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BREAKING AND ENTERING


Dirección y guión: Anthony Minghella.
Países:
Reino Unido y USA.
Año: 2006.
Duración: 120 min.
Género: Drama.
Interpretación: Jude Law (Will Francis), Juliette Binoche (Amira), Robin Wright Penn (Liv), Rafi Gavron (Miro), Poppy Rogers (Bea), Martin Freeman (Sandy), Vera Farmiga (Oana), Ray Winstone (Bruno Fella).
Producción: Sydney Pollack, Anthony Minghella y Timothy Bricknell.
Música: Gabriel Yared y Underworld.
Fotografía:
Benoît Delhomme.
Montaje: Lisa Gunning.
Diseño de producción: Alex McDowell.
Vestuario: Natalie Ward.
Estreno en Reino Unido: 10 Nov. 2006.
Estreno en España: 2 Marzo 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Sobre cárceles y ladrones de afectos

  Una vez más, se comprueba que el paso por Hollywood deja una huella profunda, y que el hecho de que el director de “El paciente inglés” o "Cold Mountain" regrese a su Inglaterra natal no significa que abandone los modos americanos para volver al tradicional cine social británico. Porque esta historia de ladrones de ordenadores y de corazones que ahora presenta no tiene la fuerza de la imagen tomada en la calle, en contacto con el drama de unas vidas arrebatadas a la guerra o a la vida familiar. Es más bien un producto de estudio, bien maquillado e interpretado, para hablar de un vacío que afecta a pobres y ricos, del difícil equilibrio entre la vida personal y familiar, y de las dificultades de unos para “romper y entrar” en el complicado mundo de los otros. En concreto, es la maqueta de un estudio de arquitectos ambiciosos, que se han instalado en una barriada marginal con intención de transformarla en una zona de lujo y expansión. Pero por allí “trabaja” también una pequeña mafia de emigrantes bosnios que utiliza a dos adolescentes para robar lo que se tercia, y que ahora han apuesto sus ojos en los sofisticados ordenadores del estudio. Los azares de la vida (cinematográfica) hacen que Will, un arquitecto que atraviesa por dificultades con su pareja, espíe y persiga a uno de los ladronzuelos y acabe conociendo a su madre, una emigrante bosnia de la que se enamora y que lucha por sobrevivir junto a su hijo.

 

  La opción por lo estético y artificioso, por lo convencional y lo hollywoodiense, resta credibilidad a este melodrama elegante. Su guión irregular se convierte en muchos momentos en pretencioso, repleto de metáforas e imágenes un tanto pedantes por lo evidentes y reiterativas, que intentan hablar de la fragilidad de los sentimientos o de la marginalidad de los emigrantes, de teorías urbanísticas o de las secuelas de la guerra: la presencia de una zorra perdida por las calles, una vajilla que se rompe, el robo de un ordenador con fotos y recuerdos de familia, una hija anoréxica obsesionada con la danza, o la misma profesión de arquitecto y sus ideas sobre la integración de las formas interiores en un espacio natural abierto, todo está “puesto” para que el espectador haga una segunda lectura existencialista y social. Y es que la historia se reduce a mostrar el drama de dos mujeres de difícil y tortuoso pasado, y de un hombre que se debate entre la vida “establecida” u ordenada y la “desarraigada” e incierta. Ambas mujeres han sufrido el abandono de su marido y se han entregado al cuidado de sus hijos, ambas han vivido entre la inestabilidad psíquica y la lucha por rehacer su vida, y en los dos casos ese vacío emocional que padecen ha encontrado eco en una hija insegura e hipersensible o en un muchacho desorientado y manipulado. No importa que una proceda de la Suecia del bienestar con miras al suicidio o la depresión, ni que la otra sea imagen de la Bosnia de posguerra entre la pobreza y la huida hacia delante. En ambos mundos el problema encuentra raíces en la ruptura familiar y en su trágica secuela emocional, y se vislumbra la misma dificultad para encontrar la felicidad en el propio medio vital, sin saber integrar el espacio interior en su entorno natural. A la vez, una vez más, el cine parece decantarse por la poca viabilidad del amor entre personas de diferentes clases sociales, como si el cemento y el cristal no congeniasen con la salvaje y agreste naturaleza, siguiendo la metáfora arquitectónica del film.

  En la propia dinámica alegórica de la película, quien roba un ordenador, una foto o un muñeco, roba también un corazón y una vida que allí se ha dejado, y por eso –aunque no sea de manera intencionada– la historia de robo material se convierte en una de amor, y ésta a su vez en otra de supervivencia y soborno, que en el fondo y en realidad es también de amor. Así, la narración va y viene, complicándose como la vida de enredos emocionales y mentiras de sus protagonistas, más confusos y caóticos de lo que se supone que es la realidad recogida en un portátil –con una descarada propaganda de Appel– o en un plan urbanístico: son individuos encerrados en la cárcel del pasado, de un trabajo absorbente o del mismo engaño, cuando no entre rejas. El guión peca al subrayar en exceso su discurso y al obligar a personajes como Will y su mujer a adoptar unas reacciones finales desconcertantes e inverosímiles, mientras que en este sentido el de la modista bosnia se presenta más coherente y auténtico. Son papeles insuflados, en definitiva, de falsedad por un guión artificioso, que trata de insertarlos en una trama intimista, a los que pretende dotar de profundidad y un pasado de turbulencias, y que sólo cobran cierta vida gracias a unas dignas interpretaciones de Jude Law y especialmente de Juliette Binoche (no es fácil verla como mujer de acento eslavo, pero capacidad y contención dramática salvan esos difíciles escollos). Algún personaje secundario como el socio de Will resulta patético y nula su aportación a la historia, de igual modo que la subtrama de la hija enferma tampoco parece necesaria y no hace sino más engorroso el desarrollo narrativo de la historia central.

  En el aspecto artístico, la puesta en escena vira entre los ambientes elegantes y las zonas marginales de inmigrantes, pero ambas responden al mismo toque prefabricado tan americano. La fotografía también apuesta por reflejar ese distinto estado emocional, con filtros azules que dan la frialdad y distancia por la que pasa el matrimonio acomodado, o con tonos más cálidos para las escenas en que Will está junto a su nuevo amor. Desde el punto de vista narrativo, hay algunos momentos muy logrados, como aquel en que la refugiada bosnia se desahoga con su Will contándole su historia mientras, en montaje paralelo, el espectador contempla cómo su hijo busca en internet imágenes de su país en guerra.

  Un melodrama de pérdidas y huidas emocionales con su trasfondo social, que juega en exceso con la metáfora y que incurre en importantes fallas de guión. El espectador pasará un rato entretenido sin llegar a involucrarse en la historia, y al poco tiempo se le habrá olvidado por su falta de fuerza y veracidad. No impacta ni deja huella porque todo es postizo, y su estructura, de diseño, como la arquitectura moderna que su protagonista trata de desarrollar. Y también como parte de la modernidad, quedará en sus fotogramas ese vacío existencial e inestabilidad afectiva, con familias disfuncionales y auténticas cárceles interiores en que el individuo trata de sobrevivir a la asfixia del individualismo y de la guerra.

Calificación:


Imágenes de "Breaking and entering" - Copyright © 2006 Miramax Films, The Weinstein Company y Mirage Enterprises. Fotos por Laurie Sparham. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados.

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