CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Esta es la
historia de una niña que, para abrir los ojos algún día, tuvo
que sumergirse en un bosque repleto de lobos. ¿Por qué una
premisa tan sencilla despierta el revuelo del público y la
crítica? Pues porque tras esa niña se encuentra el nombre de
María Antonieta, un rótulo con su carga histórica, sus
responsabilidades, sus expectativas nacionales y su inevitable
calificación de biopic. Pero que nadie se lleve a engaño: el
tercer largometraje de Sofia Coppola
es el retrato de una reina, pero al mismo tiempo la imagen de
una edad, una clase humana, un sentimiento y una época. Y todas
esas cosas son las de entonces, pero también son las nuestras.
El imprescindible libro de Stefan Zweig
sobre la famosa soberana decapitada anuncia desde su prólogo
la mediocridad de una mujer llamada a un destino muy superior
a sus cualidades. Siendo implacable con sus errores, pero
consciente de que al fin y al cabo era un ser humano, el
escritor perfilaba una figura controvertida por lo mucho que
tiene de leyenda y lo poco que conservamos de oficial. Coppola
adopta la misma actitud desde los créditos: no sólo arranca
con música contemporánea, sino que tiene la osadía de incluir
una escena en la que María Antonieta –Kirsten
Dunst en el papel de su vida y su mejor
interpretación– mira directamente a cámara. En ese momento no
sólo hay que sentirse incómodo, sino interpelado: esta es una
visión personal y confesa, de la que se es partícipe –no
necesariamente partidario– o no. A partir de aquí se nos
relata el paso de una joven ingenua, inculta, inconstante y
despreocupada a las garras de las fieras de Versalles: en una
concisa presentación la delfina es desnudada, despojada no ya
de su personalidad, sino de la posibilidad de forjarse
libremente, y muestra su rostro resignado ante la parafernalia
francesa. Todo esto con imágenes; el guión de Coppola podría
ser tachado por su escasez verbal y su superficialidad, además
de la excesiva dependencia de los textos de Zweig y
Antonia Fraser. Pero, contra
la primera impresión, es un guión excelentemente
estructurado y rebosante de matices y significados para quien
pueda encontrarlos debajo de los lazos y las capas de
chocolate. La directora se encarga así de ofrecernos la
imagen exterior de la reina frente a la que nosotros mismos
construimos, y, en lugar de forzadas y vacías conversaciones,
desperdiga frases sueltas y anónimas en los pasillos y los
comedores. Porque Versalles y sus productos, uno de los cuales
fue esta muchacha austriaca, se forjó a partir de murmullos,
rumores y palabras huecas.
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Una figura histórica en la que se
mezclan realidad y ficción no ofrece un material sólido
para una película. Al menos, desde una perspectiva que
pretenda agradar a todos, y es que “María Antonieta”
defraudará y aburrirá a muchos. Quedarse en la superficie
de los colores y las composiciones tendrá su encanto hasta
cierto límite: Coppola pretende provocarnos un empacho
visual similar a los atracones de la propia corte en sus
fiestas, para que sintamos igual que ellos el duro golpe
del pueblo. Las gentes de París no se escuchan hasta
un revelador plano en que, a lo lejos, se ve el palacio
real mientras una voz indignada vocifera proclamas contra
la reina. Los dos extremos del conflicto se desconocen y
se mantienen tan alejados como la realizadora insinúa, y
por el mismo motivo sus rostros resultan difusos en la
noche que asaltan Versalles. En ese hermoso, emotivo y
audaz plano en que la reina se inclina ante las masas no
hay una lectura de sometimiento o apoteosis monárquica –un
encuadre anunciado ya en la llegada a Francia–. La monarca
no tiene odio, sólo miedo ante algo que no le han enseñado
a comprender y que para ella se manifiesta en un idioma
extranjero –aunque en una escena lea a Rousseau con toda
familiaridad, pero para demostrar la malinterpretación de
sus ideas y la imposibilidad del consenso–.
La hija de Francis Ford Coppola no se
está aprovechando en balde de sus orígenes y consecuentes
enchufes, y tampoco ha demostrado una vacía sensibilidad
estética. Con esta cinta se cierra una trilogía de soledad
femenina moderna, desde luego con una impronta manierista, a
ratos kitsch, pero sabia e inteligente a la hora de
utilizar los recursos formales con una finalidad semántica.
El envoltorio es fundamental en su nuevo trabajo, porque es a la
vez el contenido. Vacío, dirán la mayoría. Pero es que eso es lo
único que vivió la reina, visto como un ejemplo del vacío de
nuestro propio consumismo. Y esa frívola transformación se
descifra en la narrativa del filme: las melodías clásicas de
Rameau acompañan la primera etapa de la pequeña Toinette hasta
su llegada a palacio, cuando explotan los acordes pop. Sometida
a la presión de dar un heredero al rey, la joven vuelve a
mirarnos antes de tomar su resolución: ofrecerse en cuerpo y
alma a los divertimentos cortesanos –el abanico tras el que se
esconde al principio– para evitar su hundimiento como persona. A
continuación veremos la cara más polémica del personaje, pero
con ese sencillo plano la directora nos invita a que recordemos
qué se esconde tras ese comportamiento, y las canciones apenas
percibidas entre los gritos de las celebraciones siguen
insistiendo en ello, como las explícitas letras del “Ceremony”
de New Order o el “What ever happened?” de The Strokes, cantos a
la decadencia y la obsesión enfermiza.
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Esta
particular biografía de la soberana afrancesada recoge sin tacha
la ambientación histórica –y personal: el patizambo Luis XVI de
Jason Schwartzman–, con las
licencias que la directora se concede hacia la exageración y el
boato que intensifiquen las emociones en el espectador. Pero al
mismo tiempo sabe camuflar referencias estilísticas o incluso
cinematográficas: María Antonieta piensa en su amante soldado
como un lienzo del pintor David, en la pose de un cuadro
napoleónico que recoge el anacronismo y el adelanto de la
fatalidad; o ese último aplauso en la ópera y no secundado por
las miradas censuradoras de los cortesanos, y que remite al
majestuoso fin de la marquesa de Merteuil en “Las amistades
peligrosas” (Stephen Frears, 1988). Todo esto en una estructura
circular que tiene su destino anunciado en la anécdota auténtica
del borrón que la reina hizo en su firma de bodas.
Alguien puede
creer que veo fantasmas en el aire o que la irrebatible belleza
de la película me ha nublado la vista. Yo también lo creería si
no oliera la podredumbre que Coppola demuestra sutilmente en
cada imagen y cada comportamiento, en esos exagerados personajes
como madame Du Barry. Y es que, ya lo dije al comienzo, éste
no es un retrato opaco, sino un espejo donde se refleja la
vuelta a los excesos de clase y la separación social y
comunicativa en que nos encontramos. Con un marco barroco,
sí, pero ficticio mientras dentro vive lo real, lo que ha
existido siempre y lo que aún existe ahora, entre tiempos tan
aparentemente dispares: ahí están las zapatillas Converse que
Sofia pone en el suelo de un plano para confirmarlo.
Calificación:
    
Imágenes
de "María Antonieta" - Copyright © 2006
Columbia Pictures, Pricel, Tohokushinsha Film y American Zoetrope. Distribuida en España por
Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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