CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En "Gangs
of New York"
Scorsese nos lo dejó muy claro:
América es un lugar vil y contradictorio que se avergüenza de
sus propias raíces, disfrazándolas de western. Tal vez como un
anticipado canto de cisne, esa película recogía todas las
aspiraciones artísticas y meditativas del director, condenado a
seguir facturando extensos productos sin apoyo de crítica y
público. “Infiltrados” podría ser una continuación de "Gangs
of New York", a
partir del famoso plano con las Torres Gemelas que encierra una
nueva urbe, un nuevo país, igual de corrupto y deshonroso que el
dejado atrás.
De nuevo con los irlandeses como
protagonistas, Scorsese cambia el emplazamiento hacia la
elegante Boston, una ciudad que, sin embargo, se edifica y se
recorre en coche como cualquier mal barrio neoyorquino. Aunque
en ningún momento se menciona el antiguo esplendor social
bostoniano, no hace falta para remarcar los vicios en que han
caído los protagonistas de “Infiltrados”, un compendio de todo
lo que viene inquietando a este director desde hace años: la
sujeción a unos principios, la deshonestidad, los falsos
héroes y sus gestas sin recompensa, la separación radical
entre la imagen externa y los verdaderos impulsos. El
realizador toma de aquí y de allá elementos perdurables en su
filmografía, en especial de “Uno de los nuestros”, con el
obvio arranque de un Colin Sullivan niño que es embaucado por
el gánster del barrio, Frank Costello (Jack
Nicholson), y de “Taxi driver”, en esa elegía al
nihilismo que es el último tramo de “Infiltrados”. Regida
por el tema central de los inadaptados que intentan amoldarse
a un lugar en el que estorban, la película se resiente a veces
del mismo problema. Por momentos, parece que Scorsese pretende
adaptar el material de “Infernal affairs” a su propia mirada
más que adaptarse él a elementos nuevos y ajenos, y en ese
proceso se le acaban viendo el plumero y la escoba. A
“Infiltrados” no le falta el sello de su autor –el ritmo
frenético, los rasgos existenciales más arriba señalados, el
humor negro y los secundarios de lujo–, pero le sobran
kilómetros de miramientos, de inquietud por el ‘qué dirán’, de
estudio de thrillers modernos frente a lo que podría haber
sido un desarrollo único y fresco.
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El vaivén
entre los dos agentes infiltrados, Billy Costigan (Leonardo
DiCaprio) y Colin Sullivan (Matt
Damon), proporciona las dosis de suspense suficientes
para que las dos horas y media de metraje no se estiren
demasiado –y aunque sobren evidentes subtramas, como la que
relaciona a los dos topos con la psicóloga policial–, incluso a
partir de materiales tan sugerentes como el silencio a través de
la línea telefónica o la persecución por las calles después del
cine porno. Secuencias necesarias, por otro lado, para compensar
las habituales verborreas de los personajes de Scorsese, si bien
en esta ocasión su fauna humana respira para la historia y
apenas responde a la originalidad de los trazos del director. El
más interesante de todos, Billy Costigan, interpretado sin
fisuras por DiCaprio, un buen actor ninguneado por su cara
adolescente, es eclipsado continuamente por el más plano y
aburrido inspector Sullivan, en gran parte culpa del inefable
Damon, y entre los dos se yergue un Jack Nicholson contenido,
pero muy suyo al mismo tiempo. Un triángulo inestable rodeado de
mafiosos y policías sin chicha, a excepción del malcarado
sargento de Mark Wahlberg, y
que invocan continuamente la duda de en qué lugar del planeta se
ha escondido Joe Pesci y en qué momento se decidirá Scorsese a
rescatarlo. “Infiltrados” resulta en su desarrollo demasiado
juvenil para el director, y con eso no pretendo llamarle viejo.
El material de referencia, el original hongkonés, propiciaba un
filme crepuscular, una odisea mucho más negra que el juego de
móviles, misiones y soplos que “Infiltrados” plantea como una
teleserie de acción del montón, carente en su mayor parte del
riesgo visual que siempre ha caracterizado a Scorsese. Un
problema que intenta enmendar en su último tramo, cuando por fin
nos ofrece su reflejo sincero y sus verdaderas –y sangrientas, y
pesimistas, y maestras– pretensiones. Hasta ese punto, el
camino ha sido veloz y entretenido, favorecido por una cuidada
banda sonora. Pero el auténtico dulce que se paladea al término
de la película se deshace sin un envoltorio que pueda retenerlo
más que por un rato de entretenimiento de calidad.
Si
“Infiltrados” llevase la firma de cualquier debutante,
hablaríamos de una ópera prima sorprendente; irregular, pero con
pulso. Si en el hueco del director va Scorsese entonces decimos
que no le hace justicia. Una hipocresía, sin lugar a dudas,
pero que en verdad demuestra el excesivo sometimiento del genio
a la industria y a los ‘noes’ de los Oscar®. Sigue siendo un
material de primer orden, de resoluciones ejemplares –véase el
paralelismo de montaje entre los dos protagonistas y cómo el
contraste de sus situaciones define sus psiques y adelanta sus
destinos–, un thriller clásico notable entre las pretendidas
valentías visuales que nos llegan en el mismo género. Pero a
pesar de sus aciertos y de su efectividad como conjunto,
“Infiltrados” y Scorsese son dos partes indisolubles. El uno y
el otro, como dice la canción de Pink Floyd que acompaña a una
de las escenas, se entumecen confortablemente. Y eso es un
peligro para cuando la exigencia te apunte con una pistola,
añado yo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Infiltrados" - Copyright © 2006 Warner
Bros. Pictures, Plan B, Initial Entertainment Group, Vertigo
Entertainment y Media Asia Films. Distribuida en España por
Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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