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LA CIUDAD PERDIDA
(The lost city)


cartel
Dirección: Andy Garcia.
País:
USA.
Año: 2005.
Duración: 143 min.
Género: Drama.
Interpretación: Steven Bauer (capitán Castel), Richard Bradford (don Donoso Fellove), Nestor Carbonell (Luis Fellove), Andy Garcia (Fico Fellove), Dustin Hoffman (Meyer Lansky), William Marquez (Rodney), Julio Oscar Mechoso (coronel Candela), Tomás Milian (don Fedrico Fellove), Enrique Murciano (Ricardo Fellove), Bill Murray (escritor), Elizabeth Peña (miliciana Muñoz), Inés Sastre (Aurora Fellove).
Guión: Guillermo Cabrera Infante.
Producción: Frank Mancuso Jr. y Andy Garcia.
Música: Andy Garcia.
Fotografía:
Emmanuel Kadosh.
Montaje: Christopher Cibelli.
Diseño de producción: Waldemar Kalinowski.
Vestuario: Deborah Lynn Scott.
Estreno en USA: 28 Abril 2006.
Estreno en España: 3 Noviembre 2006.

CRÍTICA por Miguel Laviña Guallart

La Habana para un recuerdo difunto

  Largos años llevaba Andy Garcia intentando levantar este proyecto, idea acariciada en el tiempo junto al escritor Guillermo Cabrera Infante, autor del guión. Tanto se prolongó el proceso y las dificultades para conseguir financiación que llegó a estrenarse meses después del fallecimiento del prestigioso novelista cubano. Firma su primer largometraje como director (en 1992 realizó el documental “Cachao... como su ritmo no hay dos”) en lo que pretende ser algo así como la revisión definitiva de los últimos días del régimen de Batista, la revolución y advenimiento de Fidel Castro al poder, tarea cuanto menos ambiciosa y desmesurada para este intérprete en horas bajas.

 

  Conocido por sus posicionamientos anticastristas, Garcia tuvo que abandonar la isla junto a su familia a los 5 años, por lo que esta idea de Cuba anterior al régimen siempre ha sido un sueño que ha flotado en su cabeza. En un principio si algo podía presentar más crédito era la responsabilidad de Cabrera Infante en la escritura de esta historia, exiliado durante más de 40 años por discrepancias ideológicas, sabedor y testigo directo de aquellos años. Sin embargo, la estrecha colaboración de ambos en esta crónica de la desintegración de una familia en la Habana de los 50 ante el devenir histórico se revela ineficaz como crítica política, cargada de diálogos panfletarios y planteamientos tan simples como las consignas de la dictadura que combate.

  A pesar de su aspiración de convertirse en un gran mural histórico, el film no plantea las causas que forzaron el cambio de un régimen a otro, ni sus efectos a largo alcance, centrándose simplemente en lo que supuso para una clase privilegiada, hasta cierto punto liberal. Es interesante el punto de partida mediante el distinto posicionamiento político de los hijos de la familia, antes de seguir caminos mucho más someros. Si en algún nivel funciona y consigue arrancar algo de emoción es como relato crepuscular de la saga familiar (“la patria de un hombre son los suyos”) y los efectos de la política en sus distintos destinos.

  El director se ve desbordado por un argumento de múltiples ramificaciones e implicaciones emocionales, que desarrolla de forma confusa simultaneando secuencias que transcurren de forma paralela. Ésta es una de las pocas audacias narrativas que se permite en un film aniquilado por un exceso de metraje. Las secuencias de acción, como el asalto al palacio presidencial, están rodadas de manera torpe y testimonial, lo que podría entenderse como falta de presupuesto o simple ausencia de capacidad para la épica, recurriendo en el estallido de la revolución a imágenes documentales de la época. La vertiente íntima carece de progresión dramática, e incluso el epílogo en Nueva York se hace largo y se instala en el mismo tedio que el resto de la cinta.

  Cabrera Infante fue un incansable cinéfilo (recordar su delicioso análisis “Cine o sardina”) y adorna el guión con múltiples referencias cinematográficas que dan al conjunto una sensación de ya visto. Sydney Pollack también se pegó un buen batacazo con la ya lejana “Habana”, con un argumento que, como ésta, recordaba ligeramente a “Casablanca”, aunque al menos estaba realizada con algo de oficio. En cuanto al planteamiento formal, Garcia echa a perder una impecable dirección artística y unas acertadas localizaciones en Santo Domingo con un tratamiento del color y la luz cercano a la estética publicitaria en sus interiores, y una mera sucesión de bellas estampas en sus exteriores. Su selección musical es ciertamente espléndida pero excesiva, caminando a menudo al margen de lo narrado.

  Otro aspecto de difícil encaje es la historia de amor entre Andy Garcia e Inés Sastre, forzada y artificiosa por la ausencia de cualquier química, lastrada por declaraciones cursis y un buen número de momentos prescindibles que habrían aligerado el metraje. El actor resulta mayor para interpretar de forma convincente este papel, aunque la iluminación se esfuerce en quitarle a su rostro unos cuantos años de encima. Desde que impuso su presencia en las pantallas a principios de los 90 con “Asuntos sucios” y sobre todo “El padrino III”, donde se constituía heredero natural de Michael Corleone, su carrera ha sufrido un largo declive, con algún que otro trabajo sólido. No ayuda a sus limitados recursos la elección de la actriz y modelo española, convertida en una mera presencia, incapaz de conducirse con naturalidad y transmitir la hondura dramática de su personaje.

  Respecto a los ilustres secundarios, la participación de Dustin Hoffman es un visto y no visto que se reduce a dos secuencias, suficientes para que su nombre aparezca en el cartel. Más estimulante es el cometido de Bill Murray, instalado en sus últimos trabajos en un tono agridulce, dando forma a una figura que puede entenderse como una abstracción, un largo diálogo con la propia conciencia del protagonista, aunque lo que diga con frecuencia sea puro humo.

  A la evidente pasión que ha puesto Garcia en el proyecto se añade la nostalgia que en ocasiones recorre la pantalla, remarcada con un sonido de saxofón, símbolo de rebeldía. También es loable que en estos tiempos asustados y de corrección exponga con claridad sus ideas sin preocuparle irritar, dando un buen repaso a parte de la iconografía del pasado siglo. Tal vez esta historia podría haberse convertido en una magnífica novela-río, pero en su traslado al cine resulta decepcionante ver unos resultados tan discretos, después de demasiados años cultivando un recuerdo.

Calificación:


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