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LÍBERO
(Anche libero va bene)


Dirección: Kim Rossi Stuart.
País:
Italia.
Año: 2006.
Duración: 108 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kim Rossi Stuart (Renato), Barbora Bobulova (Stefania), Alessandro Morace (Tommy), Marta Nobili (Viola).
Guión: Linda Ferri, Federico Starnone, Francesco Giammusso y Kim Rossi Stuart.
Producción: Carlo Degli Esposti, Giorgio Magliulo y Andrea Costantini.
Música: Banda Osiris.
Fotografía:
Stefano Falivene.
Montaje: Marco Spoletini.
Diseño de producción: Stefano Giambanco.
Vestuario: Sonoo Mishra.
Estreno en Italia: 5 Mayo 2006.
Estreno en España: 28 Septiembre 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Madurez prematura

  Con esta ópera prima, el italiano Kim Rossi Stuart se suma al grupo de actores que dan el salto a la dirección, y de los que lo hacen con una obra sobre la iniciación en la adolescencia a partir de algunos apuntes autobiográficos. Su caso recuerda al de François Truffaut con "Los cuatrocientos golpes", al hacer girar la historia en torno a un niño que sufre la falta de afecto paterno y el desconcierto ante un mundo lleno de incoherencias. Sin embargo, la ambientación y el tono realista nos llevan más a relacionarle con otros cineastas italianos del momento como Nanni Moretti o Gianni Amelio, autores de películas donde también se indagaba en las relaciones entre padres e hijos y en la necesidad de superar los escollos de la vida, en el caso de "La habitación del hijo" con un tono histérico-egocéntrico de Moretti, y en "Las llaves de casa" donde Amelio aportaba mayor humanismo por medio –curiosamente– del propio Rossi Stuart.

 

  En esta ocasión, se nos presenta a un Renato cansado de los repetidos abandonos de su mujer, y sus intentos por sacar adelante a sus dos hijos, Viola y Tommy, ella en plena pubertad y él en los primeros pasos de una vida que se le presenta como incomprensible. Un nuevo relato de crecimiento y madurez hacia la adolescencia, que acumula todos los tópicos y vivencias de un chiquillo que no ha tenido el afecto materno, que conserva sus pequeños tesoros y lugares-refugio para la soledad y libertad, que descubre el sentimiento amoroso que le turba interiormente y que comienza a juzgar la realidad que le rodea sin entender del todo el comportamiento de los mayores.

  Una historia como ésta sólo puede ser contada desde el punto de vista del protagonista infantil. Por eso, la dirección del niño Alessandro Morace se convierte en clave del éxito o fracaso de la película, en un intento de que el espectador mire con sus ojos. Director y actor logran su objetivo siempre que la cámara se posa en el rostro de Morace, pero no cuando la acción se desplaza hacia otros personajes o tramas secundarias. Su mirada inocente y cándida, su ceño fruncido de sorpresa y temor, su leve gesto de inquietud y desconcierto dejan ver un mundo interior que se desmorona y pierde pie: una madre “que viene y se va” –gran fuerza tiene el momento del regreso materno al hogar–, un padre que estalla en frecuentes arrebatos de cólera y que está empeñado en hacer de él un gran nadador, una hermana que bromea frívola e infantilmente con el sexo, un vecino en el que se contempla con envidia al descubrir la familia que él no tiene –genial el gesto con que observa cómo su amigo da un masaje a su madre–, o un compañero de clase "mudo" tras la muerte de su madre –subtrama no desarrollada y que podía haber dado equilibrio al núcleo central–. Son las primeras experiencias con el amor, el sexo, la muerte o las dificultades de la convivencia..., aquellas que le empujan a un estado de confusión y aprendizaje necesario, pero prematuro y que se adivina más problemático de lo habitual por la falta de referentes paternos.

  Quizá lo mejor de la cinta de Rossi Stuart esté en esa captación del universo infantil, recogido en ocasiones con el uso del fuera de campo, cuando la cámara se queda con el rostro del niño a la espera de recoger su gesto ante cada una de las novedosas experiencias. Ejemplar, en este sentido, es su reacción de perplejidad y temor al descubrir a su madre "charlando" amigablemente con un desconocido, en la fiesta de la exposición de pintura. En cada escena, el niño Morace trasmite más hondura y dramatismo que todos los gritos y exabruptos de un patético padre. o que la sensiblería de una madre llorona e inmadura. En su papel de actor, Rossi Stuart se deja arrastrar por el histrionismo más propio de la interpretación teatral, con un gesto crispado y sin contención que convierte su papel en el de un neurótico de reacciones impredecibles o poco verosímiles. El resto de los personajes no se escapan del tópico, aunque con unas interpretaciones correctas, al servicio de pequeño protagonista.

  De esta manera, la película va recogiendo un suceso tras otro, de manera clásica y lineal, sin grandes altibajos, con algunos momentos de tensión dramática sostenidos por los artificiosos arranques paternos y por otros más sutiles por el niño confundido. Nunca llega a coger excesiva fuerza y circula por terrenos convencionales, con una breve e innecesaria secuencia onírica que rompe el clima realista de la cinta, por otra parte sin alardes estéticos ni narrativos. Únicamente su título y explicación en uno de los diálogos finales bordean el precipicio de lo pretencioso, pues Renato parece haber recorrido su propio camino de aprendizaje al ceder ante la afición de su hijo por el fútbol y no por la natación: la elección de un deporte colectivo frente a otro de superación individual, y la misión como líbero que supla las grietas dejadas por otros en la familia… se convierten en líneas directrices de un mensaje tan evidente como esperanzador.

  Película descompensada y desequilibrada –tanto como el inestable Renato–, que se salva por la frescura de una mirada infantil llena de sinceridad e inocencia, y que gustará a los amantes del drama intimista y humano que prefieran lo sugerido a explícito, lo pudoroso a lo brutal, lo correcto a lo trasgresor.

Calificación:


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