CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Anthony Minghella
ha aprendido la lección del soberbio, y después de ascender sin
pausa por una cima de obras cada vez más grandilocuentes y
fallidas –desde “El paciente inglés” (1996) hasta
"Cold Mountain"
(2003)–, se pasa a una cinta menor, desprovista de pretensiones
formales y de alardes novelescos, pero igualmente falsa dentro
de ese planteamiento intimista. “Breaking and entering” es un
título que intenta romper con la tradición previa del director y
dar paso a una nueva etapa más madura y reflexiva, un objetivo
nada baladí cuando se supone que sólo va a contarnos un
conflicto amoroso de tintes raciales.
El
realizador ha afirmado que la base de su nueva película se
encuentra en experiencias personales sobre los robos que
sufrió su propia oficina londinense. Visto el resultado, tal
vez su participación se vio limitada a las llamadas
telefónicas con la policía y a la imaginación romántica que
siempre le ha caracterizado, pues el filme se sumerge en
un relato de vacío desarrollo y contradictorios planteamientos
emocionales, un
círculo vicioso dentro del cual Minghella vuelve a quedarse
atrapado con la contemplación orgullosa de su retoño. No
funciona la denuncia sobre los prejuicios sociales que rodean
a los inmigrantes, ni siquiera mediante la metáfora del
arquitecto-paisajista (Jude
Law) que
pretende renovar el barrio de King’s Cross con un diseño libre
de hierba y zonas naturales. La falsedad urbana, apenas
aprovechada en unos exteriores insípidos, no se corresponde
con la hipocresía de unos adinerados ingleses que, en el
fondo, tampoco son tan malos. Esa bienaventuranza que
Minghella siempre reserva a sus criaturas roza la exasperación
en cuanto afecta a la propia coherencia de la historia.
Will
Francis –Jude Law se ha convertido en el actor fetiche del
director y en su mejor personaje hasta la fecha, el Dickie de
“El talento de Mr. Ripley” (2000)– tiene una mujer depresiva (Robin
Wright Penn,
sutil y etérea) y una hija adoptada que destroza sus nervios a
causa de un tipo de autismo. Visto el panorama familiar, se
refugia en un trabajo que le conducirá a la investigación sobre
quién roba en su despacho. A partir de aquí, el interesante
juego entre objetos robados y otros añadidos deriva en un
simplón y escasamente creíble affaire entre Will y Amira,
la madre del delincuente –una poco acertada
Juliette Binoche
como bosnia, incapaz de desprenderse de su aire de francesa
ideal–, plagado de secretos estúpidos y chantajes insulsos. El
caos de los personajes, aunque de manera contradictoria éstos
nunca parezcan realmente afectados por lo que sucede, es
resuelto por Minghella con un batiburrillo de buenas intenciones
y mensaje moral de paz y amor, de esperanza por la construcción
de una ciudad perfecta que, como las maquetas de Will, es en
realidad un montón de corcho altamente inflamable por ingenuas
ilusiones.
|
 |
En ese sentido espiritual,
tampoco cuaja el paralelismo mal insinuado por un montaje de
efectismo romántico, la supuesta correspondencia entre la
relación de Will y su hija con el amor de Amira por su oveja
descarriada. Un cordero, además, dotado de la inteligencia y el
buen corazón que siempre acompañan a los jóvenes marginales de
las cintas hollywoodienses, como confirmaciones de que la
política del do it yourself norteamericana puede
aplicarse también a Europa y a sus países más conflictivos. Pero
tras tanta paja sentimentaloide se encuentra un amanerado juego
de salón, un teatro que se amolda al escenario de falsa blancura
de la pantalla –y de la casa de Will– sin la sinceridad y el
valor que supone mirarlo de frente. El cineasta rueda de lado
–lo cual no implica ángulos obtusos–, de reojo, abandonando los
elementos que podían causarle mayores dudas existenciales –la
prostituta que encarna
Vera Farmiga y
el reaccionario socio de Will, interpretado por
Martin Freeman–
y acomodándose en las escenas más fáciles por su capacidad para
conectar con el espectador desprevenido, en ese tramposo
tropiezo que lo sitúa entre la espada de la conciencia y la
pared de sus prejuicios.
Ahora que está tan de moda
remover los remordimientos de las clases acomodadas con
conclusiones de efímera contundencia –véase un conflicto similar
entre matrimonios, hijos y amantes en
"Ya
no somos dos"
(2004)–, dotando a esas denuncias de una cuidada, pulcra y
embustera realización, “Breaking and entering”
viene a confirmar la butaca del cine como un sillón de
socialización precoz. Dos horas de aceite de ricino digerible,
dos horas de falso cine social
para burgueses que saben que
necesitan sentirse mal por un rato, poner en tela de juicio los
esquemas que manejan diariamente para después confirmar que
tienen una solución práctica. Claro que esas lecciones sólo
sirven a oscuras, mientras los demás no miran, y en cuanto el
proyector se apaga la ciudad de corcho recupera su movilidad.
Emoción, enseñanza y el justo cinismo: la tristeza de un creador
de belleza visual hueca e inútil.
Calificación:
    
Imágenes de "Breaking and entering" - Copyright ©
2006 Miramax Films, The Weinstein Company y Mirage Enterprises.
Fotos por Laurie Sparham. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Breaking and entering"
Añade "Breaking and entering" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Breaking and entering" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Breaking and entering" a un amigo
|