CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
El hombre
que mira
El argentino
Daniel Burman
completa con “Derecho de familia” su autodenominada “trilogía de
la inconsciencia”, qué inició en el año 2000 con "Esperando al mesías"
y continuada, cuatro años más tarde, con la excelente
"El abrazo partido".
Esta especie de tríptico de Buenos Aires le revela como un autor
capaz de crear todo un espacio propio. Aunque con carácter
independiente, las tres comparten similares inquietudes, y
abordan constantes como las relaciones familiares, la semblanza
social, la tradición judía o la idiosincrasia de la ciudad
porteña. En las tres miradas el protagonista es un joven que
comparte nombre, Ariel, y dudas ante un mundo que marca sus
propias reglas; en esta última parada de un largo camino de
iniciación da un nuevo paso, enfrentándose no sólo a su
condición de hijo, sino ante el hecho de su propia paternidad.
La
sombra de Daniel Burman se alarga en este personaje, al que
parece trasladarle piezas de su recorrido vital e imprimirle
parte de su extrañeza y capacidad de cuestionar lo que le
rodea, dejándose entrever estos detalles en la compleja
construcción de su carácter. Ariel, en esta ocasión de
apellido Perelman, es abogado de oficio y profesor
universitario, casado recientemente y con un hijo de corta
edad. No desea seguir los pasos de su padre, también abogado,
largos años entregado a su profesión, con el que mantiene una
relación distante. Estas contradicciones, y su nueva
responsabilidad como esposo y padre, le harán preguntarse por
su papel ante la familia.
Una vez
más, Burman descansa el peso de su propuesta en
un magnífico guión, con una estructura que resuelve con fluidez
el avance en el tiempo y el devenir de los
acontecimientos que impulsan la historia, y surcado por unos
inteligentes diálogos. En el primer tramo, confía en una voz en
off, que lejos de parecer un recurso fácil y literario,
define con sutil humor y perspicacia personajes y situaciones.
Además, desarrolla una caligrafía narrativa que presta especial
atención a pequeños gestos, detalles visuales o verbales, a los
que dota de la suficiente entidad como para llegar a definir
desde estados de ánimo a comportamientos, prolongado el
simbolismo del hecho concreto a la descripción de una totalidad.
Estos aciertos, en verdad notables, no impiden que sobre el
conjunto planee el recuerdo de sus anteriores obras.
|
 |
Así, es innegable que el film puede
beneficiarse de la buena disposición de ánimo, a la hora
de afrontarlo, de aquéllos que hayan disfrutado con sus
anteriores trabajos, pero también se percibe que el
director baja algunos tonos en su incisivo análisis.
Intenta depurar la historia en torno a Ariel y al
triángulo familiar que lo rodea, padre, esposa e hijo, con
lo que reduce sensiblemente las referencias al entorno
social, y aparca también, casi por completo, la fina
ironía con la que había trazado las peculiaridades de la
cultura judía. Los ecos de la realidad actual argentina se
escuchan un poco más lejanos, esbozados en la habilidad
del realizador para la descripción de ciertos ambientes de
la ciudad por los que transita el protagonista. La
omnipresencia del recorrido interior de éste le lleva a
abandonar parte de las historias entrecruzadas y la rica
galería de peculiares personajes que acarreaban.
Sin
embargo, pese a querer centrarse en estas relaciones familiares,
extrañamente algunos aspectos de este análisis quedan en un
nivel superficial . En cierto momento el protagonista, al
definir la relación con su padre, comenta que las cosas a veces
no se hablan, “se sobreentienden”, y es precisamente de esa
manera como aborda cuestiones decisivas entre padre e hijo, de
las que no se acaba sabiendo gran cosa. Parece como si la
distancia y mesura con que Ariel analiza sus afectos, con su
peculiar resistencia a implicarse, se impusiese también en la
forma de transmitir este vínculo. Son dos sublíneas narrativas
paralelas, sus clases en la universidad y, especialmente, las
espléndidas secuencias relativas al jardín de infancia de su
hijo, las que proporcionan a la cinta sus mejores momentos.
La sensación
de que podría haber ido un poco más allá en el desarrollo de sus
propuestas no impide que el conjunto mantenga un equilibrio como
estimable comedia dramática.
Una vez más, es también la
solidez del guión lo que compensa una puesta en escena un tanto
rutinaria, a la que le falta algo de arrojo y atractivo visual.
Y por supuesto, otro de sus sustentos es la estupenda
naturalidad del actor
Daniel Hendler
como Ariel, intérprete que ha ido creciendo y forjándose en
estos personajes. Entre el buen hacer del resto del elenco,
destaca Arturo Goetz
como Perelman padre, y el acierto en la elección del niño
Eloy Burman,
hijo del director.
“Derecho de familia” completa
un ciclo que demuestra la capacidad del cineasta a la hora de
sortear delicadas situaciones sin caer en la sensiblería,
siempre mediante una mirada agridulce y ajustado humor. Daniel
Burman, a través de Daniel Hendler, es el hombre que mira a su
alrededor y, además, sabe mirar en sí mismo, logrando con esa
cercanía una credibilidad en sus historias que acaban siendo el
reflejo de aquéllos que las ven.
Calificación:
    
Imágenes
de "Derecho de familia" - Copyright © 2006
BDCine, Wanda Visión, Classic y Paradis Films. Distribuida en
España por Nirvana Films. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Derecho de familia"
Añade "Derecho de familia" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Derecho de familia" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Derecho de familia" a un amigo
|