CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
A pesar de su extremo minimalismo, y de la capacidad
extrema que tiene de sugerir con muy pocos elementos, la obra
literaria de
Raymond Carver
ha sido una tentación para los cineastas. La cinta señera sigue
siendo “Vidas cruzadas”, por supuesto, una de las cumbres del
recientemente desaparecido Robert Altman. Y precisamente uno de
los relatos imbricados en ella, “Tanta agua tan cerca de casa”,
sirve de punto de arranque para
Ray Lawrence
y su guionista,
Beatrix Christian,
para construir un asfixiante retrato de un puñado de personajes
que, más que vivir, parecen atrapados en un pequeño lugar
situado en medio de la inmensidad natural del paisaje de Nueva
Gales del Sur, Australia.
Una opción arriesgada, porque los cuentos de Carver ofrecen
apenas un fogonazo, una anécdota, un momento en el que el
comportamiento de sus personajes arroja una luz momentánea que
revela el contorno de las cosas. Y lo narrado en este cuento, el
fin de semana de pesca de un grupo de amigos que encuentran el
cadáver de una chica flotando en el río, y al que atan para
evitar que les eche a perder su única escapada de la rutina
anual (total, si ella ya está muerta, ¿qué más le da esperarse
hasta el lunes?), no lo es menos: no ofrece suficiente carne
para llenar un largometraje. Y así, la anécdota inicial se
completa con un ramillete de pequeñas historias que atañen a
todos los relacionados con ese grupo, historias de secretos
entre los matrimonios y entre padres e hijos, de culpas
indefinidas enraizadas en el pasado, de racismo hacia los
aborígenes... incluso, un atisbo de thriller que no llega a
desplegarse del todo.
Y todo ello lo cuenta Lawrence con morosidad, con un estilo
desapasionado que transmite mucho del ritmo de asfixia de la
vida diaria en el pueblo de Jindabyne, donde todos se conocen a
todos y parecen estar atrapados en una jaula de la que no pueden
escapar de sus angustias. Y por momentos esa morosidad de vuelve
en contra de una cinta que, por querer huir de tremendismos o
excesivos subrayados, acaba por perder fuelle... salvo por las
interpretaciones. Decir que Laura Linney
o Gabriel Byrne
están bien, es casi aburrido por ocioso; pero lo cierto es que
ver lo que esa soberana actriz logra transmitir con apenas una
mirada, una sonrisa triste... sigue siendo de las mayores
experiencias que uno se puede encontrar en una pantalla. Y si a
eso se le une la inseguridad, la desorientación de su compañero,
el magnetismo llena la pantalla.
El resto de los actores aporta cada uno su parte a este retrato
colectivo, incluidos unos niños que están soberbios en sus
juegos y planteamientos macabros. Pero el conjunto de las partes
no acaba de cuajar, sobre todo aquellas subtramas aparentemente
más tangenciales y que parecen no avanzar en exceso. Aunque, en
el fodo, toda la película es una gran metáfora sobre la muerte:
como el antiguo pueblo de Jindabyne quedó sepultado bajo las
aguas del pantano que preside la vida de sus habitantes, así
cada uno de ellos parece vivir esperando el último momento,
ejemplificado en ese psicópata que habita entre ellos y que sólo
espera una oportunidad, dictada por el azar, de matar; un
entorno en el que sólo los aborígenes parecen haber encontrado
el equilibrio para vivir, frente a unos blancos que sólo saben
moverse temerosos, sin acabar de aceptar su propia fragilidad. Y
todo ello lo acentúa Lawrence recurriendo a la iluminación
natural y el maquillaje escaso, una combinación que acentúa la
sensación de realidad. Lástima que a tan buenas intenciones les
falte un punto de nervio para terminar de llenar la pantalla.
Calificación:
    
Imágenes
de "Jindabyne" - Copyright © 2006 April
Films, Film Finance Corporation Australia, Babcock & Brown y
Redchair Films. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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