CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Los déjà vu son una
sensación de traslado a un hecho o diálogo que se ha vivido con
anterioridad. Ese fenómeno, cualquiera que sea su origen, es
terriblemente odiado por quien suscribe, lo mismo que la
impresión de haber visto con anterioridad una película nueva. El
blockbuster de
Tony Scott que
recoge el nombre de esta anomalía mental no necesita generar
falsos déjà vu en el espectador a partir del montaje o la
narración, pues ya posee en sí mismo una repetición real de los
esquemas de un thriller al uso.
Así
que no se engañen si salen del cine sintiendo
algo parecido al título. No ha sido provocado por la historia,
cuya base parece a simple vista bastante original.
Un atentado en un ferry se cobra la vida de más de quinientas
personas y un policía sin seres queridos se implica tanto en
su investigación que termina descubriendo un modernísimo
sistema para ver el pasado en una dimensión paralela. Hasta
mitad de metraje la película mantiene la virtud de moverse en
un espacio reducido: la oficina de los policías que
monitorizan ese tiempo pretérito mientras buscan pistas sobre
la identidad del terrorista. La acción se multiplica a través
de las pantallas que siguen a una mujer (Paula
Patton), la
única conexión entre asesino y masacre. Pero nadie debe
cometer el error de olvidarse del sello
Bruckheimer,
aunque ya se hace patente en esa fotografía de colores secos y
gélidos, zooms molestos y vibraciones de cámara, pues
enseguida la cinta gira desde las pesquisas detectivescas a
las carreras, las explosiones y los coches volando que tanto
gustan al productor.
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Pero hay más aspectos que rompen el hechizo de toda
historia narrada al revés: el enamoramiento que sufre el
policía de Denzel
Washington
hacia la joven víctima,
muerta en el presente, viva en el pasado, bebe de clásicos
como “Laura” o “La mujer del cuadro” (ambas de 1944), en
los que la persecución de un sueño irreal se trastocaba en
un golpe doloroso con la realidad. Bien, Tony Scott no es
Preminger ni Fritz Lang, así que el tono pesimista acerca
de la inmovilidad del tiempo, las decisiones y la llegada
de la tragedia rompe su coherencia para caer en el
obligado happy end. Sin embargo, desde el comienzo
estamos avisados: una oleada de marines de permiso suben
al ferry que poco después estallará en mil pedazos, y el
director se encarga de mostrárnoslos con sus familias de
niños rubios y sonrisas gigantes, con esos ralentíes y
primeros planos que nos obligan a aceptar que la América
feliz nunca podrá ser destruida.
La
sombra de las Torres Gemelas es más obvia que alargada, pues
bajo todo filme de tema terrorista, aunque sea
una excusa argumental como en “Déjà vu”, laten lecturas de
carácter político. Se
nota que Bruckheimer no desea meterse en tales trigales, por lo
que aparca la idea de que el 11-S, como la explosión del ferry,
supuso una ruptura de la falsa felicidad y las fiestas propias
de Estados Unidos. Tanto el atentado como las imágenes
posteriores de estética televisiva y documental que muestran los
equipos de socorro, los policías y los familiares llorosos, no
pretenden recuperar el dolor de los dramas que han marcado a
fuego al país, sino que se utilizan como pretexto para
transmitir al público el dolor y el deseo de linchar al
culpable. Precisamente en él, el terrorista interpretado por un
fugaz Jim Caviezel,
reposa el discurso políticamente incorrecto de la historia: el
traslado de la culpa hacia la propia América, hacia un
patriotismo exacerbado que, bajo forma de guerras preventivas,
supone el mayor peligro para el mundo. “Yo estoy aquí para
ganar”, dice este desaprovechado personaje, quien habla del
coste de la libertad en términos bélicos y que, con el trazo
grueso de estas producciones, termina convirtiéndose en un
estereotipo demente que hay que exterminar.
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Los intereses de “Déjà vu” se
alejan enseguida de ese territorio. Es mucho más fácil centrarse
en la acción, por fortuna condensada, en la tecnología
ininteligible y fantasiosa y en la historia de amor –de curiosa
perspectiva: nutrida del pasado para proyectarse en un futuro
imposible–. La máquina del tiempo que han descubierto por
casualidad los policías que investigan el caso se asienta
también en referentes previos: el sistema de
"Minority
report"
(2002) para evitar el crimen, o los bucles temporales en los que
caía el protagonista de
"El
efecto mariposa"
(2004), y que dejaban patente, como en este largometraje, que el
pasado nunca puede sufrir cambios. Y añadiría, aunque la
relación es descarada, que el casco para ver cómo era un lugar
tiempo atrás recuerda a la tv-movie de Álex de la Iglesia “La
habitación del niño”. La verdad es que, puestos a aceptar que
Scott sólo quiera entretenernos con una fantasía policíaca, la
aparición del tema central y la dichosa máquina se retrasa
demasiado para hacer del último tramo un viaje trepidante.
Mientras, sólo nos queda ponernos del lado de ese policía de
expresión alelada –aunque su carrera no sea mala, Denzel
Washington debería cambiar de registro–, de un
Val Kilmer
gordísimo –¿de verdad lo exigía el papel?– y de ese eterno
rostro secundario, el de
Adam Goldberg,
que despierta el auténtico déjà vu de toda la película. Con
tales datos, los fans de Bruckheimer y el Scott
más moderado –olviden los excesos de
"Domino"–
se sentirán satisfechos, y el resto…, pues tenemos para un rato
llanamente entretenido y libre de los tejemanejes psicológicos
que podía anunciar su título.
Calificación:
    
Imágenes
de "Déjà vu" - Copyright © 2006 Touchstone
Pictures, Jerry Bruckheimer Films y Scott Free Productions.
Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos
reservados.
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