CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Milos Forman
vuelve a incidir, en su nueva película, en los temas que han
sido una constante de gran parte de su obra: los personajes,
bien ficticios o reales, que desde los márgenes de la Historia
arrojan luz sobre los acontecimientos de su tiempo. Un papel
que, en otras ocasiones, ejercieron caracteres como el Larry
Flint de “El escándalo de Larry Flint”, el Andy Kaufman de
"Man on the Moon"
o el Salieri de "Amadeus"
(tal vez el título más cercano al que ahora nos ocupa). En este
caso, tal papel correspondería (contra lo que podría hacer
pensar el título) al hermano Lorenzo, interpretado por
Javier Bardem,
un miembro de la Inquisición que encarnaría, a los ojos de los
guionistas (el propio Forman y el mítico
Jean-Claude Carrière),
la contradicción de una época y un país (la España a caballo de
los siglos XVIII y XIX) atascada en la cerrazón religiosa e
ideológica más asfixiante, y cuyo contacto con las ideas de la
Revolución Francesa será traumático al coincidir con la
sangrienta Guerra de la Independencia, a cuyo final el país
volverá a sumergirse en un oscuro túnel del que tardará mucho
tiempo en salir.
El
problema es que este objetivo, tremendamente ambicioso, choca
de plano con varios handicaps que acaban dando al traste con
la carga metafórica del film. Y no es el menor que
Bardem, tan acertado en otras ocasiones, aquí se ve
incapaz de dar credibilidad a su personaje, especialmente en
la primera parte. Quizá mal aconsejado por el propio
Forman, dota a su papel como inquisidor de una voz que
pretende ser sacerdotal y resulta, simplemente, risible
(una sensación que se
potencia aún más en la versión doblada, muy mal por cierto,
por él mismo). Y ésta no es sólo una leve incidencia, sobre
todo si tenemos en cuenta que la película está estructurada
como un folletín decimonónico, un género sumamente difícil
porque exige la total entrega del espectador para que entre en
el juego, algo para lo que resulta básico contar con unas
buenas interpretaciones. Y el error con Bardem es de tal
calibre que afecta directamente a los personajes de la
estupenda Natalie
Portman
(Inés) y del mismo Goya (un siempre correcto
Stellan Skarsgård,
aunque sea difícil ver en él al artista torturado que llegó a
ser el genio de Fuendetodos).
Sin
embargo, el largometraje no carece de hallazgos solitarios que
hacen entrever la gran obra que pudo llegar a ser, quizá, con un
mejor casting. Algunos, porque nos recuerdan a los mejores
momentos de otras obras de Forman (¿no es Carlos IV un remedo
del emperador José II de “Amadeus”?), y otros, por su fuerza
metafórica (entre ellos, el excelente plano final, triste y
cargado de un potente simbolismo).
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Pero falta una idea general que ponga en pie una narración
que, aunque beba en varios tópicos de la época y caiga en
numerosos puntos de inverosimilitud (algo inevitable
cuando estamos hablando de un folletín),
no oculta momentos brillantes y una realización que, a
pesar de tratarse de una gran producción, huye de la épica
para preferir escenas más cotidianas,
como el momento en que Goya es expulsado de la casa de la
familia de Inés y vemos la vida de la calle, con una
impresión de realidad digna de la mejor producción
europea, o el detalle con el que se nos muestra, en una
secuencia soberbia, el proceso de elaboración de un
grabado.
Intuimos
que los personajes puestos en pie por Carrière y Forman son, más
que seres reales, encarnaciones de unos valores; así, la cinta
no carece, bajo su apariencia folletinesca, de una pretensión
más profunda, hasta el punto de buscar convertirse en la gran
metáfora de un tiempo, un país y una época. Pero lo que han
olvidado sus creadores es que, para llegar al fondo, es
imprescindible mimar la forma, y en aspectos claves ésta deja
bastante que desear. Un peligro que el propio Forman superó
mejor en la muy superior “Amadeus” (gracias, en parte, a la
banda sonora, aquí sorprendentemente floja); pero ésta, además,
tiene para el público español el problema añadido de que los
tópicos resultan especialmente evidentes, y algunas situaciones,
simplemente increíbles. Pero, en las esquinas del relato, sigue
habitando la mirada oblicua del gran cineasta que es Forman, y
son ellas las que impiden el naufragio total de la obra.
Y sí, sale
Cayetano Martínez de Irujo…
un total de dos segundos más o menos. Creo que habría que avisar
a los del Guinness: la relación entre su importancia en el
relato y la promoción que de su presencia se ha hecho debe de
ser digna del libro de los récords… por decirlo suavemente.
Calificación:
    
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