CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Reinterpretaciones de un relato
Unos amigos salen a pescar durante un fin de semana a una
apartada zona de las montañas, cumpliendo una costumbre que se
repite cada año. Encuentran una joven asesinada flotando en el
agua no lejos de donde acampan, pero siguen esos días con su
pesca y no lo denuncian hasta que regresan a la ciudad. A su
vuelta, se desencadena la polémica por esta decisión. Este
argumento, que a muchos puede sonar conocido, era parte de una de
las historias que formaban el entramado de “Vidas cruzadas” de
Robert Altman, el relato de Raymond Carver
“Tanta agua tan cerca de casa” que el director
Ray Lawrence
traslada a Australia. Y lo deja caer en el transcurrir de una
pequeña población, Jindabyne, y en concreto, en el seno de unas
cuantas familias, como detonante para airear unos incómodos
asuntos que se arrastran bajo la aparente quietud.
Conocido como el
realizador de la ya algo lejana
"Lantana"
(2001), Ray Lawrence continúa con la línea narrativa de aquella
prestigiosa cinta, y logra la extraña simbiosis entre la
anécdota argumental del relato de Carver con el costumbrismo de
ese enclave de Nueva Gales del Sur, rodeándolo del aura de
misterio que emana de sus desiertos parajes naturales. Diversos
elementos reconocibles del realismo sucio del escritor
norteamericano –minimalismo en su construcción, concisión en los
diálogos, escenarios cotidianos– y planos que recuerdan las
líneas de Hopper, acercan algunas secuencias a la obra maestra
de Altman. Al mismo tiempo, los episodios en apariencia
transitorios, casi inaprensibles, de la rutina que Carver
entrelaza en sus textos, son trasladados y perfectamente
asimilados con la idiosincrasia de ese lugar tan lejano, pero de
similares pulsiones; de forma que las dudas, inquietudes o
desánimos de sus anónimos personajes son acotados aquí por unas
enraizadas costumbres –pesca sólo para hombres, tradiciones
religiosas de ascendencia irlandesa– y una velada discriminación
racial.
El trágico hallazgo de
la joven viene a remover unas situaciones que suscitan una serie
de incógnitas que poco a poco se van desvelando. Lawrence
administra las pistas que aclaran unos comportamientos en
ocasiones desconcertantes, y recomponen un pasado que tan sólo
se logra adivinar mediante reacciones, diálogos y también
silencios. Continuos fundidos en negro evidencian la intención
de plasmar pasajes de una realidad fragmentada, algo que se
corresponde con el estilo de su original literario. Consigue una
adecuada atmósfera de intriga, con un fatalismo que parece
acechar a los personajes, la siniestra figura del conductor del
camión –presente también en el relato de Carver–, y una continua
amenaza que, da impresión, proviene de la propia naturaleza que
los observa. Esto último se acentúa con el inquietante uso de
los sonidos de estas tierras, casi inconsciente, y la espléndida
partitura de Paul Kelly
y Dan Luscombe.
El suministro de las claves para descubrir las distintas
realidades es uno de los aspectos más sugerentes de la cinta,
pero también puede suponer uno de sus principales obstáculos. La
multitud de elementos psicológicos que introduce en las
diferentes líneas narrativas –los problemas matrimoniales de los
protagonistas Claire y Stewart, la tétrica conducta de los
niños, o el hecho de que la muchacha muerta sea aborigen– hace
que se acaben escapando detalles de estas circunstancias
paralelas, aunque esta sensación se ajuste a la esencia misma de
los relatos. Abre una pequeña ventana dentro del devenir de la
realidad, velando unos márgenes que serán completados por el
lector –en este caso espectador–, hacia un drama familiar en
torno a las dificultades de comprender decisiones muchas veces
irreflexivas.
Mucho más objetable es un tramo final que echa por tierra el
firme pulso mantenido ante cuestiones complicadas durante gran
parte del metraje, sin querer suavizar la dureza de lo narrado.
Unas resoluciones reconciliadoras, dentro de lo convencional,
que no se corresponden con el vigor de lo anterior, si bien es
cierto que su carácter alegórico enlaza con una idea que circula
por el film de reconciliación con el medio natural. La
liberación de los espíritus que predican los aborígenes, en
comunión con la naturaleza, es un buen ejemplo de respeto a unos
paisajes que se presentan en toda su grandiosidad, pero bajo el
prisma de la intromisión y manipulación del hombre –y sus
consecuencias–. En este sentido, son significativas las imágenes
de los enormes tendidos eléctricos o el revelador plano inicial
de un inmenso paraje visto a través de una alambrada.
Por una vez, la apostilla que le han colocado al título, "Cada
vida esconde un misterio", se corresponde con lo visto en la
pantalla. La tensión descansa también en la magnífica labor de
sus intérpretes, la sólida pareja formada por
Gabriel Byrne y
Laura Linney,
presencia de garantía en multitud de largometrajes, que aquí
toman un merecido protagonismo. En concreto, Linney obtuvo el
premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Valladolid de
2006, al igual que la banda sonora. Pese a cierta dispersión y
la falta de fuerza en la parte final, Ray Lawrence logra una
apreciable reinterpretación del relato, lo enriquece con las
connotaciones propias del lugar y muestra cómo, respetando su
esencia, una historia puede ser trasladada de forma
aparentemente sencilla tan lejos, y a la vez tan cerca.
Calificación:
    
Imágenes
de "Jindabyne" - Copyright © 2006 April
Films, Film Finance Corporation Australia, Babcock & Brown y
Redchair Films. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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