"Un buen año", pues así se titula la película en
cuestión, nos cuenta la historia del engreído Max Skinner, un
individuo que se dedica al mundo de las inversiones y que no
tiene reparos en llamar «esclavos» a todos los que trabajan para
él. La gente lo adula, por supuesto, pero únicamente de forma
superficial, ya que es un hombre poderoso e influyente y no es
conveniente tenerlo como enemigo. Sin embargo, un día recibe la
noticia de que su tío ha fallecido, convirtiéndose entonces en
el heredero de un viñedo situado en Francia y en el que pasó un
inolvidable verano cuando era niño. No obstante, esos recuerdos
se han quedado atrás, en el pasado, o al menos eso es lo que el
protagonista del filme piensa antes de viajar desde Londres
hasta tierras galas para vender cuanto antes dicha propiedad.
Aunque es cierto que el argumento de "Un buen año" se
puede tildar de excesivamente sencillo, pues fácilmente se
resume en el viaje hacia la redención de un hombre presuntuoso y
que ha alejado los sentimientos de su vida para centrarse
únicamente en su carrera profesional, no conviene obviar la
manera en la que se nos narra este relato. Así, nadie podrá
negar que Ridley Scott aborda la historia con una exquisita
elegancia, desarrollándola con un clasicismo bastante impropio
en él y que tan sólo abandona en un par de escenas (de
hecho, es en los títulos de créditos finales cuando se permite
el lujo de jugar con el montaje). Además, cuenta con una
preciosa fotografía, si bien la banda sonora de
Marc Streitenfeld, otro de los innumerables
discípulos de Hans Zimmer, contiene prescindibles elementos
electrónicos, cobrando mayor relevancia los temas no originales
que se escuchan a lo largo del filme.
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La cinta es distraída y posee un ritmo adecuado,
observando el espectador su devenir con una placentera sonrisa.
La transformación que se produce en Max es creíble, algo a lo
que ayuda la notable puesta en escena del realizador, quien
inserta de forma natural unos cuantos flash-backs en la trama,
todos ellos relacionados con la infancia del protagonista. "Un
buen año" no es una película pretenciosa ni tiene el propósito
de serlo, siendo conscientes sus responsables de cuáles son las
limitaciones del material con el que trabajan. Todos aquellos
que esperen encontrarse con una comedieta del estilo de "Tú, yo y ahora... Dupree" se sentirán contrariados, de ahí
que sean los que disfrutaron en su momento con títulos como "La casa del lago" o "El Diablo viste de Prada" los que mejor se lo pasarán con
esta propuesta de Ridley Scott.
Russell Crowe es la
verdadera estrella de "Un buen año", siendo notable la
caracterización que realiza de un tipo tan presuntuoso y en
ocasiones despreciable como Skinner (no obstante, uno tiene la
extraña sensación de que en realidad no está actuando y de que
la personalidad del actor se funde con la del personaje). La
presencia de Albert Finney y
Freddie Highmore es
anecdótica, al menos por el tiempo que se les ve en la pantalla,
llevando a cabo una buena labor Marion
Cotillard, especialmente si tenemos en cuenta que en
una producción de estas características su papel no suelen
dárselo a actrices no demasiado conocidas por el gran público.