CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Reconozco que he seguido de
cerca el rodaje de “Los fantasmas de Goya” porque parte de ella
se ha ubicado en mi –permítanme decirlo, preciosa para una
película– ciudad. Sentía curiosidad por saber si un checo era
capaz de abstraerse a un escenario tan complejo como el español,
y más aún a las ideas de un pintor de altura. En cierta medida,
mis expectativas se han cumplido, pues
Milos Forman
sabe emplear con soltura la escenografía de nuestro país, pero
con tanto preciosismo que ha olvidado embarrar con más suciedad
las calles y la historia.
En un momento del filme,
el personaje de Javier
Bardem define a
España como una casa de putas. Gente que se vende hay en todas
partes, pero aquí vuelve a reiterarse el prototipo de un país
poblado de prostitutas, maquiavélicos inquisidores y reyes
palurdos. Tuvimos, y aún tenemos, de todo eso, aunque no debería
constituir ni nuestra definición ni nuestros pecados.
El director de "Amadeus"
recae como en producciones anteriores en el barroquismo
ambiental, en la acumulación de efectos que, de uno en uno, sólo
aportan más ruido y menos precisión. Las sentencias que se
derivan de un guión fantasioso resultan más bien pobres:
¿mantenerse fiel a unos principios? ¿No pueden hacerse oídos
sordos ante la degradación de la inocencia? Y es que Forman se
pierde en la narración de unos hechos que deberían haber servido
como pura metáfora de una época y un país más que como novelón
rosa. Un religioso que es sobornado para sacar a una joven
inocente de las garras de la Inquisición, irremediablemente
atraído por ella. Relación ilícita, desapariciones, búsquedas...
Todos los ingredientes de cualquier serial en crescendo
dramático a los que se añade la figura de Goya como pudiera
haber sido cualquier otro pintor –o escritor, o músico, o
arquitecto... –.
La personalidad del
pintor aragonés es algo tan inabarcable para cualquier director
–así lo atestiguan las películas de Carlos Saura y Bigas Luna–,
que ésta queda simplificada para poder jugar con ella en
pantalla. El Goya de
Stellan
Skarsgård,
aunque interpretado con cierta soltura, aparenta simplón,
apagado e ingenuo –¿cómo no iba a saber él la sinceridad que
imprimía en sus cuadros, en especial los de la realeza?–. Actúa
como un simple nexo de unión entre personajes que deben
conocerse para dar pie al dramón, y la denuncia social que
intenta colarse a través de la repetición visual de sus pinturas
y grabados llega demasiado tarde. ¿Dónde se trata el
afrancesamiento del artista? ¿Y cuáles son esos fantasmas tan
superficialmente entrevistos en “La carga de los mamelucos”? Que
a la película no le interesa el sentido histórico queda claro
desde el momento en que recurre a una elipsis de quince años
para volar del guillotinamiento del francés Luis XVI hasta la
invasión napoleónica. Toda perspectiva sobre una época de
inestabilidad en la cultura española se subordina a la
continuación de ese material folletinesco. Y por el mismo motivo
Goya, en lugar de ser la voz de los que no hablan, se convierte
en la mirada de lo obvio.
A pesar
del contenido que se articula en tono de falsete, el estilo
lumínico que imprime el genial Javier
Aguirresarobe convierte el
largometraje en un inteligente retrato repleto de profundidad.
Sin abusar de los
evidentes y tópicos traslados de la paleta del pintor a la
acción –algo que sucede, por ejemplo, en la vista nocturna de
Madrid en plena escaramuza con los franceses–, la puesta en
escena es tan rica como pobre el motivo para el que se reúne
tanto valor. Y así da lástima comprobar cómo algo puede dar lo
mejor de sí en vano. No sólo por la selección de los decorados y
los paisajes, sino por la de unos secundarios firmes en sus
papeles, sobre todo cuando se está rodando en el propio país con
un idioma extranjero –Mabel
Rivera,
Blanca Portillo,
José Luis Gómez
o
Unax Ugalde,
por ejemplo–. El fondo vuelve a destacar más que lo que se sitúa
en primer plano, pues, aparte del ya mencionado y correcto
Skarsgård, Javier
Bardem no aporta gran decisión a un personaje rocambolesco y
basado en demasiadas gesticulaciones manuales. A su lado,
Natalie Portman
afronta un difícil doble rol por causas físicas: el paso de
quince años apenas se percibe más que por un afeamiento y unas
muecas tan poco creíbles como goyescas. Su entrega se palpa y se
agradece su arrojo, pero, de nuevo, ese esfuerzo cae en saco
roto cuando un personaje que reúne ternura y debilidad pasa toda
la película como una simple víctima circunstancial.
Sólo en el
último tramo, una vez superadas las improbables evoluciones de
los protagonistas, el uso anecdótico del pintor y las
resoluciones sentimentales, Forman parece recuperar un poco el
sentido crítico de
“Ragtime” y componer un potente choque en pantalla de todos los
ideales enfrentados. Sólo entonces Francisco de Goya despierta
de su letargo y esboza algo verdaderamente trágico y punzante.
En esos pocos minutos de cierre la estética se vuelca al
servicio de algo más profundo que un simple drama de época. Con
una cruel canción infantil, muy en la línea de Robert Aldrich,
se deja sobre la mesa la estampa de una España que baila sobre
su propia tumba, al son del sistema político que toque el
tamboril. Los tontos y los muertos caminan por delante y detrás,
muy atrás, suben la cuesta las olvidadas ideas y advertencias:
las artes. Una imagen demoledora y bella que, quizá, lo sea el
doble para esta firmante, conmovida por esa calle que también ha
recorrido igual de solitaria algunas mañanas.
Calificación:
    
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2006 Xuxa Producciones. Distribuida en España por
Warner Sogefilms. Todos los derechos
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