CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Acercarse a
la muerte con respeto y sin artificiosidad supone madurez y
personalidad en el director de cine. Hacerlo insuflando a la
historia unos aires de trascendencia y lirismo poético, exige,
al menos, cuidado para no caer en lo pretencioso y solemne, en
lo tópico y superficial, en lo melodramático y ridículo. Un poco
de todo eso tiene la propuesta de
Darren Aronofsky, además de un discurso
pseudofilosófico, una innegable fuerza visual en algunas
imágenes, y unas interpretaciones intensas que dan cierta
calidez a una cinta en sí misma fría, a medio camino entre la
realidad tangible de lo terreno y la espiritualidad de unos
sentimientos que se diluyen en lo cósmico.
En su afán por elevarse sobre la
realidad concreta y lanzar un mensaje abstracto, su búsqueda
de inmortalidad a través del tiempo acaba convirtiéndose en
un cóctel a gusto del consumidor, con tantos ingredientes que
restan definición y equilibrio al producto final: un poco
de aventura por territorio precolombino, un misterio con sus
códigos secretos que hay que descifrar, una Inquisición
española a la que flagelar, una dosis de romanticismo
dramático, un espacio sideral con estrellas made in new age,
y un cientifismo en pugna trasnochada con una religión etérea.
Y esta amalgama de elementos tan dispares difícilmente
congenian, salvo en la mente del director de "Pi. Fe en el caos". Cualquiera diría que ha ido
de flor en flor por la reciente industria cinematográfica,
para después construir su particular panal de miel eterna.
La historia se desarrolla en tres
tiempos. La trama central se ocupa de Tommy, un científico
obsesionado por llevar a término una investigación farmacológica
que podría salvar a su esposa Izzi del cáncer terminal que
padece. Por su parte, ella le anima a que concluya su novela
sobre los conquistadores españoles que buscaban el Árbol de la
Vida en el paraíso maya, tarea en la que se sumerge el
investigador identificado entonces con el capitán Tomás. Y en un
escenario galáctico, vemos a un Tommy reconvertido en Tom que
continúa en su empeño por vencer a la muerte bebiendo la savia
de la eternidad. Tres historias que son una misma, resueltas con
el intercambio de unas situaciones y personajes idénticos, que
como el ave fénix renacen en su intento por dominar la vida y la
muerte, por vencer el cáncer en forma de inquisidor, enfermedad,
miedo o limitación de la propia materia. A través de un túnel de
luz, el director nos traslada de lo más material y sanguinario
del siglo XVI, a los espacios etéreos donde los sentimientos han
sido despojados de todo lo caduco y terreno para querer ser
Dios, y para acabar comprendiendo que sólo desde el amor se
alcanzará la eternidad y la superación del temor.
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Tópicos para una narrativa
que se pierde en el discurso y en el vacío cósmico, que ni
engancha por su vertiente emocional ni por la intelectual,
que deambula en una puesta en escena irregular, más
lograda en su faceta contemporánea, pero esquemática y
deshilvanada en su etapa pretérita, y ampulosa y
extravagante en la que se supone del futuro. Cada
ambientación requiere su propia fotografía, y Aronofsky
recurre –y a veces abusa, por ejemplo en el desenlace– a
las sobreexposiciones de luz, a la cámara cenital en
alusión a la mirada divina, a efectos sonoros para
expresar el tiempo o su ausencia, o a los primeros planos
para captar miradas de dramatismo y dolor. Pero los
excesos y artificios distraen, anulan y disipan una
historia con la que el director se autocomplace hasta la
extenuación, y entonces satura al espectador con tanto zen
que le saca de la sala de cine y le lleva a ninguna parte.
A pesar de todo, las convincentes y vibrantes
interpretaciones de Hugh
Jackman y Rachel Weisz
aportan un poco de humanidad y calidez a tanta abstracción
fría e intelectualizada, y salvan la película del
descalabro al encarnar y dar arraigo a tanta abstracción
visual y conceptual.
Junto a la aceptación de la muerte como
parte de la vida y a su dimensión “creadora”, la cinta sugiere
interesantes temas para el debate, apuntados y no desarrollados,
como los límites éticos de la investigación y la necesidad de
someter los objetivos personales a unas pautas de interés
general, la necesidad de creer en algo y del sacrificio para
alcanzar el amor, o la importancia de la Historia –propia o
colectiva– para aprovechar las segundas oportunidades. Pero todo
esto resulta insuficiente para conmover con historias sin apenas
alma, para atrapar la atención entre tanto sincretismo religioso
y cientifismo pasado de moda, para complacer estéticamente con
imágenes atractivas pero desinfladas.
Un intento
sugerente pero fallido que quizá haga pasar el rato durante su
hora y media de duración, sugerir alguna idea interesante para
la conversación posterior, y fascinar con determinadas escenas
manieristas. En esta ocasión, Aronofsky parece haberse
perdido en el espacio interestelar en su búsqueda del Edén, un
tanto desorientado entre tanta oferta pseudocultural, sin saber
con qué carta quedarse, entre el drama realista, lo
poético-sentimental o lo surrealista-filosófico, en un terreno
indefinido que su director quiere identificar con el “realismo
mágico”, entre el séptimo cielo y la rugosa tierra.
Calificación:
    
Imágenes
de "La fuente de la vida" - Copyright © 2006
Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures, Protozoa Pictures y New Regency Pictures.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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