CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Sobre cárceles y
ladrones de afectos
Una vez más, se comprueba que
el paso por Hollywood deja una huella profunda, y que el hecho
de que el director de “El paciente inglés” o
"Cold Mountain"
regrese a su Inglaterra natal no significa que abandone los
modos americanos para volver al tradicional cine social
británico. Porque esta historia de ladrones de ordenadores y de
corazones que ahora presenta no tiene la fuerza de la imagen
tomada en la calle, en contacto con el drama de unas vidas
arrebatadas a la guerra o a la vida familiar. Es más bien un
producto de estudio, bien maquillado e interpretado, para hablar
de un vacío que afecta a pobres y ricos, del difícil equilibrio
entre la vida personal y familiar, y de las dificultades de unos
para “romper y entrar” en el complicado mundo de los otros. En
concreto, es la maqueta de un estudio de arquitectos ambiciosos,
que se han instalado en una barriada marginal con intención de
transformarla en una zona de lujo y expansión. Pero por allí
“trabaja” también una pequeña mafia de emigrantes bosnios que
utiliza a dos adolescentes para robar lo que se tercia, y que
ahora han apuesto sus ojos en los sofisticados ordenadores del
estudio. Los azares de la vida (cinematográfica) hacen que Will,
un arquitecto que atraviesa por dificultades con su pareja,
espíe y persiga a uno de los ladronzuelos y acabe conociendo a
su madre, una emigrante bosnia de la que se enamora y que lucha
por sobrevivir junto a su hijo.
La opción
por lo estético y artificioso, por lo convencional y lo
hollywoodiense, resta credibilidad a este melodrama elegante. Su
guión irregular se convierte en muchos momentos en pretencioso,
repleto de metáforas e imágenes un tanto pedantes por lo
evidentes y reiterativas,
que intentan hablar de la fragilidad de los sentimientos o de la
marginalidad de los emigrantes, de teorías urbanísticas o de las
secuelas de la guerra: la presencia de una zorra perdida por las
calles, una vajilla que se rompe, el robo de un ordenador con
fotos y recuerdos de familia, una hija anoréxica obsesionada con
la danza, o la misma profesión de arquitecto y sus ideas sobre
la integración de las formas interiores en un espacio natural
abierto, todo está “puesto” para que el espectador haga una
segunda lectura existencialista y social. Y es que la historia
se reduce a mostrar el drama de dos mujeres de difícil y
tortuoso pasado, y de un hombre que se debate entre la vida
“establecida” u ordenada y la “desarraigada” e incierta. Ambas
mujeres han sufrido el abandono de su marido y se han entregado
al cuidado de sus hijos, ambas han vivido entre la inestabilidad
psíquica y la lucha por rehacer su vida, y en los dos casos ese
vacío emocional que padecen ha encontrado eco en una hija
insegura e hipersensible o en un muchacho desorientado y
manipulado. No importa que una proceda de la Suecia del
bienestar con miras al suicidio o la depresión, ni que la otra
sea imagen de la Bosnia de posguerra entre la pobreza y la huida
hacia delante. En ambos mundos el problema encuentra raíces en
la ruptura familiar y en su trágica secuela emocional, y se
vislumbra la misma dificultad para encontrar la felicidad en el
propio medio vital, sin saber integrar el espacio interior en su
entorno natural. A la vez, una vez más, el cine parece
decantarse por la poca viabilidad del amor entre personas de
diferentes clases sociales, como si el cemento y el cristal no
congeniasen con la salvaje y agreste naturaleza, siguiendo la
metáfora arquitectónica del film.
En la propia dinámica
alegórica de la película, quien roba un ordenador, una foto o un
muñeco, roba también un corazón y una vida que allí se ha
dejado, y por eso –aunque no sea de manera intencionada– la
historia de robo material se convierte en una de amor, y ésta a
su vez en otra de supervivencia y soborno, que en el fondo y en
realidad es también de amor. Así, la narración va y viene,
complicándose como la vida de enredos emocionales y mentiras de
sus protagonistas, más confusos y caóticos de lo que se supone
que es la realidad recogida en un portátil –con una descarada
propaganda de Appel– o en un plan urbanístico: son individuos
encerrados en la cárcel del pasado, de un trabajo absorbente o
del mismo engaño, cuando no entre rejas. El guión peca al
subrayar en exceso su discurso y al obligar a personajes como
Will y su mujer a adoptar unas reacciones finales
desconcertantes e inverosímiles, mientras que en este sentido el
de la modista bosnia se presenta más coherente y auténtico. Son
papeles insuflados, en definitiva, de falsedad por un guión
artificioso, que trata de insertarlos en una trama intimista, a
los que pretende dotar de profundidad y un pasado de
turbulencias, y que sólo cobran cierta vida gracias a unas
dignas interpretaciones de
Jude Law
y especialmente de
Juliette Binoche
(no es fácil verla como mujer de acento eslavo, pero capacidad y
contención dramática salvan esos difíciles escollos). Algún
personaje secundario como el socio de Will resulta patético y
nula su aportación a la historia, de igual modo que la subtrama
de la hija enferma tampoco parece necesaria y no hace sino más
engorroso el desarrollo narrativo de la historia central.
En el aspecto artístico, la
puesta en escena vira entre los ambientes elegantes y las zonas
marginales de inmigrantes, pero ambas responden al mismo toque
prefabricado tan americano. La fotografía también apuesta por
reflejar ese distinto estado emocional, con filtros azules que
dan la frialdad y distancia por la que pasa el matrimonio
acomodado, o con tonos más cálidos para las escenas en que Will
está junto a su nuevo amor. Desde el punto de vista narrativo,
hay algunos momentos muy logrados, como aquel en que la
refugiada bosnia se desahoga con su Will contándole su historia
mientras, en montaje paralelo, el espectador contempla cómo su
hijo busca en internet imágenes de su país en guerra.
Un melodrama de pérdidas y
huidas emocionales con su trasfondo social, que juega en exceso
con la metáfora y que incurre en importantes fallas de guión.
El espectador pasará un rato entretenido sin
llegar a involucrarse en la historia, y al poco tiempo se le
habrá olvidado por su falta de fuerza y veracidad. No
impacta ni deja huella porque todo es postizo, y su estructura,
de diseño, como la arquitectura moderna que
su protagonista trata de desarrollar. Y también como parte de la
modernidad, quedará en sus fotogramas ese vacío existencial e
inestabilidad afectiva, con familias disfuncionales y auténticas
cárceles interiores en que el individuo trata de sobrevivir a la
asfixia del individualismo y de la guerra.
Calificación:
    
Imágenes de "Breaking and entering" - Copyright ©
2006 Miramax Films, The Weinstein Company y Mirage Enterprises.
Fotos por Laurie Sparham. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos
reservados.
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