CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Un thriller de consumo
rápido
Resulta
bastante significativo que una de las mejores bazas que como
producto cinematográfico nos brinda “Trastorno” sea su
honestidad, su casi absoluta ausencia de dobles fondos y
rimbombancias. Efectivamente, muy pocos serán los que salgan del
cine verdaderamente decepcionados con una cinta que en ningún
momento se esfuerza ni un milímetro por ser lo que no es. Desde
el mismo cartel, con el rostro de
Ingrid Rubio multiplicado sobre un fondo negro en un
juego de imágenes deformantes, hasta el propio título, acotado
por un desconcertante “Demented” (acaso lo más tramposo de la
propuesta, puesto que invita a los poco observadores a dar por
hecho que se trata de una producción americana), lo último en
thrillers patrios se posiciona, seguramente más que nunca, como
un correctísimo ejercicio de caligrafía.
Y es que, si
algo parece preocupar tanto a Fernando
Cámara como a su guionista,
Patxi Amezcua, es que el paladar del espectador medio
quede satisfecho o, por decirlo más abiertamente, que la
película se deje ver. Así, al contrario de, pongamos por
ejemplo, "Ausentes", otro thriller reciente de factura
española aparentemente más ambicioso pero, a la postre,
infinitamente más tramposo y del todo fallido, “Trastorno” no
busca en ningún momento sorprender al público, ni grata ni
ingratamente, sino todo lo contrario, lo que ofrece en bandeja
es ni más ni menos que aquello que supuestamente va buscando ese
hipotético espectador medio: un producto correcto, a imagen
de tantos otros productos “correctos” que nos llegan a raudales
desde Hollywood, impecable desde determinados puntos de vista...
pero, ay, decididamente vacío de alma.
De hecho, no
es otra que una cierta sensación de déjà vu la que nos
acompaña desde el planteamiento inicial: dos hermanas casi
diametralmente opuestas, Natalia (Najwa
Nimri), una mujer que lo tiene todo, y Elena (Ingrid
Rubio), una mujer que cree no tener nada, se reúnen con sus
respectivas parejas durante un fin de semana en el chalet de la
primera. Natalia está embarazada, Elena está secretamente
obsesionada con estarlo. Y es durante el transcurso del fin de
semana cuando la obsesión de Elena, extrema y enfermiza,
comienza a manifestarse poco a poco, desembocando en algo
bastante menos idílico de lo que nadie había planeado.
Son muchas
las referencias que nos vienen a la cabeza durante el visionado
de “Trastorno”, algunas quizás más evidentes que otras, pero
todas ellas de una influencia marcadamente reconocible en la
cinta de Cámara. Desde “La mano que mece la cuna”, el ejemplar
thriller de Curtis Hanson, con el que guarda parecidos más que
razonables, hasta “¿Qué fue de Baby Jane?”, de cuya atmósfera
enfermiza se apropia momentáneamente en el tercio final, pasando
incluso por “La mosca” de Cronenberg (me remito a la escena
pesadillesca del parto de Elena), el guión de Amezcua supone, en
el mejor de los casos, un patchwork de ecos y lugares
comunes hilvanados de forma más o menos coherente, sin grandes
trompicones en su desarrollo, a mayor gloria de la filosofía del
blockbuster. Cuajado de clichés perfectamente
asentados en el imaginario colectivo y convenientemente podada
de giros argumentales sorpresivos, no resulta demasiado
complicado adelantarse ya no al curso de los acontecimientos,
sino al desenlace incluso de los mismos, asentado tan cómoda
y diligentemente como cabría esperar en cualquier telefilm de
sobremesa.
Porque,
seamos claros, si algo separa a “Trastorno” de la mediocridad de
serie B a la que la idea de base podría haberla abocado es, sin
lugar a dudas, el buen hacer general de su equipo. Un buen hacer
que, sin llegar a ser espléndido, sin elevarse particularmente
por encima de la media, otorga un acabado muy digno al producto.
Quizás con la sola excepción de la música compuesta por
Javier Cámara (meramente ambiental, poco inspirada en
líneas generales) y el guión de Amezcua (sobre cuyas carencias
hemos hablado sobradamente), todo en “Trastorno” parece
orquestado para jugar las cartas del aprobado y, en determinados
casos, hasta un poco más que eso. El montaje es correcto,
comedido, sin que llegue a haber realmente ningún plano de más o
de menos. La fotografía de Daniel
Aranyo, sobria y aparente, confiere al film ese
cierto toque de calidad que el argumento pide a gritos. Y, por
supuesto, Fernando Cámara sabe dónde y cuándo poner exactamente
la cámara, demostrando siempre una adecuada asimilación de los
resortes genéricos que pretende emular.
Sin embargo,
si bien el caparazón de la criatura está debidamente armado,
es justo en las entrañas donde la propuesta falla. Pues uno no
puede sino echar de menos un mayor calado en la historia, una
mayor incisión tanto en los hechos como en los personajes.
En definitiva, ese algo que dé a la cinta su propio aliento e
identidad específicos. Efectivamente, poco importa que tanto
Najwa Nimri como Ingrid Rubio (ambas posicionadas como el
corazón de una película, por lo demás, bastante fría) nos
regalen unas interpretaciones competentes y complementarias,
cuando los personajes a los que dan vida están tan desdibujados
y, en ocasiones, simplemente encajados en el estereotipo puro y
duro. Poco importa el abismo al que se ven abocadas cuando, de
hecho, no vemos ni dónde empieza ni dónde acaba el abismo. Claro
que, desde una óptica netamente mercantil, poco más hay que
tachar a un filme que da al público justo el bocado poco
exigente que busca... Si no fuera, claro está, porque a veces,
hasta los más aficionados al menú del burguer de la
esquina tienen antojos de una buena merluza a la pimienta.
Calificación:
    
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