CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Madurez
prematura
Con esta
ópera prima, el italiano Kim Rossi Stuart se suma al
grupo de actores que dan el salto a la dirección, y de los que
lo hacen con una obra sobre la iniciación en la adolescencia a
partir de algunos apuntes autobiográficos. Su caso recuerda al
de François Truffaut con "Los cuatrocientos golpes", al hacer
girar la historia en torno a un niño que sufre la falta de
afecto paterno y el desconcierto ante un mundo lleno de
incoherencias. Sin embargo, la ambientación y el tono realista
nos llevan más a relacionarle con otros cineastas italianos del
momento como Nanni Moretti o Gianni Amelio, autores de películas
donde también se indagaba en las relaciones entre padres e hijos
y en la necesidad de superar los escollos de la vida, en el caso
de "La habitación del hijo" con un tono histérico-egocéntrico de
Moretti, y en "Las llaves de casa" donde Amelio aportaba mayor humanismo
por medio –curiosamente– del propio Rossi Stuart.
En esta
ocasión, se nos presenta a un Renato cansado de los repetidos
abandonos de su mujer, y sus intentos por sacar adelante a sus
dos hijos, Viola y Tommy, ella en plena pubertad y él en los
primeros pasos de una vida que se le presenta como
incomprensible. Un nuevo relato de crecimiento y madurez hacia
la adolescencia, que acumula todos los tópicos y vivencias de un
chiquillo que no ha tenido el afecto materno, que conserva sus
pequeños tesoros y lugares-refugio para la soledad y libertad,
que descubre el sentimiento amoroso que le turba interiormente y
que comienza a juzgar la realidad que le rodea sin entender del
todo el comportamiento de los mayores.
Una historia
como ésta sólo puede ser contada desde el punto de vista del
protagonista infantil. Por eso, la dirección del niño
Alessandro Morace se convierte en clave del éxito o fracaso
de la película, en un intento de que el espectador mire con sus
ojos. Director y actor logran su objetivo siempre que la cámara
se posa en el rostro de Morace, pero no cuando la acción se
desplaza hacia otros personajes o tramas secundarias. Su mirada
inocente y cándida, su ceño fruncido de sorpresa y temor, su
leve gesto de inquietud y desconcierto dejan ver un mundo
interior que se desmorona y pierde pie: una madre “que viene y
se va” –gran fuerza tiene el momento del regreso materno al
hogar–, un padre que estalla en frecuentes arrebatos de cólera y
que está empeñado en hacer de él un gran nadador, una hermana
que bromea frívola e infantilmente con el sexo, un vecino en el
que se contempla con envidia al descubrir la familia que él no
tiene –genial el gesto con que observa cómo su amigo da un
masaje a su madre–, o un compañero de clase "mudo" tras la
muerte de su madre –subtrama no desarrollada y que podía haber
dado equilibrio al núcleo central–. Son las primeras
experiencias con el amor, el sexo, la muerte o las dificultades
de la convivencia..., aquellas que le empujan a un estado de
confusión y aprendizaje necesario, pero prematuro y que se
adivina más problemático de lo habitual por la falta de
referentes paternos.
Quizá lo
mejor de la cinta de Rossi Stuart esté en esa captación del
universo infantil, recogido en ocasiones con el uso del fuera de
campo, cuando la cámara se queda con el rostro del niño a la
espera de recoger su gesto ante cada una de las novedosas
experiencias. Ejemplar, en este sentido, es su reacción de
perplejidad y temor al descubrir a su madre "charlando"
amigablemente con un desconocido, en la fiesta de la exposición
de pintura. En cada escena, el niño Morace trasmite más hondura
y dramatismo que todos los gritos y exabruptos de un patético
padre. o que la sensiblería de una madre llorona e inmadura. En
su papel de actor, Rossi Stuart se deja arrastrar por el
histrionismo más propio de la interpretación teatral, con un
gesto crispado y sin contención que convierte su papel en el de
un neurótico de reacciones impredecibles o poco verosímiles. El
resto de los personajes no se escapan del tópico, aunque con
unas interpretaciones correctas, al servicio de pequeño
protagonista.
De esta
manera, la película va recogiendo un suceso tras otro, de manera
clásica y lineal, sin grandes altibajos, con algunos momentos de
tensión dramática sostenidos por los artificiosos arranques
paternos y por otros más sutiles por el niño confundido.
Nunca llega a coger excesiva fuerza y circula por terrenos
convencionales, con una breve e innecesaria secuencia onírica
que rompe el clima realista de la cinta, por otra parte sin
alardes estéticos ni narrativos. Únicamente su título y
explicación en uno de los diálogos finales bordean el precipicio
de lo pretencioso, pues Renato parece haber recorrido su propio
camino de aprendizaje al ceder ante la afición de su hijo por el
fútbol y no por la natación: la elección de un deporte colectivo
frente a otro de superación individual, y la misión como líbero
que supla las grietas dejadas por otros en la familia… se
convierten en líneas directrices de un mensaje tan evidente como
esperanzador.
Película
descompensada y desequilibrada –tanto como el inestable Renato–,
que se salva por la frescura de una mirada infantil llena de
sinceridad e inocencia, y que gustará a los amantes del drama
intimista y humano que prefieran lo sugerido a explícito, lo
pudoroso a lo brutal, lo correcto a lo trasgresor.
Calificación:
    
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