CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La fealdad y
las deformidades físicas siempre se han tratado en el cine como
un portal de acceso a una hermosura extraña que debe encontrar
su hueco, utópico o realizable, en el mundo "normal". Cuántas
veces hemos visto a la heroína –pocas veces héroe– movida por
una curiosidad morbosa que la conduce a seres horripilantes y
finalmente tiernos. Este camino de aprendizaje moral, una
lección de tolerancia para una sociedad que, en el fondo, nunca
hará uso de tales consejos, es recorrido de forma inversa por
Steven Shainberg, joven
director con la osada y divertida
"Secretary"
(2002) como credencial previa.
Demos una generosa zancada sobre los
términos del biopic, pues la coletilla del título
original –“Un retrato imaginario”– revela que en ningún
momento el espectador debe creer en la veracidad de este
perfil. Y, sin embargo, como sucediese con el “Ed Wood”
(1994) de Tim Burton, las bases de la ficción ofrecen una
superficie mucho más límpida y sencilla para contar la vida de
una persona. Tal vez por sentirse libres, por esa falta del
peso que conlleva el "basado en hechos reales", los
directores que apuestan por la creatividad biográfica salen
mucho mejor parados. Este es el caso de Shainberg, cuya Diane
Arbus, fotógrafa de excluidos sociales en la década de los
cuarenta, resulta más creíble dentro de la fantasía que se ha
escrito para ella que a través de un arco tópico de abismos
personales y ascensos profesionales. Aunque todos los
elementos frecuentes de un biopic se incluyen casi por
la obligatoriedad de lo que define a alguien: el matrimonio
que se deshilacha consciente de que los rotos han estado ahí
desde el primer día, el amor por unas hijas que al mismo
tiempo son una carga, la pesadez de los padres y las miradas
conocidas, la búsqueda de un sentido que termina
convirtiéndose en talento, y la inevitable autodestrucción que
acompaña a toda genialidad. Todo eso, que suena a voyeurismo
manido, adopta un papel secundario por la irrupción del
material ficticio. Como un portal –e importantes son las
puertas en la puesta en escena–, el ensueño demuestra sin
necesidad de diálogos efervescentes ni verbalizaciones
continuas cómo un factor ajeno, incomprensible para quienes la
rodeaban, entró a formar parte de la vida de Diane Arbus sin
alternativa.
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La protagonista es también una
heroína de cuento intrigada por un vecino que no se deja
ver en los rellanos. Pero, al contrario que los patrones
clásicos enunciados al principio, su descubrimiento no va
a constituir una vía para adaptar lo "horrible" a lo
"normal", sino que ella, guapa, acomodada, moderna,
renegará de toda su normalidad para irse a la otredad.
El director da un paso más allá en la trasgresión de
planteamientos como “Freaks. La parada de los monstruos”
(1933), obra a la que se homenajea explícitamente, desde
el instante en que esta mujer insatisfecha decide afearse
de forma voluntaria. Por supuesto, la transformación no es
literal ni física; el director lo enuncia con mayor
sutileza mediante esas reuniones freak que la
fotógrafa organiza en su salón y, sobre todo, en la
progresiva sustitución de su hogar por la casa del extraño
vecino. Un monstruo creado por leyendas populares,
prejuicios sociales y desórdenes biológicos –e
interpretado con voz de hierro por
Robert Downey Jr., en
verdad la única herramienta expresiva que le queda tras el
maquillaje–, como materialización de los porqués creativos
de Arbus. En el extremo opuesto tenemos otros
interrogantes de peso: el papel de víctima que asume la
familia, encabezada por un marido tan permisivo como
chapado a la antigua, y que plantea los dilemas éticos más
incómodos de la película. Al estilo de un “Kramer contra
Kramer” (1979) surrealista, la confrontación de reproches
pierde fuerza porque el espectador sabe que ambos tienen
razón, a su manera. Y si no fuera por la contenida e
hipnótica interpretación de Nicole Kidman –con muchas
herencias de "Las horas"
(2002), propuesta de espíritu afín a ésta–, resultaría
extremadamente difícil soportar la indefinición moral de
una casa tan vacía como las reglas del orden
norteamericano.
El trabajo anterior de Shainberg
introducía un carácter de ácida lejanía con los personajes, de
modo que la percepción variaba entre la simpatía y la
humillación más absoluta. En “Retrato de una obsesión”, tal vez
sin poder desvincularse por completo del soporte real, ese
distanciamiento desaparece, convertido en fervorosa admiración
por la artista. La secuencia inicial que nos presenta a Diane en
pleno trabajo de investigación es una excusa para poner a
prueba a un personaje que, a lo largo del enorme flashback
que es la cinta, demuestra cómo la creatividad late en una
segunda piel que sólo algunos son capaces de descubrir. De
ahí el título original –“Fur”: piel–, repleto de referencias
continuas a una escenografía donde priman los envoltorios –la
familia Arbus se dedica a fotografiar desfiles de peletería y
portadas de revistas de moda– y los objetos accesorios que
ocultan los auténticos –la llave que surge de las cañerías y el
piso del vecino que, cual secretismo de “El fantasma de la
ópera”, oculta una arquitectura gótica–. Sin olvidar lo más
importante en un largometraje como éste: la fotografía que, a
modo de encuadres arriesgados, directos e intrusivos –como las
propias instantáneas de Arbus–, divide la realidad en una
galería de tonos grisáceos que no adquieren auténtico color
hasta el final, cuando la protagonista ya sabe cuál es su
trayectoria en el cruce del camino.
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No es un
álbum de recuerdos agradables, ni un retrato del todo
independiente. Pero tampoco alcanza los límites de una obsesión
creativa por parte del director ni de una egolatría reflejada en
el genio de su heroína. Tributo móvil antes que estática y
pétrea escultura, el biopic imaginario de Diane Arbus
será más volátil en el tiempo que otros adaptados a los cánones
de Hollywood por el hermetismo que gran parte de los
espectadores suelen percibir en películas serenas, frías y
vidriosas –atención a la banda sonora, de mismos rasgos–. Pero
también podrá verse como un giro del mito de la bella y la
bestia, con una especie de –sí, forzada– impronta de Cocteau
modernista y decadente, como una historia de amor con el "otro"
que es al mismo tiempo el descubrimiento de uno mismo. Aquí la
bestia no necesita el beso definitivo para ser feliz, más bien
es necesaria la transformación física como un paso previo a ese
beso. Y ahí radica la rabiosa y frágil belleza de esta obra tan
rara como emotiva, tan abstracta como diáfana: –un pesimismo
representado en la escena donde la playa recupera un mínimo
porcentaje de la fuerza elegíaca de “Muerte en Venecia” (1971)–
convertirse en alguien "normal" no conlleva un cambio
trascendente porque la resignación es el alimento de nuestra
sociedad.
Calificación:
    
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de cómo se hizo "Retrato de una obsesión" -
Copyright © 2006 Picturehouse y River Road Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
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