CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Son pocas las
películas que se atreven a adoptar un punto de vista infantil
sin caer en la madurez excesiva, en esa ‘adultización’ que sólo
pretende utilizar al niño/a como un buzón de confesiones
prohibidas para labios adultos –"La huella del silencio" es uno de los ejemplos más recientes–.
“Pequeña Miss Sunshine” posee la virtud de apostar por una niña
auténtica, sin las trampas argumentales que la conviertan en una
vía catártica para quienes la rodean. Por supuesto, si sólo
viéramos el universo a través de sus enormes e inocentes gafas
entonces no habría película adulta. Y los casi debutantes
Jonathan Dayton y Valerie
Faris dirigen sus intenciones hacia los tópicos más
aburridos de dicho estrato de edad.
Tal vez el
punto de partida disfuncional sirva como un buen documento de
venta ante una audiencia cansada de los repetitivos esquemas
comerciales. Sin embargo, poco a poco esa alternativa entre el
indie y la comedia clásica está derivando en otro
prototipo que se resquebraja por su escasa originalidad.
“Pequeña Miss Sunshine” huele en exceso a pretensiones de
carretera secundaria y a aspiraciones metafísico-caseras –el
adolescente que lee “Así habló Zaratustra”, el tío experto en
Proust–. Nos lo anuncia ya su por otra parte manido recurso,
presentación consecutiva y gestual de los protagonistas: la niña
de vestimenta peculiar que pretende ganar un concurso de
belleza, el joven que se rebela contra el entorno mediante la
mudez, el abuelo rockero que esnifa marihuana, la madre
permisiva, el padre cuadriculado y el tío gay suicida. Un puzzle
cuyas piezas proceden de cajas distintas y que, acertadamente,
sus directores no pretenden ensamblar a la fuerza en ningún
momento. Pero ese mismo material de originalidad cuestionada no
termina de casar con el mensaje preestablecido. No paran de
repetirse a lo largo de la película diálogos acerca del éxito y
el fracaso, del esfuerzo y la lucha como auténticos barómetros
de superación personal, frases sacadas de manual de autoayuda
que poco o nada se analizan en el viaje que emprende la familia
hacia el certamen de Pequeña Miss Sunshine.
La furgoneta
que avanza siempre en línea recta, o que al menos se ve obligada
a dar un giro para regresar al mismo punto, expresa el trazo que
sigue la historia de Michael Arndt.
Planteada como una mirada al horizonte, “Pequeña Miss Sunshine”
rebosa un optimismo vital que chirría en muchos momentos con sus
tropiezos dramáticos. Una sucesión de tragedias que tampoco se
resuelven eficazmente con un humor que, sin rozar lo grotesco,
en ocasiones apenas consigue elevar la sonrisa: la conversación
sobre el suicidio durante la cena, las esperanzas truncadas de
algunos personajes, o la segunda mitad de la cinta que recurre a
una suerte de “Las uvas de la ira” con aires frívolos. Si los
protagonistas no sufren, el espectador tampoco. Si se
autocompadecen demasiado, el público los rechaza. Esta
familia se preocupa demasiado en diseccionarse a sí misma, en
demostrar el poco valor disponible por encima de la mediocridad
que rebosan. Dicho propósito lo hemos oído en muchas ocasiones
anteriores y los directores tampoco se encargan de variar los
referentes, dejan que el filme fluya, siguiendo las líneas
discontinuas del asfalto.
La lógica
reina en una historia que debería resolverse de otra manera,
uniendo sus intenciones independientes a un contenido reflexivo.
Pero ésa es sólo la cubierta, la etiqueta, el color llamativo de
una furgoneta amarilla, porque dentro la película se mantiene
dentro de los límites plásticos de cualquier road-movie –más
planos del cielo a través de los cristales– y de un argumento de
superación que se mueve entre los momentos simpáticos y el
ridículo más absoluto. O qué es si no la llegada al certamen de
belleza femenino, cuando cualquier realizador de inquietudes más
o menos profundas habría aprovechado el espectáculo dantesco y
pornográfico que ofrece esa tradición norteamericana. Finalmente
se utiliza como una celebración de lo que ya nos habían
implantado en la retina antes del título: sólo manteniéndonos en
nuestras diferencias permaneceremos unidos.
“Pequeña Miss
Sunshine” funciona mejor en un tráiler que como largometraje,
ni más ni menos que por el empeño en estirar una idea simple a
través de mil kilómetros de viaje. Sin curvas,
consecuentemente sin cambios drásticos, sin un humor más
equilibrado –Dayton y Faris combinan sin gran tino las
situaciones de slapstick con la ironía verbal–, el puzzle
sigue sin mostrar una imagen clara. Aunque las piezas estén bien
definidas: cada actor desempeña su papel con una convicción que
traspasa la única credibilidad desde la pantalla. Lo demás es un
deseo demasiado evidente por satisfacer al público alternativo
y, de paso, llegar a las grandes masas con una historia tierna.
El viaje no será del todo pesado, pero en la misma postura
visual y argumental todo culo se cansa –y perdónenme la
expresión–. Hay algo de alivio y complicidad al ver la furgoneta
que se pierde en la carretera, pero también la esperanza
incontenible de que dé un volantazo y cambie el ritmo. Demasiado
tarde: sucedería fuera de nuestra vista y esa es otra historia.
Calificación:
    
Imágenes
de "Pequeña Miss Sunshine" - Copyright ©
2006 Fox Searchlight Pictures, Big Beach Films y Bona Fide
Productions. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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