Y de camino empezarían a rasgarse las vestiduras. Porque
también resultan llamativas, por no decir risibles, las
políticas de autor y la expectativa de que un director siempre
haga lo mismo y se mantenga dentro de los límites de una
aburrida coherencia visual. En ese sentido, respeto la decisión
de Ridley Scott, un autor perdido hace muchas cosechas, por
regalarse un capricho, algo así como el “Space cowboys” de Clint
Eastwood. Pero con peores resultados: “Un buen año” es la
celebración de un cúmulo de tópicos en la vida fácil del hombre
rico y la buena vida a la que muy pocos pueden entregarse.
Más que sentirse implicado en la odisea francesa de Max Skinner
(Russell Crowe), el espectador con sentido común empezará a
buscar una razón por la que se nos está contando esta historia.
El susodicho Skinner lo tiene todo: dinero, mujeres y trabajo
exitoso. Muy bien, le falta lo fundamental, las ‘pequeñas cosas’
de la vida, de modo que se le presenta la ocasión ideal, la
herencia de un château en la Provenza (¿una ‘pequeña
cosa’?). ¿Por qué tarda tanto en darse cuenta de su suerte y por
qué tampoco parece un cambio tan sustancial? En gran medida esto
es culpa de un guión esquemático y trillado, construido sobre la
imagen de Francia fácilmente identificable para el público medio
estadounidense, pero ciertamente pobre a la hora de utilizarla
como un contexto fresco –Rodin, Van Gogh, Voilà, silbidos por la
calle, Borgoña, muchachitas que recorren la campiña en
bicicleta, canciones de moda–. Este tipo de producciones
terminan empleando al país extranjero como un decorado exótico
más, sin amoldar sus recursos ni su historia, que siguen siendo
tan predecibles como las situadas en pleno corazón de Manhattan.
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Aunque es su principal punto flaco, el personaje de Max
Skinner también puede verse como una alternativa al discurso de
este tipo de comedia go abroad. Russell Crowe sabe
adaptar sus maneras de buen actor a lo que el protagonista
requiere: poco y desdibujado. Su trabajo es lo único bueno de un
personaje plano que apenas demuestra el dolor por la pérdida
de su tío y que sólo construye su evolución personal a partir de
flash-backs en los que añora la inocencia perdida. Sin embargo,
no se rendirá ante lo evidente y, en lugar de cambiar su
carácter y su trato hacia los demás, seguirá siendo el mismo,
pero en un entorno distinto. Simplón, pero al menos sin los
habituales saltos emocionales del protagonista que ve la luz y
se transforma de perfecto cabronazo en angélico cabeza de
familia. El resto sí que añade más e innecesaria madera: los
vecinos pintorescos, la joven de ensueño –una sutil
Marion Cotillard que sabe
cederle terreno a su partenaire antes que venderse en pantalla–,
la americana de turno, el amigo frívolo y, ¡ah!, siempre tiene
que aparecer un entrañable abuelo o similar que no pronuncie ni
las vocales en inglés.
Sólo con saber que “Un buen año” proviene de un best
seller casi de encargo, es fácil deducir la previsibilidad que
rebosa la película. Y no sólo por eso, sino por el perpetuo
déjà vu, por no decir copia, que significa respecto a muchas
de sus hermanas-comedias: "Bajo el sol de la Toscana" – hasta hay un plano panorámico
del pueblecito calcado de las vistas que admiraba Diane Lane–, "Sólo tú" o "Elizabethtown" –que comparte con ésta la figura
del ejecutivo en crisis y un director de renombre, en este caso
Cameron Crowe, del que todos se preguntan por qué rueda algo
así–. No es más, pero tampoco es menos. Podría haber sido
filmada por cualquier debutante –que Scott introduzca de vez en
cuando un travelling circular no significa que ya haya impreso
su sello personal–, con el mismo mérito del que hace una cinta
correcta en su género, tan lineal y hueca de originalidad como
efectiva para lo que se propone. Ridley Scott quiere algo
drôle, un divertimento que funcionará entre los poco
exigentes o que simplemente deseen entregarse a los placeres del
sonido francés y la textura cálida del verano provenzal. Siempre
y cuando no les moleste escuchar frases precocinadas acerca de
lo buena que es la vida cuando uno sabe lo que quiere e intenta
conservarlo.
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A lo largo del filme se repite la idea de que una buena
comedia requiere ritmo. Tal vez con ese recordatorio Scott se
esté lavando las manos para verbalizarlo sin tener que
cumplirlo: “Un buen año” se desliza cuesta abajo, pero sin ganar
velocidad, más bien tropiezos dramáticos como el conflicto con
la otra heredera de la casa y la humillación en la típica cena
al aire libre. Su socorro hacia el slapstick resulta
ridículo –la caída en la piscina, el viaje en Smart, los
escorpiones– y sus pretendidos homenajes a la comedia francesa
son tan insulsos que no especian una cinta falta de sabor –el
montaje cinematográfico que ven los personajes de Crowe y
Cotillard en una terraza, el perro llamado Tati y la referencia
explícita a uno de los últimos planos de “Playtime”–.
La presente propuesta se deja ver como lo que es, un
producto de evasión efímera que no se atreve a desbordarse del
molde. Hasta ahí bien, pero que nadie pretenda venderlo ni
verlo como "un Ridley Scott”. Si es que bajo ese nombre sigue
existiendo algo más allá de la maquinaria hollywoodiense.
Porque, como dice Max Skinner acerca de sus recuerdos, las
viejas películas de Scott no eran buenas. Eran mejores.