CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
La Habana para un recuerdo
difunto
Largos años
llevaba Andy Garcia
intentando levantar este proyecto, idea acariciada en el tiempo
junto al escritor Guillermo Cabrera
Infante, autor del guión. Tanto se prolongó el
proceso y las dificultades para conseguir financiación que llegó
a estrenarse meses después del fallecimiento del prestigioso
novelista cubano. Firma su primer largometraje como director (en
1992 realizó el documental “Cachao... como su ritmo no hay dos”)
en lo que pretende ser algo así como la revisión definitiva de
los últimos días del régimen de Batista, la revolución y
advenimiento de Fidel Castro al poder, tarea cuanto menos
ambiciosa y desmesurada para este intérprete en horas bajas.
Conocido por sus posicionamientos
anticastristas, Garcia tuvo que abandonar la isla junto a su
familia a los 5 años, por lo que esta idea de Cuba anterior al
régimen siempre ha sido un sueño que ha flotado en su cabeza. En
un principio si algo podía presentar más crédito era la
responsabilidad de Cabrera Infante en la escritura de esta
historia, exiliado durante más de 40 años por discrepancias
ideológicas, sabedor y testigo directo de aquellos años. Sin
embargo, la estrecha colaboración de ambos en esta crónica de la
desintegración de una familia en la Habana de los 50 ante el
devenir histórico se revela ineficaz como crítica política,
cargada de diálogos panfletarios y planteamientos tan simples
como las consignas de la dictadura que combate.
A pesar de su aspiración de convertirse
en un gran mural histórico, el film no plantea las causas que
forzaron el cambio de un régimen a otro, ni sus efectos a largo
alcance, centrándose simplemente en lo que supuso para una clase
privilegiada, hasta cierto punto liberal. Es interesante el
punto de partida mediante el distinto posicionamiento político
de los hijos de la familia, antes de seguir caminos mucho más
someros. Si en algún nivel funciona y consigue arrancar algo de
emoción es como relato crepuscular de la saga familiar (“la
patria de un hombre son los suyos”) y los efectos de la política
en sus distintos destinos.
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El director se ve desbordado
por un argumento de múltiples ramificaciones e
implicaciones emocionales, que desarrolla de forma confusa
simultaneando secuencias que transcurren de forma
paralela. Ésta es una de las pocas audacias narrativas que
se permite en un film aniquilado por un exceso de metraje.
Las secuencias de acción, como el asalto al palacio
presidencial, están rodadas de manera torpe y testimonial,
lo que podría entenderse como falta de presupuesto o
simple ausencia de capacidad para la épica, recurriendo en
el estallido de la revolución a imágenes documentales de
la época. La vertiente íntima carece de progresión
dramática, e incluso el epílogo en Nueva York se hace
largo y se instala en el mismo tedio que el resto de la
cinta.
Cabrera
Infante fue un incansable cinéfilo (recordar su delicioso
análisis “Cine o sardina”) y adorna el guión con múltiples
referencias cinematográficas que dan al conjunto una sensación
de ya visto. Sydney Pollack también se pegó un buen batacazo con
la ya lejana “Habana”, con un argumento que, como ésta,
recordaba ligeramente a “Casablanca”, aunque al menos estaba
realizada con algo de oficio. En cuanto al planteamiento
formal, Garcia echa a perder una impecable dirección artística y
unas acertadas localizaciones en Santo Domingo con un
tratamiento del color y la luz cercano a la estética
publicitaria en sus interiores, y una mera sucesión de bellas
estampas en sus exteriores. Su selección musical es
ciertamente espléndida pero excesiva, caminando a menudo al
margen de lo narrado.
Otro aspecto
de difícil encaje es la historia de amor entre Andy Garcia e
Inés Sastre, forzada y
artificiosa por la ausencia de cualquier química, lastrada por
declaraciones cursis y un buen número de momentos prescindibles
que habrían aligerado el metraje. El actor resulta mayor para
interpretar de forma convincente este papel, aunque la
iluminación se esfuerce en quitarle a su rostro unos cuantos
años de encima. Desde que impuso su presencia en las pantallas a
principios de los 90 con “Asuntos sucios” y sobre todo “El
padrino III”, donde se constituía heredero natural de Michael
Corleone, su carrera ha sufrido un largo declive, con algún que
otro trabajo sólido. No ayuda a sus limitados recursos la
elección de la actriz y modelo española, convertida en una mera
presencia, incapaz de conducirse con naturalidad y transmitir la
hondura dramática de su personaje.
Respecto a
los ilustres secundarios, la participación de
Dustin Hoffman es un visto y no
visto que se reduce a dos secuencias, suficientes para que su
nombre aparezca en el cartel. Más estimulante es el cometido de
Bill Murray, instalado en
sus últimos trabajos en un tono agridulce, dando forma a una
figura que puede entenderse como una abstracción, un largo
diálogo con la propia conciencia del protagonista, aunque lo que
diga con frecuencia sea puro humo.
A la evidente
pasión que ha puesto Garcia en el proyecto se añade la nostalgia
que en ocasiones recorre la pantalla, remarcada con un sonido de
saxofón, símbolo de rebeldía. También es loable que en estos
tiempos asustados y de corrección exponga con claridad sus ideas
sin preocuparle irritar, dando un buen repaso a parte de la
iconografía del pasado siglo. Tal vez esta historia podría
haberse convertido en una magnífica novela-río, pero en su
traslado al cine resulta decepcionante ver unos resultados tan
discretos, después de demasiados años cultivando un recuerdo.
Calificación:
    
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España por Manga Films. Todos los derechos
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