CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La ficción, en ese pacto implícito que es el cine, supone que la
barrera entre pantalla y espectador se abra sólo por un tiempo.
Algunos cineastas como
Cesc Gay
persiguen romper ese hábito, introducir a quien mira en un
espacio que es el mismo del que procede. Un cine-espejo, más que
ventana, una mirada de reflexión y desengaño por encima de todo
lo que significa la ficción propiamente dicha. Es por eso que el
nuevo título del director catalán define la corta trayectoria de
un contador de vidas, no de historias. Como en su anterior y
demoledora
"En la ciudad",
el largometraje vuelve a construirse con gestos, silencios y
palabras nunca dichas. Pero sí alguna más pronunciada, alguna
sonrisa más abierta en un relato que se traslada de la ciudad al
campo, del barullo y la confusión hacia cierta esperanza.
Álex (Eduard Fernández),
director de cine –sosias en ciertos aspectos del propio Cesc
Gay, aunque más por intuición que por confirmación–, se traslada
durante una semana a la casa rural de un amigo para desconectar
de Barcelona, la familia y la presión artística. Pronto
descubrimos que el personaje no busca inspiración, porque no
tiene nada en que basar sus guiones. Sólo posee una inmensa
melancolía fruto de la crisis de los cuarenta, y que empezará a
curarse gracias a la mediación de una mujer, Mónica (Montse
Germán).
¿Resuenan ecos en estas líneas? La premisa de
“Ficción” no es nada original, lo novedoso estriba en la mirada
del realizador, tal
vez el único ingrediente que puede insuflar vida a historias tan
pequeñas y personales. Y no cabe duda de que lo consigue y
permite que esta película de dos personas que se encuentran para
aprender a olvidarse suene a nuevo o, al menos, a algo cercano
con más valor para el espectador español.
El
hechizo lo lanza la mirada visual: encuadres metafóricos,
fundidos apesadumbrados, juegos de iluminación –resulta
significativo que el momento en que Álex y Mónica dan pie a su
relación, al bajar la montaña, se produzca al final de la tarde,
cuando la luz empieza a desaparecer, mientras que ellos lo verán
todo más claro–, largas secuencias mudas o de palabras
accesorias, paisajes rotos y pedregosos, muy peninsulares y nada
románticos. El lirismo de Cesc Gay es el de la
sinceridad, el de la supresión de todo engaño de guión, cámara o
interpretación. Todo fluye con pureza,
aunque en ocasiones el estilo peque de sus mismas virtudes: el
film se revela consciente de su valor y eso lo convierte en algo
ampuloso y pretencioso. Pero al menos nos muestra lo que es feo
y lo que es bonito, el verdadero significado de cada palabra y
cada recurso audiovisual sin forzar ningún mensaje moralizante o
cinematográfico. En este sentido, combina las imágenes
tradicionales con la grabación en cámara digital, coqueteando
todavía con la idea de la frágil barrera entre realidad y
ficción, del mismo modo que se refleja este conflicto en el
ambiente: Álex intenta construir una historia para una película
en una casa de rebecos disecados y amigos presentes en pintura.
Tendrá que dejar toda esa falsedad atrás –el símbolo del
retrovisor del coche, ya repetido en muchas road movies y
filmes de purificación–, y aprender a respirar de nuevo.
Éste
es, sin más, un canto a la nostalgia del amor entendido como una
experiencia efímera y perdida. Con componentes proustianos y un
perfume a lo "Lost in translation" –aunque
con final alternativo–, “Ficción” se mueve en olas de tristeza
de diferente intensidad, y que pueden provocar en el espectador
impaciente una sensación de ‘lentitud’. Más que lenta,
la cinta se toma su tiempo,
contemplativa, estirando el desarrollo tal y como uno lo percibe
al cambiar de entorno. El tono debía ser completamente distinto
al adoptado en
"En la ciudad".
Realista, un poco inverosímil, la película se
sostiene sin perder total credibilidad y sin caer en un
ombliguista ejercicio de autor gracias a un reducido y selecto
grupo de actores que otorgan ese punto cercano.
Eduard Fernández, uno de los mejores intérpretes que tenemos
ahora en España, vuelve a amoldarse sin problemas a un
protagonista en horas bajas, balbuciente y aburrido,
consiguiendo una identificación con el espectador que en manos
de cualquier otro habría sido simple estatismo. Sus
conversaciones, más que diálogos, con
Javier Cámara
resultan memorables por la sincronización de interrupciones,
elipsis y estremecimientos, de la misma manera que sus momentos
de intimidad con Montse Germán, que logran transmitir todo el
contenido de un incipiente romance sin hacer realmente nada.
Sin
embargo, a una historia de este calibre le es muy difícil no
caer en la autocontemplación, y ahí irrumpen detalles
presuntuosos y cursis, como la subida al globo y los regalos
finales, sobre todo la bola de cristal con fondo sonoro de
balada. El alma de “Ficción” se recoge en una escena del
comienzo, sin necesidad de que vuelva a reiterarse con perlas
sobrantes como ésas: Álex enciende la radio y se oye una pieza
melancólica que se encadena con su estado de ánimo, por lo que
sube el volumen hasta convertirse en una música extra-diegética.
Lo que no se dice sale hacia fuera, lo verdadero se transforma
en una ficción acústica. Porque la vida según
Cesc Gay está hecha para vivirla en condicional, para hombres y
mujeres que se definen por los recuerdos que no tienen y por
todo lo que no hicieron.
Como director, guionista y una pizca autobiógrafo, rinde un
homenaje con cierta concesión a las personas –la mayoría– que
pasan desapercibidas, incluso para sus seres queridos. Sin las
palabras, las definiciones y las licencias visuales que habrían
hecho demasiado ficticio el suspiro de vivir por décadas,
mirando siempre la anterior por encima del hombro.
Calificación:
    
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de "Ficción" - Copyright © 2006 Messidor
Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
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