CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una lección necesaria
Como ya sucediera en su
anterior película,
"El abrazo partido",
Daniel Burman
profundiza en las relaciones entre padres e hijos, ahora desde
la perspectiva del aprendizaje y maduración de su protagonista.
Como entonces, parte de la búsqueda de la propia identidad para
hallar un lugar en el mundo, pero ésta ya no viene por el
encuentro con un padre ausente, sino por otra clase de
conocimiento que no precisa de evidencias ni palabras pues debe
llegar por el corazón. Ésa será la ulterior lección que Ariel
reciba de su padre, el doctor Perelman, decisiva en los primeros
pasos de su paternidad y al salir al ruedo laboral: la de
aprender a poner afecto y dejar margen en las relaciones, sin
reducirlas a estrategias más o menos conducidas y eficaces.
El propio Ariel hace una
evocación de su padre, un abogado volcado con sus clientes hasta
donde sea necesario, a la par que se retrata a sí mismo como
alguien que, buscando su autonomía laboral, ha optado por la
docencia del Derecho y por la no participación en los problemas
ajenos. Casado con Sandra, una hermosa mujer que ha montado su
centro de gimnasia según el método Pilates, y con un hijo de dos
años, aún tendrá que descubrir el valor de las cosas
importantes: dejar la teoría explicada en unas clases apoyadas
en el artificio escénico para llegar a las personas en sus
problemas reales, implicarse realmente en la educación de su
hijo sin importarle que siga o no sus huellas, o comprender la
diversidad sin desconfiar ni cortar los vuelos personales.
Un estupendo guión de
ritmo ágil y diálogos llenos de gracia e ironía sirven de
cañamazo a esta historia humana, narrada por el protagonista con
acento nostálgico y marcado carácter de agradecimiento a la
figura paterna. Un exceso de voz en off en sus inicios
–necesario para plasmar la actitud crítica de Ariel– no impide
que la trama camine con frescura y comicidad,
con sutiles e inteligentes gags verbales y situaciones
hilarantes, nunca ridículas ni chabacanas.
Una gran riqueza de comentarios perspicaces, llenos de chispa y
aparentemente inocentes, conducen la comedia hacia terrenos de
crítica social, con puntuales anécdotas que ponen en entredicho
la burocracia de la justicia o su falta de ética profesional, el
trabajo desaforado y la ausencia del padre en las tareas
familiares o educativas, o la enseñanza universitaria y su
escasa orientación para la vida. Son suaves –pero afilados–
dardos lanzados sin acidez ni cinismo que prefieren centrarse en
el ámbito familiar y personal, con una historia que se va
transformando en drama en busca del necesario efecto terapéutico
en su protagonista. La inicial distancia con que Ariel analiza y
juzga a su padre y todo lo que le rodea, dejará paso a otra
actitud más humilde, de epifanía y gratitud, porque descubre que
sólo cuando haya aprendido a ser buen hijo estará en condiciones
de convertirse en buen padre: por eso, la escena final en la
representación de teatro infantil será el refrendo de un futuro
esperanzador, para Ariel y para la sociedad argentina.
Sin duda, la agilidad
del guión encuentra correspondencia en unas excelentes
interpretaciones, llenas de autenticidad e identificación con
sus papeles. Ya conocíamos a
Daniel Hendler
por su trabajo en
"El abrazo partido",
y ahora confirma su versatilidad para pasar de las situaciones
cómicas –un auténtico showman en las secuencias dando
clase en la Universidad– a las dramáticas, con un repertorio de
gestos nada histriónicos y una facilidad de palabra y dicción
que contribuyen decisivamente al ritmo vivo de la narración.
También Arturo Goetz
borda su papel de abogado hiperactivo, dejando para el final su
cara más humana como padre discreto. Una
Julieta Díaz
como Sandra y un Eloy
Burman –hijo
del director y tan locuaz como cualquier argentino adulto– como
el niño Gastón completan una familia vitalista y moderna.
Una
deliciosa y entrañable comedia de trasfondo lleno de humanidad,
nada superficial y muy fresca, que se ve con una sonrisa
permanente y que deja un regusto amable en el espectador,
a la vez que un sentimiento de agradecimiento a quienes nos
ayudaron a ser mejores hijos, mejores padres... más humanos. Una
demostración de que es posible hacer buen cine comercial para un
público amplio, a partir de una buena historia y de unas
convincentes interpretaciones, sin necesidad de resaltar los
aspectos más sórdidos o pesimistas ni caer en lo sensiblero.
Estuvo en la sección oficial de la pasada Seminci, y
sorprendente e injustamente no se llevó más de un premio que
tenía bien merecido.
Calificación:
    
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España por Nirvana Films. Todos los derechos
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