CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Cuando la
tecnología digital ha cambiado la forma de hacer y hasta de ver
cine, Michel Gondry ha
tenido la osadía de beber en las fuentes más tradicionales de la
ilusión cinematográfica; tanto es así, que en “La ciencia del
sueño” no sólo podemos sentir el eco del extraordinario trabajo
de los grandes animadores stop-motion (especialmente los
checos), sino que su capacidad de fascinación artesanal nos
llevaría, incluso, al mismísimo patriarca Méliès y su concepción
del arte del cine como un continuo y subyugante truco de magia.
Porque, con esta cinta, Gondry ha
confirmado que es, quizá, el más interesante de los directores
“modernos” (una etiqueta irónica que resume a la perfección lo
mejor y lo peor de lo firmado tanto por él como por Spike
Jonze o Wes Anderson, con la habitual colaboración estelar de
Charlie Kaufman) para hallar la entrada a un terreno propio en
el que la obsesión por hacer algo diferente deja paso a la
capacidad de ofrecer un mundo propio que esté verdaderamente
vivo. Ocurrió ya en
"¡Olvídate de mí!", y “La ciencia del sueño”, ya sin
la firma de Kaufman en el guión, lo confirma.
Desde luego, no se trata de una cinta
para todos los públicos, pues exige la entrega del espectador a
un juego en el que cualquier parecido con la realidad suele ser
pura coincidencia. Pero, a cambio, obtendrá una historia que
le devuelve al adjetivo “romántico” su verdadero y real
significado, en el que la belleza aparece de repente en el
fotograma menos pensado, y en el que la pregunta típica ante
la nueva maravilla (“¿cómo lo habrán hecho?”) pierde toda
importancia: no nos importa el “cómo” (porque muchas veces, su
propia estética artesana lo muestra a las claras), sino que
simplemente disfrutamos el maravilloso caballo de trapo que
cabalga sobre el teclado, el agua hecha con celofán, los tubos
de papel higiénico convertidos en edificios… No importa: esto ES
cine, señores, y siempre lo ha sido; lo que pasa es que, de
tanto ver rutina adocenada, se nos había olvidado.
Como ocurrió
en su anterior película, la historia de amor enrevesada,
extrañamente complicada e imposible, logra ser convincente, en
gran parte, porque tanto Gael García
Bernal como Charlotte
Gainsbourg llenan de vida a unos personajes de
comportamiento imprevisible. La sonrisa de niña fascinada de
ella cuando imagina cómo se puede fabricar una nube, o la mirada
de desesperación de él cuando cree que está perdiendo a su
vecina, su amor, son como una versión más “francesa” de los
interpretados por Jim Carrey y Kate Winslet en
"¡Olvídate de mí!". Los
secundarios, sobre todo los compañeros de trabajo del personaje
de García Bernal, son en este caso, y con la excepción de
Alain Chabat, poco más que un
coro que ofrece el contrapunto cómico, incluso ordinario, que es
marca de la casa y funciona como potenciador del efecto
romántico de la cinta.
Lo más
curioso, en fin, es que, en su búsqueda insaciable de la
modernidad, Gondry ha terminado cayendo en lo más esencial del
cine, lo que estuvo ahí desde el principio, y, con su mirada, ha
conseguido traérnoslo de vuelta, lleno de vida. “La ciencia del
sueño” es más juego que verdadera reflexión (al contrario que la
anterior), pero ésta tampoco desaparece del todo: ahí está la
conexión, las semejanzas, entre el mundo onírico y el cine, que
no deja de ser una especie de sueño puesto en imágenes capaz de
crear belleza. No como los trucos baratos del mago novio de la
madre del protagonista, que apenas sabe otra cosa que atravesar
un mechero con un cigarrillo encendido, pero no crea ni un
instante verdaderamente digno de salvar en la memoria.
Calificación:
    
Imágenes
de "La ciencia del sueño" - Copyright ©
2006 Partizan Films, Gaumont y France 3 Cinéma. Distribuida en
España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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