CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
El sinónimo
más repetido del cine es el de "la máquina de sueños".
Michel Gondry se ha tomado ese calificativo al pie de
la letra y para ello compone una receta exclusiva para una
película no tan única como querría –el esperpento romántico
todavía tiene ocupado el gran trono por Charlie Kaufman–, pero
sí lo suficientemente fresca como para olvidar por un rato los
laureles del maestro y prestar atención al alumno espabilado.
Sin el ánimo de indiscutible
renovación, pero de cierto tufillo intelectualoide, que
caracteriza al guionista de "Cómo ser John Malkovich"
(1999), Gondry expone sus secretos para que el espectador
componga más adelante el puzzle armado de herramientas. Un
buen sueño parte de pensamientos, reminiscencias del día,
recuerdos del pasado, palabras bonitas y universales,
canciones e imágenes. La ecuación planteada por el director
intenta aplicar la misma fórmula al ámbito narrativo, de modo
que se cumpla el dicho de un producto onírico surgido de una
industria comercial. Pero, ¿es este prófugo de Kaufman una
auténtica expendedora de ideas originales o es sólo la
cafetera ruidosa que pretende hacerse oír con un pitido
molesto y repetitivo?
Ni lo uno ni lo otro, acercándose a lo
primero mientras no dejan de percibirse inconscientes deseos de
lujuria visual. Tal vez, como un científico loco armado de
engañosas gafas de aumento, o a modo de una suerte de Willy
Wonka ‘cerebral’ –el personaje de Gael
García Bernal, Stéphane, vigila a su ‘yo’ consciente
desde el interior de su cabeza–, Gondry pretende abarcarlo todo
con esa arbitrariedad que da pie a las obras maestras. El
problema es que, como dice la vecina Stéphanie (Charlotte
Gainsbourg), el azar es muy difícil de conseguir una
vez que se convierte en un fin intencionado. En ese caldero
sin fondo se unen los pensamientos de un autor inquieto, pero a
ratos ebrio de presuntuosa filosofía de lo cotidiano;
reminiscencias de la propia película, que se construye en un
orden desordenado –frente al desorden ordenado de Kaufman–;
recuerdos del pasado fílmico del autor, incapaz de desvincularse
por completo de la escuela inaugurada por su ex-colaborador –la
relación espontánea entre Stéphane y Stéphanie recuerda al
cariño freaky y al sí-no-ahora sí de la pareja de
"¡Olvídate de mí!" (2004)–; palabras de
identificación internacional –el amor de todas las clases: el no
correspondido, el rechazado, el obsesivo, el maternal, el
confuso–; las canciones y la música del mismo vaivén rítmico que
una fantasía, y las imágenes reales como material para una
conversión alucinógena –al más puro estilo de “El mago de Oz”
(1939)–.
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Lista la
argamasa, la película se eleva poco a poco sobre un andamio
fuerte, aunque a veces los muros y las ventanas no ofrezcan unas
vistas del todo satisfactorias. Frente a la rareza conmovedora
de criaturas atrapadas en un mundo que no comprenden o del que
intentan escapar usando sus reglas, “La ciencia del sueño”
transmite un desconcierto mucho mayor para el espectador no
avezado en comeduras de coco de este estilo –y al que no ayuda
el innecesario revoltijo de idiomas en la versión original–.
Según el funcionamiento de la perspectiva de Stéphane, la
historia intercambia zambullidas entre lo real y lo imaginario,
hasta el momento de una pérdida de los límites que acompaña a la
desorientación del personaje. Para introducir el flujo
argumental en este futuro caos, las divisiones claras e
iniciales entre los pisos y los rellanos de impronta Jean-Pierre
Jeunet –Stéphane termina por comportarse como una Amélie
psicótica– y el escapismo fantasioso del protagonista se van
entrelazando cada vez a una velocidad mayor, sin que sea posible
escapar a su poesía visual del mismo modo que al vano esfuerzo
por comprenderla en su totalidad. Nada preocupante porque, con
el mismo carácter ilógico y ciertamente incómodo de los sueños
nocturnos, el filme pretende incitar más la sensación que la
interpretación freudiana –que la habría, con todo el cacao
emocional del padre muerto, la madre enamorada de uno de esos
magos de pacotilla tan de moda últimamente, y la vecina
idealizada y torturada–.
Con
reconocida herencia de la animación rusa y de otros países del
este, cubierta de la añoranza a la torpe y tierna stop-motion
de Harryhausen, la visualización de los sueños de Stéphane se
antoja como la verdadera alma de la cinta. Desde luego carente
del aburrimiento –no así del terror pasajero– de un sueño
estándar, el mundo onírico de Gondry es un silencioso y suave
mural de plastilina y figuras de fieltro, todos los materiales
de una infancia perdida que se reivindica en el simple acto de
cerrar los ojos. En esa vía de escape, finalmente una forma de
vida, la pareja protagonista justifica la esquemática
construcción de sus personajes y la inestabilidad de su
desarrollo sentimental. Sólo desde unas coordenadas infantiles,
en verdad algo forzadas para un público mayoritariamente adulto,
puede entenderse el juego de atracciones y rechazos, repleto de
estúpidas pruebas amorosas e hirientes insultos, como una
prolongación más de la rebeldía inútil que empapa sus trabajos,
sus familias y amistades, sus desestructurados apartamentos.
No es
Kaufman, Biblia y Santo Grial del nuevo indie-surrealista,
y lo peor de ella no es que no lo sea, sino que intente
desesperadamente alcanzar su nivel. Dentro de su nada
modesto planteamiento nace una historia sencilla ayudada por la
plasticidad de sus formas y el poco tiempo que permite para
cuestionar los cuestionables personajes y acontecimientos
hilvanados sin nada más que los antojos románticos. Pero su
extrañeza, tan perturbadora en algunos momentos como el
encuentro final, la libra con solvencia del maniqueísmo de su
premisa. Un poco tarde, no por ello menos hermosamente, Gondry
cierra su retorcido edificio con un tejado luminoso y patético:
la parábola de una realidad insoportable y sin remedio que
algunos prefieren recorrer con el sonambulismo de unos ojos
cerrados a la adultez y abiertos a una inocencia inmarcesible.
Calificación:
    
Imágenes
de "La ciencia del sueño" - Copyright ©
2006 Partizan Films, Gaumont y France 3 Cinéma. Distribuida en
España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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