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DERECHO DE FAMILIA


Dirección y guión: Daniel Burman.
Países:
Argentina y España.
Año: 2006.
Duración: 102 min.
Género: Comedia dramática.
Interpretación: Daniel Hendler (Ariel Perelman), Julieta Díaz (Sandra), Arturo Goetz (Sr. Perelman), Adriana Aizenberg (Norita), Eloy Burman (Gastón), Damian Dreizik (Darmidjian), Darío Lagos (Mamuñe), Luis Albornoz (Echechuny).
Producción: Diego Dubcovsky y José María Morales.
Música: César Lerner.
Fotografía:
Ramiro Civita.
Montaje: Alejandro Parysow.
Dirección artística: María Eugenia Sueiro.
Vestuario: Roberta Pesci.
Estreno en Argentina: 23 Marzo 2006.
Estreno en España: 15 Diciembre 2006.

CRÍTICA por Miguel Laviña Guallart

El hombre que mira

  El argentino Daniel Burman completa con “Derecho de familia” su autodenominada “trilogía de la inconsciencia”, qué inició en el año 2000 con "Esperando al mesías" y continuada, cuatro años más tarde, con la excelente "El abrazo partido". Esta especie de tríptico de Buenos Aires le revela como un autor capaz de crear todo un espacio propio. Aunque con carácter independiente, las tres comparten similares inquietudes, y abordan constantes como las relaciones familiares, la semblanza social, la tradición judía o la idiosincrasia de la ciudad porteña. En las tres miradas el protagonista es un joven que comparte nombre, Ariel, y dudas ante un mundo que marca sus propias reglas; en esta última parada de un largo camino de iniciación da un nuevo paso, enfrentándose no sólo a su condición de hijo, sino ante el hecho de su propia paternidad.

 

  La sombra de Daniel Burman se alarga en este personaje, al que parece trasladarle piezas de su recorrido vital e imprimirle parte de su extrañeza y capacidad de cuestionar lo que le rodea, dejándose entrever estos detalles en la compleja construcción de su carácter. Ariel, en esta ocasión de apellido Perelman, es abogado de oficio y profesor universitario, casado recientemente y con un hijo de corta edad. No desea seguir los pasos de su padre, también abogado, largos años entregado a su profesión, con el que mantiene una relación distante. Estas contradicciones, y su nueva responsabilidad como esposo y padre, le harán preguntarse por su papel ante la familia.

  Una vez más, Burman descansa el peso de su propuesta en un magnífico guión, con una estructura que resuelve con fluidez el avance en el tiempo y el devenir de los acontecimientos que impulsan la historia, y surcado por unos inteligentes diálogos. En el primer tramo, confía en una voz en off, que lejos de parecer un recurso fácil y literario, define con sutil humor y perspicacia personajes y situaciones. Además, desarrolla una caligrafía narrativa que presta especial atención a pequeños gestos, detalles visuales o verbales, a los que dota de la suficiente entidad como para llegar a definir desde estados de ánimo a comportamientos, prolongado el simbolismo del hecho concreto a la descripción de una totalidad. Estos aciertos, en verdad notables, no impiden que sobre el conjunto planee el recuerdo de sus anteriores obras.

  Así, es innegable que el film puede beneficiarse de la buena disposición de ánimo, a la hora de afrontarlo, de aquéllos que hayan disfrutado con sus anteriores trabajos, pero también se percibe que el director baja algunos tonos en su incisivo análisis. Intenta depurar la historia en torno a Ariel y al triángulo familiar que lo rodea, padre, esposa e hijo, con lo que reduce sensiblemente las referencias al entorno social, y aparca también, casi por completo, la fina ironía con la que había trazado las peculiaridades de la cultura judía. Los ecos de la realidad actual argentina se escuchan un poco más lejanos, esbozados en la habilidad del realizador para la descripción de ciertos ambientes de la ciudad por los que transita el protagonista. La omnipresencia del recorrido interior de éste le lleva a abandonar parte de las historias entrecruzadas y la rica galería de peculiares personajes que acarreaban.

  Sin embargo, pese a querer centrarse en estas relaciones familiares, extrañamente algunos aspectos de este análisis quedan en un nivel superficial . En cierto momento el protagonista, al definir la relación con su padre, comenta que las cosas a veces no se hablan, “se sobreentienden”, y es precisamente de esa manera como aborda cuestiones decisivas entre padre e hijo, de las que no se acaba sabiendo gran cosa. Parece como si la distancia y mesura con que Ariel analiza sus afectos, con su peculiar resistencia a implicarse, se impusiese también en la forma de transmitir este vínculo. Son dos sublíneas narrativas paralelas, sus clases en la universidad y, especialmente, las espléndidas secuencias relativas al jardín de infancia de su hijo, las que proporcionan a la cinta sus mejores momentos.

  La sensación de que podría haber ido un poco más allá en el desarrollo de sus propuestas no impide que el conjunto mantenga un equilibrio como estimable comedia dramática. Una vez más, es también la solidez del guión lo que compensa una puesta en escena un tanto rutinaria, a la que le falta algo de arrojo y atractivo visual. Y por supuesto, otro de sus sustentos es la estupenda naturalidad del actor Daniel Hendler como Ariel, intérprete que ha ido creciendo y forjándose en estos personajes. Entre el buen hacer del resto del elenco, destaca Arturo Goetz como Perelman padre, y el acierto en la elección del niño Eloy Burman, hijo del director.

  “Derecho de familia” completa un ciclo que demuestra la capacidad del cineasta a la hora de sortear delicadas situaciones sin caer en la sensiblería, siempre mediante una mirada agridulce y ajustado humor. Daniel Burman, a través de Daniel Hendler, es el hombre que mira a su alrededor y, además, sabe mirar en sí mismo, logrando con esa cercanía una credibilidad en sus historias que acaban siendo el reflejo de aquéllos que las ven.

Calificación:


Imágenes de "Derecho de familia" - Copyright © 2006 BDCine, Wanda Visión, Classic y Paradis Films. Distribuida en España por Nirvana Films. Todos los derechos reservados.

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