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Novela "Un año en Provenza" (Peter Mayle)
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UN BUEN AÑO
(A good year)


Dirección: Ridley Scott.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 118 min.
Género: Comedia.
Interpretación: Russell Crowe (Max Skinner), Albert Finney (tío Henry), Marion Cotillard (Fanny), Tom Hollander (Charlie Willis), Freddie Highmore (Max joven).
Guión: Marc Klein; basado en el libro de Peter Mayle "Un año en Provenza".
Producción: Ridley Scott.
Música: Marc Streitenfeld.
Fotografía:
Philippe Le Sourd.
Montaje: Dody Dorn.
Diseño de producción: Sonja Klaus.
Vestuario: Catherine Leterrier.
Estreno en USA: 10 Noviembre 2006.
Estreno en España: 3 Noviembre 2006.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Algunos carteles promocionales resultan cuando menos curiosos. En la mayoría de los casos no es culpa de la película, sino de las descabelladas asociaciones que se cuelan a modo de recordatorio en los esloganes. Para ver “Un buen año” uno no necesita saber que el actor es el mismo que el de "Gladiator", y que el director firmó con antelación "El reino de los cielos". Esos datos serán inútiles con el tipo de largometraje que se encontrará frente a sus narices, y desde luego no creo que la imagen risueña de Russell Crowe convenza de entrada a los fans del romano Máximo Meridio.

 

  Y de camino empezarían a rasgarse las vestiduras. Porque también resultan llamativas, por no decir risibles, las políticas de autor y la expectativa de que un director siempre haga lo mismo y se mantenga dentro de los límites de una aburrida coherencia visual. En ese sentido, respeto la decisión de Ridley Scott, un autor perdido hace muchas cosechas, por regalarse un capricho, algo así como el “Space cowboys” de Clint Eastwood. Pero con peores resultados: “Un buen año” es la celebración de un cúmulo de tópicos en la vida fácil del hombre rico y la buena vida a la que muy pocos pueden entregarse. Más que sentirse implicado en la odisea francesa de Max Skinner (Russell Crowe), el espectador con sentido común empezará a buscar una razón por la que se nos está contando esta historia. El susodicho Skinner lo tiene todo: dinero, mujeres y trabajo exitoso. Muy bien, le falta lo fundamental, las ‘pequeñas cosas’ de la vida, de modo que se le presenta la ocasión ideal, la herencia de un château en la Provenza (¿una ‘pequeña cosa’?). ¿Por qué tarda tanto en darse cuenta de su suerte y por qué tampoco parece un cambio tan sustancial? En gran medida esto es culpa de un guión esquemático y trillado, construido sobre la imagen de Francia fácilmente identificable para el público medio estadounidense, pero ciertamente pobre a la hora de utilizarla como un contexto fresco –Rodin, Van Gogh, Voilà, silbidos por la calle, Borgoña, muchachitas que recorren la campiña en bicicleta, canciones de moda–. Este tipo de producciones terminan empleando al país extranjero como un decorado exótico más, sin amoldar sus recursos ni su historia, que siguen siendo tan predecibles como las situadas en pleno corazón de Manhattan.

  Aunque es su principal punto flaco, el personaje de Max Skinner también puede verse como una alternativa al discurso de este tipo de comedia go abroad. Russell Crowe sabe adaptar sus maneras de buen actor a lo que el protagonista requiere: poco y desdibujado. Su trabajo es lo único bueno de un personaje plano que apenas demuestra el dolor por la pérdida de su tío y que sólo construye su evolución personal a partir de flash-backs en los que añora la inocencia perdida. Sin embargo, no se rendirá ante lo evidente y, en lugar de cambiar su carácter y su trato hacia los demás, seguirá siendo el mismo, pero en un entorno distinto. Simplón, pero al menos sin los habituales saltos emocionales del protagonista que ve la luz y se transforma de perfecto cabronazo en angélico cabeza de familia. El resto sí que añade más e innecesaria madera: los vecinos pintorescos, la joven de ensueño –una sutil Marion Cotillard que sabe cederle terreno a su partenaire antes que venderse en pantalla–, la americana de turno, el amigo frívolo y, ¡ah!, siempre tiene que aparecer un entrañable abuelo o similar que no pronuncie ni las vocales en inglés.

  Sólo con saber que “Un buen año” proviene de un best seller casi de encargo, es fácil deducir la previsibilidad que rebosa la película. Y no sólo por eso, sino por el perpetuo déjà vu, por no decir copia, que significa respecto a muchas de sus hermanas-comedias: "Bajo el sol de la Toscana" – hasta hay un plano panorámico del pueblecito calcado de las vistas que admiraba Diane Lane–, "Sólo tú" o "Elizabethtown" –que comparte con ésta la figura del ejecutivo en crisis y un director de renombre, en este caso Cameron Crowe, del que todos se preguntan por qué rueda algo así–. No es más, pero tampoco es menos. Podría haber sido filmada por cualquier debutante –que Scott introduzca de vez en cuando un travelling circular no significa que ya haya impreso su sello personal–, con el mismo mérito del que hace una cinta correcta en su género, tan lineal y hueca de originalidad como efectiva para lo que se propone. Ridley Scott quiere algo drôle, un divertimento que funcionará entre los poco exigentes o que simplemente deseen entregarse a los placeres del sonido francés y la textura cálida del verano provenzal. Siempre y cuando no les moleste escuchar frases precocinadas acerca de lo buena que es la vida cuando uno sabe lo que quiere e intenta conservarlo.

  A lo largo del filme se repite la idea de que una buena comedia requiere ritmo. Tal vez con ese recordatorio Scott se esté lavando las manos para verbalizarlo sin tener que cumplirlo: “Un buen año” se desliza cuesta abajo, pero sin ganar velocidad, más bien tropiezos dramáticos como el conflicto con la otra heredera de la casa y la humillación en la típica cena al aire libre. Su socorro hacia el slapstick resulta ridículo –la caída en la piscina, el viaje en Smart, los escorpiones– y sus pretendidos homenajes a la comedia francesa son tan insulsos que no especian una cinta falta de sabor –el montaje cinematográfico que ven los personajes de Crowe y Cotillard en una terraza, el perro llamado Tati y la referencia explícita a uno de los últimos planos de “Playtime”–.

  La presente propuesta se deja ver como lo que es, un producto de evasión efímera que no se atreve a desbordarse del molde. Hasta ahí bien, pero que nadie pretenda venderlo ni verlo como "un Ridley Scott”. Si es que bajo ese nombre sigue existiendo algo más allá de la maquinaria hollywoodiense. Porque, como dice Max Skinner acerca de sus recuerdos, las viejas películas de Scott no eran buenas. Eran mejores.

Calificación:


Imágenes de "Un buen año" - Copyright © 2006 Fox 2000 Pictures y Scott Free Production. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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