CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Algunas
películas vienen precedidas de tal vapuleo que una enseguida
siente compasión por ellas. Y aunque ese propósito de levantar
al herido se salde con más piedras y otra caída. “La fuente de
la vida”, título ambicioso donde los haya, se arrastra sin
fuerzas, llevándose consigo las buenas intenciones del
espectador desprejuiciado o desconocedor de los abucheos de la
crítica. Tal y como sucediera en "Pi. Fe en el caos"
(1998) –la más paranoica de las cintas de
Darren Aronofsky– y
"Réquiem por un sueño"
(2000), de poco vale el análisis concienzudo si lo que está en
juego es la interpretación personal del que mira.
Basándose en antiguas leyendas mayas,
el guionista y director nos plantea la centenaria búsqueda de
la fuente de la vida eterna, una suerte de El Dorado
espiritual. Y lo hace con una estructura menos compleja y
confusa de lo que parece a primera vista: dos personajes
centrales protagonistas de tres historias paralelas en el
montaje, cronológicas en el tiempo. La matriz de dos de ellas
es el presente, tal vez como denuncia de nuestra excesiva
tergiversación del pasado y progresiva destrucción futura. El
doctor Creo (Hugh Jackman)
espera encontrar una cura para la enfermedad terminal de su
mujer, Izzi (Rachel Weisz),
en la corteza de un árbol de Centroamérica. Al mismo tiempo,
Izzi escribe una novela histórica en la que un conquistador
español debe buscar el enigmático árbol por la salvación de su
reina. Los momentos más surrealistas del film suceden en un
hipotético futuro donde sólo sobreviven Creo y un moribundo y
gigantesco tronco.
Dicho así, la repetitiva denuncia de los
delirios de Aronofsky se antoja irrelevante, vista la escasa
originalidad del planteamiento. Si careciese del montaje
reflexivo y el uso más o menos metafórico de la luz, la película
se encuadraría dentro del aburrido y famélico drama
hospitalario. Precisamente de esa humildad temática, unida a la
abstracción compositiva, proceden los mayores enfados: “La
fuente de la vida” pretende vender, mediante procedimientos
ambiguos y la sugestión conceptual, una historia simple, amorosa
y tierna, de tal manera que, para ser partícipe de ella, resulta
imprescindible formarse una interpretación particular. Puede
considerarse una vaguedad, por parte del director, que lo deje
todo en manos del desconcertado público, siempre al margen de
esa sensación de plenitud que parece despedir cada fotograma.
Sin embargo, no olvidemos el éxito del cine filosófico,
encabezado por "2001:
Una odisea del espacio" (1968) –que aquí parece
imitar en su chocante final y en prolongados e incómodos
silencios–, y en el que Aronofsky se siente tan a gusto que
aparca y olvida las exigencias convencionales.
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La
contradicción a esa actitud reside en que la cinta reserva
todo su riesgo para la materia impalpable, las ideas, mientras
se mantiene en un uso alimenticio de otros géneros. La
acción del tramo histórico, con esas resonancias mayas superadas
por "Apocalypto", y el artificio digital del episodio
futurista son atractivas para un primer encuentro, que se va
tornando monótono y distraído en los supuestos paralelismos –el
más publicitado a través del tráiler, el plano de un vehículo
que da inicio a la búsqueda del héroe, aparte del detalle del
anillo y la nuca de Izzi–. Para que puedan recogerse hilos
perdidos, la repetición de determinadas escenas, ya sea desde la
misma perspectiva del pasado o mediadas por la fantasía, hace
aún más evidentes los motivos que impulsan a las tres historias:
el debate sobre la prolongación de la vida, el concepto negativo
de la muerte y el auténtico significado de "para siempre". Desde
luego términos muy amplios y difusos como para resolverlos en
una secuenciación de imágenes, en el fondo sujeta a las
respuestas del espectador.
La dirección
artística de la película acierta con más exactitud, al menos en
cuanto al estilo predominante del conjunto. Como Izzi o reina de
España –supuestamente imaginaria, dado que por la época del
suceso debería encarnar a Isabel La Católica… y de ser así el
realismo es nulo–, Rachel Weisz se presenta siempre en aureolas
blancas, a causa de los ropajes y la nieve en el primer caso o
por una iluminación fantasmal en el segundo. Hugh Jackman sabe
dosificar la ira acumulada, que se reduce paulatinamente a cada
episodio, y tanto él como su compañera parecen creerse aquello
que cuentan, un cabo de amarre importante para un producto
destinado a la incomprensión.
El empaque
visual, correcto; la empatía emocional, decadente; el trasfondo
metafísico… temerario. Por esto último Aronofsky lanza por la
borda la profundización de una historia que admitía un
tratamiento más clásico, y lo que consigue es un vacío narrativo
que rellena con kilos de paja… mental. Un "menos lobos
Caperucita", una película tan liviana que vuela al más mínimo
resoplido. Y por eso mismo me sigue dando pena, tal vez porque,
a pesar de los pesares, existe en ella un hálito de romanticismo
postmoderno y porque quizá en las profundidades de esa
superficie de venta engañosa hay un mensaje que aún no he podido
desentrañar.
Calificación:
    
Imágenes
de "La fuente de la vida" - Copyright © 2006
Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures, Protozoa Pictures y New Regency Pictures.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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