CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
El cine ambientado en
épocas del pasado, “cine histórico” si lo prefieren, ha llegado
a un inevitable punto de cierto desgaste. Las fórmulas
tradicionales consistentes en narrar casi al pie de la letra uno
o varios volúmenes de historia medieval o en retratar a un
personaje relevante echando mano de toda su literatura
biográfica pueden seguir siendo un agradable dulce para
historiadores, sociólogos o antropólogos, pero parece que el
gran público ya no se sorprende tan fácilmente ante una batalla
bien recreada o ante la figura de ese gran héroe del que tanto
habían oído hablar.
Quizá
el hecho de que “Los fantasmas de Goya” vea la luz ya
en el siglo XXI haya tenido que ver en su rica mezcla de
géneros, alejándola de lo que hubiera podido ser si
Jean-Claude Carrière
(guionista) la
hubiera articulado únicamente alrededor de la figura del
pintor, o si Milos
Forman
(guionista y director) la hubiera escrito como documental tras
leer, hace ya cincuenta años, el libro sobre la Inquisición
que le hizo concebir la idea inicial. De modo que, combinando
el talento de ambos, el largometraje huye del citado
convencionalismo y, además de contar con la ambientación y el
personaje, no descuida el drama, el debate trascendental ni la
crítica político-social. Estamos, pues, ante lo que sería el
siguiente paso natural del premiado Forman, tomando como
principales referencias a "Amadeus"
(1984), en cuanto a cine biográfico, y a “Alguien voló sobre el
nido del cuco” (1975), en lo que a crítica abierta se refiere.
El filme
nos sitúa en la villa de Madrid el año 1792, donde el Santo
Oficio se encuentra en la cúspide de su persecución a los
herejes. Una de sus primeras víctimas es Inés (Natalie
Portman), hija
de un adinerado mercader y musa del pintor Francisco de Goya (Stellan
Skarsgård). El
hermano Lorenzo (Javier
Bardem),
miembro de la Inquisición, es también retratado por el pintor,
lo que cierra, ya desde un principio, el círculo entre los tres
personajes principales, que serán víctimas, cada uno de un modo
u otro, de los acontecimientos de principios del siglo XIX.
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La película se estructura claramente en dos mitades
heterogéneas, diferenciadas tanto por su contexto (antes y
después de la invasión francesa de 1808) como por el
comportamiento de los protagonistas.
Sin embargo, el mensaje
que Forman pretende transmitir en cada una es el mismo: la
esperanza de una libertad verdadera. En esencia, esa
libertad se presenta, en primer lugar, como antítesis a
los métodos de la Iglesia, aunque también más tarde de la
Revolución Francesa, donde el director utiliza las
pinturas del cuasi visionario Goya para demostrar que
ambas doctrinas son igual de inválidas por servirse del
horror como herramienta para mantener el poder. En la
segunda mitad, en cambio, se hace hincapié en el lado
humano del artista para ilustrar esa esperanza, ya que
relega a un segundo plano las pinturas para que sea la
figura individual de la que fuera su musa quien asuma
importancia.
Se
antoja inevitable la analogía entre el personaje de Goya,
excelentemente encarnado por Skarsgård, y el mismo Milos Forman.
El director prácticamente se personifica en el pintor,
expresando su histórica lucha contra el nazismo y el comunismo
de su Checoslovaquia natal con el retrato mordaz de Goya hacia
los líderes de su tiempo, lo que confiere
al metraje cierta dimensión crítica no sólo con la primera mitad
del siglo XX, sino hasta nuestros días. Al margen de su
personaje, que es el indudable protagonista de la obra desde el
punto de vista del debate trascendental por la libertad, no
ocurre así desde el ángulo dramático, donde acude prácticamente
de observador de primera línea de las espléndidas actuaciones de
Portman y Bardem. Ambos ponen ante la cámara una representación
memorable, haciendo valer el peso que tenía en sus guiones la
interpretación como auténtico vehículo narrativo y consiguiendo
emocionar al espectador en las escenas clave.
El
resto de elementos escénicos funcionan con sobrada solvencia
como envoltorio de las mencionadas interpretaciones, como la
escenografía y especialmente el vestuario, siempre teniendo en
cuenta que de ningún modo son las grandes batallas lo que Forman
pretende retratar. A pesar de ello, no se ha escatimado en
crudeza y crueldad cuando han sido necesarias; quede el lector
avisado en este aspecto. La banda sonora de
Varhan Bauer
se hace sólo poco más que
testimonial, aunque resalta en las escenas con alta carga
dramática o en las que se ha querido dar un toque cómico, pero
lo cierto es que el resultado es mucho más convincente de este
modo que con los repetitivos temas de las superproducciones
históricas, que usualmente buscan emocionar de forma gratuita y
en ocasiones saturan el oído de la audiencia.
Con todas sus virtudes, a
“Los fantasmas de Goya” se le puede achacar cierta pérdida de
ritmo en su segunda mitad,
donde el personaje de Portman, Inés, desfallece casi por
completo y la inmersión con Goya y el hermano Lorenzo sustituyen
a la reflexión explícita sobre la tiranía; el drama cobra
relevancia en una historia donde quizá no debió tenerla, aunque
es cierto que el planteamiento de su primera parte no puede
llevar al argumento a muchos sitios más. Pueden darse, pues, más
que por satisfechos todos los espectadores que, además de
disfrutar cuando se topan con protagonistas bien construidos
desde el guión y bien recreados desde la actuación, no rehúsen
de la ambientación histórica, y se sientan reconfortados al
redescubrir en Francisco de Goya al auténtico ilustrado, siempre
desde el punto de vista de Forman, claro está, en esta más que
interesante mezcla de géneros.
Calificación:
    
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2006 Xuxa Producciones. Distribuida en España por
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