CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El rostro
del miedo y de la muerte
Dejando de lado los
ataques personales que
Mel Gibson
viene recibiendo en los últimos años y de la inteligente
utilización promocional por su parte, es incuestionable que el
director de
"La Pasión de Cristo"
logra atraer a un público deseoso de ver historias emocionantes,
contadas con imágenes de gran fuerza visual y una espectacular
puesta en escena llena de un dinamismo que no esconde la crudeza
de la violencia. Todo eso se encuentra en esta aproximación a la
decadente civilización maya, poco antes de la llegada de los
descubridores del “nuevo mundo”, cuando el hambre y la
enfermedad, las plagas y las supersticiones propiciaban un miedo
que se iba incubando en su interior hasta su degradación moral,
perder cualquier atisbo de humanidad y precipitar así su
desaparición. Esa es la tesis que se desprende tras una labor de
documentación sintetizada con la cita historiográfica inicial
que asevera que cualquier gran civilización no sucumbe por un
poder exterior sino porque previamente se ha destruido por
dentro.
La
historia es narrada desde la perspectiva de uno de los pueblos
de la periferia, arrasado y masacrado por la metrópoli en una
expedición en busca de prisioneros a los que sacrificar y así
ganar el favor de los dioses. Es el comienzo de la lucha por
la supervivencia de un joven cazador, Garra de Jaguar, que
recibe de su padre moribundo el consejo de no dejarse nunca
dominar por el miedo, y que encuentra en su mujer embarazada y
en su hijo pequeño el aliento para resistir a la barbarie y
adversidad. Desde las primeras escenas queda
perfilado el carácter simplificador o maniqueo que la
propuesta requiere,
al contraponer la apacible y familiar existencia de los
nativos del bosque, entre bromas y en un clima abierto a la
descendencia, y la barbarie y agresividad de unos individuos
que han perdido el sentido de la vida humana y para los que
sólo importa mantener su estatus de poder: es la cultura de la
vida frente a la de la muerte, la religión natural frente a la
superstición, la solidaridad frente al desprecio del
infectado, la verdadera cultura –aunque sea en un estadio
cazador, sin organización y apenas uso del vestido– frente al
progreso sin ética. Sin embargo, en unos y otros se dibuja
pronto el miedo en el rostro, con motivos y reacciones
diversas: unos huyen porque son atacados y perseguidos, y
otros temen a los presagios que auguran su declive; unos
luchan por la paz y el amor a los suyos, y otros por la
venganza y el orgullo; unos aprenden a vivir con lo que la
naturaleza les da, y otros se esfuerzan agónicamente por no
perder lo que han conquistado. Son los ciclos de la Historia
que tendrían su último estadio en los sucesos del 11 de
septiembre, en una parábola o llamada de Gibson a las
conciencias modernas que viven entre el miedo y la ausencia de
moral, entre la hipocresía, el materialismo y la falta de
respeto a la Naturaleza.
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Sin embargo, la película
funciona perfectamente como una historia de aventuras sin
lecturas sociológicas ni conclusiones antropológicas. El
actor-director australiano domina el arte de narrar con imágenes
–por eso puede permitirse mantener la versión dialectal
yucateca, e incluso hubiera podido prescindir de los
subtítulos–, y sabe mantener un ritmo narrativo
que no pierde en ningún momento intensidad dramática ni
emocional: escenas
estremecedoras como la de la fosa común con los cadáveres de los
sacrificados se suceden junto a otras llenas de angustia en un
pozo inundado por las lluvias, y se engarzan con interminables
persecuciones muy bien rodadas y montadas: imágenes
hiperviolentas y llenas de crudeza como las de los sacrificios,
mostrados con un realismo sangriento junto a planos en ralentí
que recogen miradas que se dirigen unos y otros, cargadas de
sentimiento o rivalidad. Es el mundo de Gibson, que aúna la
acción trepidante y la violencia explícita con el lirismo y la
contemplación, en un tratamiento del tiempo cinematográfico que
busca llegar al espectador y conducirle sin equívocos según un
guión lineal. Recursos que responden a la fórmula del
espectáculo y el artificio, con una puesta en escena más
verosímil que verídica, y que –aunque se sitúe al margen de los
grandes estudios– conecta con la épica clásica de Hollywood: es
la “marca” Gibson, quien, por otra parte, realiza con oficio un
cine comercial que se aleja de lo políticamente correcto –en
este caso, en el modo de retratar las civilizaciones
precolombinas– y también al recurrir a actores nativos, muy bien
dirigidos y que interpretan sus papeles con enorme carga de
fisicidad. En la misma línea, la música cobra una función
dramática decisiva, con ritmos calculados que alientan su
sentido cinético y emocional, aunque quizá demasiado subrayada e
insistente durante toda la cinta, excesos también presentes en
algunas imágenes brutales o sádicas.
Película de
imágenes turbadoras e impactantes –algunas desagradables–, con
buena planificación y una narrativa ágil que atrapa al
espectador desde el inicio,
para transportarle a un mundo apocalíptico y macabro muy bien
ambientado –sorprendente la recreación de la capital maya y su
vida cotidiana–, y finalmente abrirle una puerta a la esperanza
en "un nuevo comienzo" de una primavera en la que vuelvan a
cantar los pájaros y la Naturaleza, como se anuncia en los
títulos de crédito finales.
Calificación:
    
Imágenes
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