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Dirección: Paul Verhoeven.
Países: Holanda, Reino Unido, Alemania y
Bélgica.
Año:
2006.
Duración: 145 min.
Género:
Thriller.
Interpretación: Carice van Houten
(Rachel Steinn/Ellis de Vries), Sebastian Koch (Ludwig Müntze), Thom Hoffman
(Hans Akkermans), Halina Reijn (Ronnie), Christian Berkel
(general Käutner), Waldemar Kobus (Günther
Franken), Derek de Lint (Gerben Kuipers), Michiel Huisman (Rob),
Peter Block (Van Gein), Dolf de Vries (Sr. Smaal), Ronald
Armbrust (Tim).
Guión: Paul Verhoeven y Gerard
Soeteman; basado en un argumento de Gerard Soeteman.
Producción: San Fu Maltha, Jens
Meurer, Teun Hilte, Jos van der Linden, Frans van Gestel y
Jeroen Beker.
Música: Anne Dudley.
Fotografía: Karl Walter Lindenlaub.
Montaje: Job ter Burg y James
Herbert.
Diseño de producción: Wilbert van Dorp.
Vestuario: Yan Tax.
Estreno en Holanda: 14 Sept. 2006.
Estreno en España: 2 Febrero 2007. |
CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
A
Paul Verhoeven,
que nació en Holanda en los albores de la Segunda Guerra
Mundial, viene inquietándole la ciencia ficción, la violencia y
el sexo. Después de sus producciones europeas de los años 60 y
70, fue en Hollywood donde consiguió fama internacional con “Los
señores del acero” (1985), “RoboCop” (1987) y “Desafío total”
(1990), esta última inspirada en una novela de Philip K. Dick.
Tras ellas vinieron los erótico-blockbusters “Instinto
básico” (1992) y “Showgirls” (1995), para regresar
posteriormente a la ciencia ficción ultraviolenta con “Starship
troopers: Las brigadas del espacio” (1997), basada en la
conocida novela de Robert A. Heinlein y que a su vez pareció
inspirar a los creadores de “StarCraft”, probablemente el mejor
videojuego de estrategia en tiempo real jamás creado para un
computador.
El
coletazo final de su aventura estadounidense fue “El hombre
sin sombra” (2000), tan visualmente conseguida como
argumentalmente bochornosa. Seis años más tarde, Verhoeven ha
regresado a Europa para transformar su afición por la
violencia y el sexo gratuitos y darles una base consistente,
contextualizándolos en la Holanda que vivió cuando contaba con
no más de seis o siete años. Así pues, el de Ámsterdam cambia
la ficción por el “inspirado en una historia real” de una
joven cantante judía, despierta y vivaz, desplazada de la
Berlín nazi hasta las tierras del director, en esta “El libro
negro”.
Lo
cierto es que el enfoque que Verhoeven ha dado al guión, escrito
junto a Gerard Soeteman,
no hace justicia al título del film, que vendría a sugerir una
especie de anti-lista de Schindler: los judíos que figuran en
ella no van a ser quienes se salven, sino quienes sean
traicionados. Durante la primera mitad de metraje parece que
vayamos a asistir a la venganza de una superviviente de esa
lista, Rachel Steinn (Carice
van Houten);
sin embargo, su rol como espía de la resistencia holandesa la
vincula sentimentalmente con un capitán nazi bonachón (que no
bueno, como Schindler), perdiendo el relato biográfico. A partir
de este punto, Verhoeven se centra casi exclusivamente en el
fondo: dar a entender que en una guerra no hay mejores ni
peores, vencedores ni vencidos, buenos ni malos; sólo muertos y
supervivientes. Una de las pocas cosas que queda claramente
expuesta es el círculo vicioso de la violencia, que, como un
balón, va cruzando al campo de unos y de otros en un vaivén
incesante. En cierto momento, parece que vaya a otorgarse la
responsabilidad de detener el odio a los propios supervivientes,
aunque Verhoeven decide finalmente no mojarse en el asunto y
quedarse en la neutralidad, dando un ápice de optimismo
(“deberíamos sacarle”) y otro de pesimismo (crisis de Suez del
56), ya en el último plano.
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Quizá la fijación del director en dejar
sus intenciones muy claras es lo que haya chocado
frontalmente con la idea inicial del libro negro.
En su segunda mitad, el precio a pagar aumenta hasta el
infinito con una sucesión de traiciones (invocando
cansadamente el “no puedes fiarte de nadie”) demasiado
longevas y titubeantes, hecho que sorprende dada la
excelente sutilidad de la primera de ellas (aunque
posteriormente reducida a cenizas de forma incomprensible
en la primera escucha del micrófono; no, no era
necesario). Pretende aportarse algo de dramatismo
romántico con el destierro del capitán nazi y la cantante
judía por sendos bandos; sin embargo, la escasez de planos
que ratifiquen su complicidad como pareja, sumado a los
endebles recursos que se usan para justificar la exclusión
de ambos (un malentendido y un exceso de idealismo)
invalidan tal voluntad.
A pesar
de todo, y contra todo pronóstico, ha sido la conocida debilidad
del realizador por el sexo lo que salva definitivamente su guión
de la quema. Aunque lo aplique sin mucho sentido de la medida en
multitud de ocasiones, hay una escena en particular (no les
costará en absoluto distinguirla) donde Verhoeven ha encontrado
la plenitud del equilibrio en el erotismo, obligando al rencor a
tocar la carne (“son judías”) y usando el nudismo como un
afilado puñal en un ataque directo al origen mismo de la guerra:
el racismo.
Desapercibidos detalles escenográficos aparte, lo que más van a
valorar al levantarse de sus butacas es darse cuenta de que la
proyección no les ha aburrido en sus casi dos horas y media de
duración. Así pues,
podrán dar gracias a que la excesiva heterogeneidad de la
narración, a pesar de confundirles, haya logrado distraerles.
Resulta curioso cómo incluso contrastes tan acentuados como el
interpretativo, que va de impecable (escena del llanto de Ellis
tras conocer la noticia fatal) a desastroso (primera reunión
ante el micrófono, asesinato del policía a manos del
insoportable cristiano radical) hacen más llevadero el
transcurrir. Pero lo que les alegrará, sin duda, es haber
descubierto el nuevo uso que ha encontrado Verhoeven, ya a su
vejez, a la violencia escenográfica y al erotismo narrativo,
dando con una fórmula de sobrada validez; a aplicar, claro está,
en todo su esplendor en la siguiente ocasión.
Calificación:
    
Imágenes
de "El libro negro" - Copyright © 2006 Fu Works,
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