CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Con dos años
de retraso en su estreno en nuestro país, la historia de
“Cashback” se remonta cuatro años atrás, cuando en 2004 el joven
y casi novel realizador Sean Ellis dirige un
cortometraje de acción real que acabaría consiguiendo
una nominación al Oscar®.
La pieza en cuestión pasó a formar parte de una película de
mayor envergadura que, con mismo título, ahonda en la hipótesis
sentimental de partida y en la fórmula del "¿qué pasaría si…?"
que tan bien funciona entre el público dado a la imaginación o
al morbo.
Sin embargo,
poco de esto último se encontrarán quienes fijen su atención en
el impactante cartel promocional. Incluso engañados u honrados
espectadores estadounidenses han lanzado avisos para alertar a
los desprevenidos en busca de una cinta porno. Esto no es porno,
ni por cantidad ni por calidad, del mismo modo que conviene
aclarar que “Cashback” es inglesa, a pesar de un método
narrativo propio de cierto cine independiente norteamericano. La
sorpresa que se reserva una película cuyo símbolo se encarna en
las curvas de una compradora de supermercado semidesnuda resulta
superlativa. El desnudo, implícito a lo largo del relato y sólo
explícito en una breve secuencia que alude al susodicho póster,
corresponde a una idea de Belleza, con mayúsculas, que persigue
el protagonista, Ben, un joven estudiante de arte (Sean
Biggerstaff). Acosado por un insomnio que nace a la par que
el abandono de su novia Suzy (Michelle Ryan), decide
sacar provecho de las horas muertas en el turno de noche de un
supermercado, entre su fauna freak, sus ninfas ocultas y
su flaubertiana educación sentimental.
Aunque la
progresión del protagonista puede entenderse en clave sexual, en
realidad el poso romántico cubre casi todo el suelo de la
narración, hasta un desenlace cómodo, límpido y esperanzador. La
flaqueza más visible achacable al guión, firmado por el propio
Ellis, se debe a esa confianza en la benevolencia del destino,
más propia de una comedia mainstream, que no responde
satisfactoriamente a las dolorosas preguntas planteadas desde el
comienzo. Cuestiones que, como sospecha y dibuja el propio Ben,
poseen tantas respuestas como intermitencias, a pesar de que sus
esbozos para una definición del amor, los recuerdos o el paso
del tiempo posean una consistencia gráfica que ya supone cierto
alivio, cierta vía de escape. Por ese motivo, el director
potencia el aparato visual que envuelve un relato de premisas
tan sencillas, opción que se arriesga a un equívoco con la
instalación de video-arte o el manierismo fotográfico —como le
sucedía a "En la ciudad de Sylvia"
(2007), un punto de partida similar—. Las ralentizaciones
puntuales, la slow motion generalizada o los juegos
artísticos de luz absorben el espíritu de determinadas escenas,
las introspectivas, aquéllas durante las cuales el joven pintor
se detiene a contemplar el corriente desorden en busca de un
orden supremo.
¿Cuántas
veces habremos soñado con poseer el poder de Hiro Nakamura —de
la serie "Héroes"—? Detener el tiempo siempre con motivos
perniciosos en mente: copiar un examen, robar en una tienda,
espiar un espacio prohibido… o desnudar a personas que comparan
el precio de las latas de tomate. Ben, que ha recibido sin
desearlo un don mayor —disfrutar de más tiempo que el resto de
los mortales—, necesita alterar las horas a su antojo para no
volverse loco en un mundo sin sueño. El sueño natural es
sustituido por la fantasía que, poco a poco, adquiere visos de
realidad, aunque Ellis juegue con la ambivalencia entre ambas
—algo que podría salvar en cierta medida su complaciente final—.
Fotogramas oníricos, monopolizados por la figura femenina que, a
juicio del protagonista, encierra todos los misterios humanos.
Las congela, les quita la ropa, las coloca en la postura
adecuada y las copia al carboncillo, con un afán más filosófico
y emocional que físico, aunque todas las mujeres que aparezcan
sean de notable atractivo.
Tanta
aspiración existencial, comprensible en el universo de
aprendizaje en el que se encuadra, sin la rabia de un Salinger
podría derivar en un ejercicio vacuo y preciosista, falta que
Ellis intenta enmendar abriendo el corto original en dos
perspectivas. Por un lado, la experiencia de Ben, conocida
mediante voz en off e intensas miradas —se supone que la
herramienta fundamental del artista y del verdadero conocedor de
mujeres, si es que ambas cosas no son lo mismo, según plantea el
film—. En segundo plano, pero no menos relevante, un desarrollo
más relajado y humorístico, repleto de personajes raritos,
cuando no pedestres, que salvan la pesadez del primer propósito,
aunque a la vez sean culpables de los momentos más
insustanciales de la película. Trazados con un par de pinceladas
—nueva contradicción teniendo en cuenta el carácter observador
del protagonista, perdonable si consideramos que sólo admira a
las mujeres—, aportan los chistes cinéfilos, el gag físico y
alguna que otra excusa argumental que justifique el interés
central: la evolución de Ben.
Finalmente
la historia muestra su estructura circular, pero el potencial de
fábula entre lo amargo del contenido y lo tierno de la forma se
diluye con un epílogo que podría aceptarse gracias a la
naturalidad de las herramientas empleadas durante todo el
metraje, aunque no consigan esconder cierta vocación simplista y
clásica. Aún así, antes de él se ha propiciado una reflexión
elegante en torno a un concepto poco común en el cine —cuando no
se aprovecha de forma fantasiosa—: el tiempo como aliado-enemigo
de la edad, la memoria y la definición de las cosas y las
personas. Ya sea producto de la mente de Ben o del deus ex
machina del director, incluso la resolución del relato se
agencia de esa idea oscura. Que los inabarcables conceptos de
belleza o amor pasen por unir los tiempos de distintos
individuos, por compartir un ritmo para hallarse a uno mismo
mientras se empieza a entrever el valor oculto de los demás.
Calificación:
    
Imágenes de "Cashback" - Copyright © 2008 Left Turn
Films, Lip Sync Productions y Ugly Duckling Films. Distribuida
en España por Lauren Films. Todos los derechos
reservados.
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