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TRASTORNO


Dirección: Fernando Cámara.
País:
España.
Año: 2006.
Género: Thriller.
Interpretación: Najwa Nimri (Natalia), Ingrid Rubio (Elena), Pep Munné (Jaime), Juan Sanz (Mario), Cristina Higueras (Eva), Carlos Blanco (Lorenzo).
Guión: Patxi Amezcua.
Producción: Oscar Vigiola.
Música: Javier Cámara.
Fotografía:
Daniel Aranyo.
Montaje: David Pinillos.
Dirección artística: Federico G. Cambero.
Vestuario: Cristina Rodríguez.
Estreno en España: 17 Noviembre 2006.

CRÍTICA por Javier Quevedo Puchal

Un thriller de consumo rápido

  Resulta bastante significativo que una de las mejores bazas que como producto cinematográfico nos brinda “Trastorno” sea su honestidad, su casi absoluta ausencia de dobles fondos y rimbombancias. Efectivamente, muy pocos serán los que salgan del cine verdaderamente decepcionados con una cinta que en ningún momento se esfuerza ni un milímetro por ser lo que no es. Desde el mismo cartel, con el rostro de Ingrid Rubio multiplicado sobre un fondo negro en un juego de imágenes deformantes, hasta el propio título, acotado por un desconcertante “Demented” (acaso lo más tramposo de la propuesta, puesto que invita a los poco observadores a dar por hecho que se trata de una producción americana), lo último en thrillers patrios se posiciona, seguramente más que nunca, como un correctísimo ejercicio de caligrafía.

 

  Y es que, si algo parece preocupar tanto a Fernando Cámara como a su guionista, Patxi Amezcua, es que el paladar del espectador medio quede satisfecho o, por decirlo más abiertamente, que la película se deje ver. Así, al contrario de, pongamos por ejemplo, "Ausentes", otro thriller reciente de factura española aparentemente más ambicioso pero, a la postre, infinitamente más tramposo y del todo fallido, “Trastorno” no busca en ningún momento sorprender al público, ni grata ni ingratamente, sino todo lo contrario, lo que ofrece en bandeja es ni más ni menos que aquello que supuestamente va buscando ese hipotético espectador medio: un producto correcto, a imagen de tantos otros productos “correctos” que nos llegan a raudales desde Hollywood, impecable desde determinados puntos de vista... pero, ay, decididamente vacío de alma.

  De hecho, no es otra que una cierta sensación de déjà vu la que nos acompaña desde el planteamiento inicial: dos hermanas casi diametralmente opuestas, Natalia (Najwa Nimri), una mujer que lo tiene todo, y Elena (Ingrid Rubio), una mujer que cree no tener nada, se reúnen con sus respectivas parejas durante un fin de semana en el chalet de la primera. Natalia está embarazada, Elena está secretamente obsesionada con estarlo. Y es durante el transcurso del fin de semana cuando la obsesión de Elena, extrema y enfermiza, comienza a manifestarse poco a poco, desembocando en algo bastante menos idílico de lo que nadie había planeado.

  Son muchas las referencias que nos vienen a la cabeza durante el visionado de “Trastorno”, algunas quizás más evidentes que otras, pero todas ellas de una influencia marcadamente reconocible en la cinta de Cámara. Desde “La mano que mece la cuna”, el ejemplar thriller de Curtis Hanson, con el que guarda parecidos más que razonables, hasta “¿Qué fue de Baby Jane?”, de cuya atmósfera enfermiza se apropia momentáneamente en el tercio final, pasando incluso por “La mosca” de Cronenberg (me remito a la escena pesadillesca del parto de Elena), el guión de Amezcua supone, en el mejor de los casos, un patchwork de ecos y lugares comunes hilvanados de forma más o menos coherente, sin grandes trompicones en su desarrollo, a mayor gloria de la filosofía del blockbuster. Cuajado de clichés perfectamente asentados en el imaginario colectivo y convenientemente podada de giros argumentales sorpresivos, no resulta demasiado complicado adelantarse ya no al curso de los acontecimientos, sino al desenlace incluso de los mismos, asentado tan cómoda y diligentemente como cabría esperar en cualquier telefilm de sobremesa.

  Porque, seamos claros, si algo separa a “Trastorno” de la mediocridad de serie B a la que la idea de base podría haberla abocado es, sin lugar a dudas, el buen hacer general de su equipo. Un buen hacer que, sin llegar a ser espléndido, sin elevarse particularmente por encima de la media, otorga un acabado muy digno al producto. Quizás con la sola excepción de la música compuesta por Javier Cámara (meramente ambiental, poco inspirada en líneas generales) y el guión de Amezcua (sobre cuyas carencias hemos hablado sobradamente), todo en “Trastorno” parece orquestado para jugar las cartas del aprobado y, en determinados casos, hasta un poco más que eso. El montaje es correcto, comedido, sin que llegue a haber realmente ningún plano de más o de menos. La fotografía de Daniel Aranyo, sobria y aparente, confiere al film ese cierto toque de calidad que el argumento pide a gritos. Y, por supuesto, Fernando Cámara sabe dónde y cuándo poner exactamente la cámara, demostrando siempre una adecuada asimilación de los resortes genéricos que pretende emular.

  Sin embargo, si bien el caparazón de la criatura está debidamente armado, es justo en las entrañas donde la propuesta falla. Pues uno no puede sino echar de menos un mayor calado en la historia, una mayor incisión tanto en los hechos como en los personajes. En definitiva, ese algo que dé a la cinta su propio aliento e identidad específicos. Efectivamente, poco importa que tanto Najwa Nimri como Ingrid Rubio (ambas posicionadas como el corazón de una película, por lo demás, bastante fría) nos regalen unas interpretaciones competentes y complementarias, cuando los personajes a los que dan vida están tan desdibujados y, en ocasiones, simplemente encajados en el estereotipo puro y duro. Poco importa el abismo al que se ven abocadas cuando, de hecho, no vemos ni dónde empieza ni dónde acaba el abismo. Claro que, desde una óptica netamente mercantil, poco más hay que tachar a un filme que da al público justo el bocado poco exigente que busca... Si no fuera, claro está, porque a veces, hasta los más aficionados al menú del burguer de la esquina tienen antojos de una buena merluza a la pimienta.

Calificación:


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