CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
En manos del destino y del
amor
Pincelada
tras pincelada, el coreano Kim Ki-duk
va creando con cada película un universo propio de poesía y
contemplación, donde mira en silencio al alma de sus personajes
para mostrarnos su desconcierto vital ante los misterios del
amor y de un destino que impone la renuncia y el sacrificio.
Cine de amor y dolor interiores recogidos, de manera contenida y
desgarrada a la vez, con un precioso envoltorio visual para
abordar sugerentes e inquietantes historias, con dramas de
enorme fuerza pasional que acaba siendo amortiguada y enfriada
por una puesta en escena esteticista y metafórica.
Después de
dos años de noviazgo, Seh-hee teme que su novio Ji-woo se haya
cansado de ella, y se fije más en otras chicas en las que
encuentre la frescura de la novedad. Un amor sin límites y unos
celos enfermizos la empujan entonces a acudir a una clínica de
cirugía estética, con la esperanza de que un nuevo rostro
permita volver a enamorarle, como la primera vez. Un juego
arriesgado cuando los sentimientos están por medio y el tiempo
se convierte en un arma de doble filo, cuando la identidad queda
en oculto y el recuerdo se va reduciendo a unas fotografías tan
verdaderas como perentorias y sustituibles.
La dificultad
para amar y dominar unos afectos cambiantes, la soledad y los
celos como permanentes amenazas en la vida de la pareja, el
tiempo como elemento de maduración o destrucción de ese
sentimiento, y la vida como un eterno retorno con ciclos regidos
por la ley del destino eran aspectos ya presentes "Samaritan girl",
"Hierro 3",
"Primavera, verano, otoño,
invierno... y primavera"
o
"El arco".
Ahora Kim Ki-duk se permite profundizar en ese laberinto
amoroso concediendo mayor peso antropológico a unos personajes
en búsqueda de su identidad: quién soy, quién eres tú, a
quién quiero realmente, qué es lo que busco en ti... son
preguntas que se hacen en su lucha por trascender las
apariencias de un rostro o de una máscara que no hacen sino
ocultar un alma enamorada o en permanente inquietud.
Interrogantes acerca del objeto del amor y de la realidad que se
esconde tras un rostro o un cuerpo que el tiempo se encargará de
trasformar, acerca de la necesidad de ser uno mismo y no
disfrazarse tras los cánones ideales y fríos que la cultura de
la imagen presenta, acerca de la vida y su maduración en la
adversidad.
Los conceptos
del tiempo como devorador de la vida en su perpetuo recomenzar y
del rostro como careta de la propia personalidad son elementos
clásicos de la tragedia griega. Pero aquí aparecen tamizados con
la sensualidad oriental y el surrealismo modernista, y todo lo
efímero y fugaz entra en colisión con lo permanente y estable:
es un juego de contrastes y tensiones en el interior del
individuo, plásticamente mostrados en árboles centenarios que
reciben los golpes de las jóvenes contrariadas en su amor o en
las sólidas manos de piedra que acogen a las sucesivas novias
que acuden a fotografiarse –a inmortalizar su amor– en el Parque
de las Esculturas. Un mundo de metáforas sobre la fragilidad con
tazas rotas y trozos de fotografías, con una elegante y
cuidada planificación, estudiadas localizaciones de la cámara,
composiciones y parajes naturales de extraordinaria belleza,
colores cargados de simbología, y una música llena de lirismo
donde los silencios cobran especial trascendencia: resulta
admirable cuánta expresividad encierra la escena del
trasbordador al pasarse la pelota de un niño que juega, o
aquélla de la carta con el repetido “te amo” y donde la camarera
rescribe su nombre sobre la firma. Una estética preciosista y
calculada que se convierte a la vez en su lastre, por su exceso
formalista y carácter abstracto, y que provoca el alejamiento
del espectador medio, capaz de asombrarse y admirar la cuidada y
bella factura o el ritmo repetitivo-cadencioso de su narrativa,
pero al que le costará conmoverse y identificarse con los
sentimientos de sus protagonistas. Por eso, como en el resto de
su producción, Kim Ki-duk exige en el espectador una actitud
contemplativa, una sensibilidad hacia la poesía de la propia
imagen, y una distancia respecto a unos personajes en los que lo
importante es lo que sucede en su interior.
Cine, por
último, donde el espacio y el tiempo son también protagonistas,
con lugares y situaciones repetidas que pretenden universalizar
y otorgar sentido cotidiano a unos conflictos afectivos y
existenciales llevados al extremo –recuerda a Lars von Trier y
al amor sacrificado e irracional de Bess o Selma–, alejados de
la realidad como sus propias formas expresivas. Cine de
planteamientos atractivos y de gran belleza lírica que ahora
gana en profundidad conceptual, aunque siga navegando por
territorios ambiguos y sin un norte claro, como sus
protagonistas.
Calificación:
    
Imágenes
de "Time" - Copyright © 2006 Kim Ki-duk Film
y Happinet Pictures. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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