CRÍTICA
por
Manuel Márquez
La animación vende. Pasaron
los largos años de travesía del desierto, ésos en que la crisis
del sector de la exhibición se cebó especialmente en aquellas
especialidades y ramos más vulnerables, y, tras la resurrección
de la Disney a partir de mediados de los años 80 del pasado
siglo, y el posterior big-bang que el advinimiento de Pixar
supuso para el género, la bonanza que, en este momento, vive el
mismo, ha inducido al desembarco en él de todas las grandes
compañías, bien de forma directa, bien a través de socios
previamente introducidos, de forma que no queda major (ni
minor...) dispuesta a renunciar a su trocito, más o menos
generoso, de tan apetitoso (y voluminoso) pastel. De esa forma,
los títulos llegan en tropel a la cartelera, y, más allá de la
estacionalidad que siempre caracterizó a films de este corte, es
difícil encontrar una semana en que no haya algún estreno
significado. Y el de esta semana, desde luego, tiene su miga.
"Ratónpolis" es el primer fruto artístico de una
joint-venture formada por dos compañías que, aun siendo
jóvenes, ya gozan de un sólido prestigio en el gremio del
dibu: DreamWorks y Aardman. Muy diferentes, en orígenes y
esencias, ciertamente. Desconozco en qué contexto surgió su
entente, y si el mismo tiene prevista una continuidad –y, en
ese caso, si cuenta ya con proyectos concretos, o no...–. Pero
el producto resultante de esa unión, aceptable y digno, pero
lejos de la brillantez que ambas productoras han llegado a
alcanzar con sus obras propias, demuestra que a la pareja aún
le falta algún que otro hervorcillo.
El film
nos ofrece una historia de aventuras de traza y
recorrido dramáticos muy convencionales (explotados hasta la
saciedad en mil y un filmes, tanto fuera como dentro de la
animación): el héroe
que, por casualidad (en un principio) y por amor (al final), se
ve en la tesitura de tener que dar un giro a su vida, impelido
por su bondad natural (ésa que, en el fondo, siempre había
estado ahí, sepultada por una rutina de vida acomodada y poco
reflexiva), para, en una pirueta de alto riesgo e incierto
resultado, salvar al mundo de su amada de los malvados designios
de un malo maloso que, movido por la venganza, pretende
destruirlo íntegramente. Nada novedoso, pero tampoco se trata de
esperar de una película de este corte un planteamiento
argumental radicalmente original –algo que, en principio, puede
quedar confinado al terreno de los detalles–.
Si
dejamos también fuera del ámbito de la valoración el de las
apreciaciones estrictamente técnicas, habida cuenta que el
desarrollo tecnológico actual del género no deja mucho margen al
respecto –la cinta es, sencillamente, perfecta desde el punto de
vista visual–, hemos de entrar a sopesar los elementos de
detalle, que son los que, en esa situación de saturación que
antes se apuntaba, terminan marcando la línea fronteriza entre
el estrellato y el batacazo. Y, en ese terreno, "Ratónpolis"
tiene, como en la viña del señor, o como en botica, de todo un
poco: a veces, muy bueno; a veces, no tanto.
Muy bueno es el diseño visual
de ese mundo subterráneo –que, por otro lado, recuerda
enormemente, y aun con todos los matices que se quieran, a ese
mismo entorno de la mítica "Desafío total"– en el que se
desarrolla la mayor parte de la trama: con un derroche de
imaginación tremebundo (hasta un punto en que se hace difícil
poder captar todos los detalles, tal es su profusión), sus
creadores se entregan, ayudados por las posibilidades que les
brinda su concepción (la de convertir en objetos útiles y
aprovechados todos los residuos que los humanos generamos en el
mundo “exterior”; no sé si cabe ver aquí una crítica soterrada a
nuestro consumismo desaforado, pero dejaré esas disquisiciones
para críticos más sesudos...), a una auténtica orgía (y perdonen
el término: ésta es una peli para críos...) de gags
visuales de difícil digestión, por lo brutal de su cuantía. En
una sola palabra, impresionante.
El
ritmo visual y narrativo no es bueno ni malo: es, simplemente,
frenético. La acción se desarrolla, salvo en momentos puntuales
de relajo (pocos y cortos), a una velocidad vertiginosa,
y su despliegue de piruetas, saltos y retruécanos nos trae
aromas bondianos (ahora tan en boga, con el reciente
estreno de "Casino
Royale")
de los de toda la vida; eso sí, convenientemente aderezados con
un refuerzo musical igual de contundente y que, en la línea
habitual de estos tiempos que corren, nos recuerda más a un
festival veraniego en la campiña británica (dado el amplio
catálogo de temas pop que lo pueblan) que a una partitura
estándar de banda sonora de este tipo de películas.
Y no tanto: la historia.
Valgan sobre la misma las consideraciones arriba apuntadas,
igualmente aplicables a sus personajes protagonistas –Roddy,
Rita y el Sapo–: aunque su diseño formal obedezca a una estética
Aardman absolutamente irreprochable, y, en algunos aspectos,
puedan recordarnos a algunos de los más impagables héroes de la
factoría (hay cierto puntito chulesco en Roddy que nos remite,
sin gran esfuerzo imaginativo, al gallo Rocky de "Chicken run.
Evasión en la granja"), tienen sus aristas lo suficientemente
limadas como para encajar perfectamente en lo convencional de la
historia a que ya se apuntaba en un principio, y sus salidas
humorísticas carecen de la negrura y acidez que cabría haber
esperado. Todo se dulcifica, eso es evidente.
En definitiva, que ni buena
ni mala, sino todo lo contrario. Si el espectador no quiere
aguzar el espíritu crítico, y se sumerge –bandera blanca
incondicional al viento...– en el torbellino ratonil que la
propuesta plantea, no surgen mayores problemas.
Es una opción. Excelente, quizá. El único pero es que la
oferta es amplísima, y la selección se impone. Y uno, quizá
también, espera mucho más de nombres cuya historia y
antecedentes pesan, y mucho.
Es posible que, en ese aspecto, no sé, aún muchas cosas estén
por andar. Sólo quisiera cerrar esta reseña con dos peticiones
muy concretas (a quien correspondan, cómo no): no promocionen a
los dobladores de los personajes principales de la cinta como si
fueran los protagonistas, que no lo son (con independencia de
que lo hagan mejor o peor –no lo hacen mal, por otro lado...–);
y no proyecten las películas con un volumen de sonido atronador,
no estamos sordos y los peques tienen aún el oído muy
frágil, muy tiernito. Por favor, si pudiera ser...
Calificación:
    
Imágenes
de "Ratónpolis" - Copyright © 2006
Dreamworks Animation y Aardman Features. Distribuida en España
por UIP. Todos los derechos
reservados.
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