CRÍTICA
por
José Arce
Cuando uno ha visto tantas
películas de género, aprende a desconfiar de los impactantes
carteles, las frases evocando a la cruda violencia del contenido
del film y, por supuesto, las citas textuales, tantas veces
sacadas de contexto, que subrayan las opiniones de nombres
conocidos, revistas o veteranos compañeros de profesión; en el
caso concreto que nos ocupa, “Wolf Creek” llega avalada por los
comentarios de Tarantino y Rodriguez –“dos contra el mundo…”–,
lo que tendrá un impacto directo en la avalancha de chavales
que, presumiblemente, acudirán a las salas el fin de semana de
estreno. Y en esta ocasión harán bien, porque cada vez cuesta
más encontrar títulos como este, pequeñas producciones que hacen
pasar al espectador un buen rato de lo más inquietante.
Tres
estudiantes recorren el desierto australiano para llegar al
espectacular cráter causado por la caída de un meteorito hace
incontables años, un sorprendente rincón creado por la
naturaleza que, realmente, merece tan largo trayecto. Como si
de una premonición se tratase, Ben (Nathan
Phillips) relata a
sus compañeras de viaje cómo en la zona se han producido
avistamientos de ovnis; al rato, sus relojes se paran y el
coche se queda misteriosamente sin batería. Desgraciadamente
para ellos, Fox Mulder no anda por allí, y quien acude en su
ayuda es Mick (John Jarratt),
un solitario habitante de la zona que se ofrece a auxiliarles
desinteresadamente. Obviamente, el buen samaritano no es sino
un psycho en toda regla. Como se puede ver, el
argumento de esta película que llega a nuestra cartelera con
dos años de retraso tampoco viene a inventar nada nuevo. Lo
que sí aporta, y con soltura y solvencia, es un planteamiento
narrativo y estético cuidado y en ocasiones exasperante, en un
ambiente enrarecido en el que el trío protagonista se mueve no
sin cierta inquietud desde el mismo inicio de la trama. Ya en
los primeros minutos, acompañamos a Liz (Cassandra
Magrath) en un baño
bajo la tenue luz del amanecer. Al salir del agua, observará a
su alrededor con mirada preocupada y taciturna, empequeñecida
por lo inmenso del vacío que la rodea, en un anticipo de la
soledad que se avecina para todos ellos y, por ende, para
nosotros, como anónimos observadores en una oscura sala de
cine.
Encontramos en la narración dos partes claramente diferenciadas.
La primera de ellas es la que suele llevarse por delante todo el
interés del espectador en este tipo de producciones: la
introducción de los personajes, por lo general universitarios
prescindibles que sirven para poco más que el lucimiento del
asesino de turno. En este caso, los tres muchachos no resultan
totalmente ajenos al espectador, en parte gracias a una soltura
interpretativa que hace que no resulte complicado entablar con
ellos un cierto grado de empatía. En este preámbulo conocemos
sin profundizar demasiado quiénes son, la relación entre ellos,
etcétera, lo justo para que la platea lamente cualquier mal que
pueda llegar –algo, que por otra parte, se espera desde el
primer momento–. Los avisos de que algo horrible va a acontecer
son prácticamente inexistentes, salvo su encontronazo con una
pandilla de genuinos rednecks australianos
–definitivamente, en el universo cinematográfico anglosajón, el
mundo rural más profundo está presidido por la endogamia más
radical– en un solitario bar de carretera. Es otro punto a favor
del director: todos sabemos que la desgracia llegará, tarde o
temprano, así que somos nosotros mismos los que aportamos la
intranquilidad a los acontecimientos. El segundo bloque
narrativo se presenta con la noche y la avería del coche, tras
la llegada del aparentemente simpático Mick. Que está como una
regadera es evidente, y tras unos minutos de tranquilidad
dominados por las diferencias entre el mundo rural y el urbano,
“Wolf Creek” se devora a sí misma para convertirse en
un survival horror que, si bien funciona a
trompicones, es perfectamente efectivo por el carácter sádico,
frío y calculador del asesino.
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El
principal mérito del realizador Greg
McLean es saber
aprovechar los recursos de que dispone. El desierto regala
un marco vasto, desolador y desquiciante, no apto para
cualquier turista. La falta de comunicación, la lejanía de
la civilización y la ausencia de todo tipo de contacto con
nuestros iguales pueden ser tan relajantes como agotadoras
para la mente humana, disparando las reacciones más
extremas ante el más mínimo contratiempo, no digamos ante
la imposibilidad de abandonar tan descomunal inmensidad.
Así, McLean no se cansa de mostrarnos nuestra ridícula
pequeñez frente al mundo que nos rodea. Las carreteras se
convierten en finas tiras grises sin principio ni final,
envueltas en un plano e implacable terreno oscuro que
abarca hasta donde alcanza la vista. La muy recurrida
cámara en mano ayuda, por un lado, a reflejar la alegre
espontaneidad de los protagonistas cuando todo va bien,
pero también maximiza el terror cuando las cosas se
tuercen. De este modo, los mismos mecanismos técnicos y
estéticos dotan a cada mitad del metraje de cualidades muy
distintas, incluso opuestas, en la que única nota común es
la sequedad del planteamiento, que reina incluso por
encima de los momentos más distendidos.
Afortunadamente, el otro elemento básico, la encarnación del Mal
puro en la figura del asesino implacable, no desentona. Y
si bien la parte introductoria puede hacerse un
tanto tediosa, la escalada de violencia final compensa la espera.
Esta suerte de reverso tenebroso de Cocodrilo Dundee –no faltan
las referencias al clásico personaje de Paul Hogan– pasea su
inconfundible estética recortado por el ocaso en el horizonte,
sombrero de cowboy calado y rifle en ristre, convertido
en la concreción física de una realidad aterradora: en la
soledad del desierto, puede haber no uno, sino docenas como él.
Por qué lo hace, no importa. No va a dejar de matar, con esa
risilla aguda y estúpida que le sitúa como el portero que nos
espera en los panteones del Australian gothic, donde nos
recibe con expresión grandilocuente.
Visto todo esto, señalar que
“Wolf Creek” no viene sino a engrosar la lista de hijas nacidas
a la sombra de “El malvado Zaroff” (Irving Pichel & Ernest B.
Schoedsack ,1932) –“la emoción está en la caza”, reza la promoción;
más claro no puede estar–, “Deliverance” (John Boorman, 1972)
y, por supuesto, “La matanza de Texas” (Tobe Hooper, 1974). Pero
también es justo decir que se encuentra muy por encima de
títulos recientes mucho más anodinos como
"Km. 666"
(Rob Schmidt, 2003) o
"Malevolence"
(Stevan Mena, 2004), aportando su granito de arena a ese montón
de filmes que nos dicen que el peligro está en todas
partes, no sólo en los sucios callejones de las grandes
ciudades. Bienvenidos sean soplos de aire fresco como éste a un
género eternamente sobresaturado.
Calificación:
    
Imágenes de
"Wolf Creek" - Copyright © 2005 Film Finance Corporation, South
Australian Film Corporation, Darclight Films, 403 Productions y
The True
Crime Channel. Distribuida en España por Amazing! Pictures. Todos los derechos
reservados.
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