de cincuenta años,
cuando los hechos narrados no pertenezcan a la memoria personal
de la mayoría de sus espectadores) y trazando una tupida red de
relaciones en la que las decisiones y movimientos de cada uno de
los personajes acaba influyendo en los de los otros. Así, el
resultado es una narración modélica, que se convierte en un
auténtico tour de force con sus adecuadas dosis de
intriga, movimientos palaciegos, radiografía del poder,
descripción de los personajes y final que cierra ejemplarmente
todos los caminos abiertos.
Pero es que este perfecto esqueleto,
además, está vestido por un conjunto de interpretaciones que
rayan a la misma altura. Por supuesto, está
Helen Mirren, que corre el
peligro de agotar la provisión de elogios a una actuación que
sólo puede ser calificada como soberbia: en un momento en
el que una buena interpretación se confunde, demasiadas veces,
con la mera reproducción física del aspecto del representado,
esta prodigiosa actriz (en realidad, ¿importa mucho que le den
el Oscar® o no? Casi podría decirse que, si finalmente es así,
sería la estatuilla la que la recibiría a ella) consigue
mostrarnos el alma de una monarca atascada en las dudas entre
su orgullo regio, personal y tradicional hacia Diana Spencer,
a quien consideró ajena a la familia y una amenaza a la
institución, y transigir con el acercamiento popular que los
nuevos tiempos parecen exigirle. Desde la portentosa secuencia
inicial, la lista de momentos sobrecogedores, duros e incluso
divertidos que protagoniza (atención a todos los que tienen
por escenario sus excursiones por las inmediaciones de la
residencia veraniega de Balmoral) superarían la extensión de
esta crítica.
Pero sería injusto no mencionar al resto
de un elenco que contribuye a cerrar un casting fabuloso: desde
un Michael Sheen que levanta
un Tony Blair al que vemos evolucionar desde que es un recién
elegido dominado por la bisoñez, hasta un antipático Felipe de
Edimburgo incorporado por el siempre eficaz
James Cromwell; un príncipe
Carlos que interpreta, de manera convincente, un
Alex Jennings que logra que nos
olvidemos de la falta de parecido físico; o las irónicas, cada
una en su estilo, Sylvia Syms
como la entrañable reina madre y
Helen McCrory como la sardónica y antimonárquica
Cherie Blair.
Stephen
Frears maneja este material de primera, y lo lleva a su terreno.
En un maestro como él a la hora de reflejar las relaciones
personales y de poder entre los hombres, bien transcurran en el
seno de una familia de clase baja, en la Francia del siglo XVIII
o, como en este caso, en los mismos centros de poder de la
Inglaterra de nuestros días, no tendría que extrañar su dominio
de la planificación, de la utilización del primer plano, de la
exquisitez y elegancia con que es capaz de enfrentar los
momentos más íntimos o de insertar, consiguiendo una fusión con
el conjunto, secuencias totalmente ficticias que, lejos de
parecer burdos insertos, orientan todo lo que hemos visto y le
dan un significado completo.
El tiempo
lo dirá, pero todo parece indicar que nos encontramos no sólo
ante la mejor película de Stephen Frears, sino también ante una
de las mejores de este y de los últimos años. Todo lo demás
(premios, reconocimientos) le vendrán como simple añadidura. Y
una ferviente recomendación: si tienen oportunidad, véanla en
versión original: el trabajo que hace Helen Mirren con la voz de
la reina, modificándola desde la forma impostada y correcta con
la que habla en público y cambiándola a los momentos de
intimidad, cuando la vemos en bata y con horquillas en el pelo,
es simplemente impagable, y no hay doblaje, por bueno que sea,
capaz de repetirlo.
Calificación:
    
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y Canal+. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
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