CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La popularidad de
Mel Gibson se
ha visto multiplicada por mil en los últimos dos años a pesar de
su precedente estatus de gran estrella. Esto, que podría
parecerle una ventaja a más de un actor olvidado, se está
volviendo en contra de sus películas. Algunos parecen haber
borrado de su memoria las experiencias previas del director de
“Braveheart” tras la cámara, y se lanzan al juicio fácil y miope
con los escándalos alcohólicos y
"La Pasión de Cristo"
como únicos referentes. En este momento llega “Apocalypto”, no
sólo un poema épico sobre nuestro mundo, sino sobre esa jungla
hollywoodiense en la que Gibson debe de sentirse cada día más
perseguido.
La
filmografía de este actor, en cualquiera de sus registros
creativos, siempre se ha caracterizado más por la
comercialidad que por las inquietudes estéticas. Desde su
anterior retablo sobre la figura de Jesucristo parece haber
rellenado sus ruidosos recipientes con un servicio de
mensajería sensiblera, implicada, espiritual, solidaria.
Valores ya presentes en su ópera prima, “El hombre sin rostro”
(1993), un título de facilón chiste para insinuar la falta del
talento que lo convertiría en creador. Y si en verdad sus
filmes arrinconaban las estructuras clásicas contra la pared
de los nuevos gustos populares, podría decirse que ahora, en
esta nueva etapa de religiosidad chill out, no hay más
que movimiento a la enésima potencia y una voz conservadora
que por tabú en la sociedad actual adquiere originalidad y
riesgo. “Apocalypto” es todo eso: una hiperviolencia –aunque
más dosificada– que provoca la rápida cuestión de la necesidad
o incluso realidad de tal recurso. Son de sobra conocidas por
todos las prácticas de sacrificio de los antiguos mayas –y si
no las conocen, no duden en informarse antes de ver la
película–, y precisamente en la recreación de esas escenas se
evidencia la mirada inocente y al mismo tiempo peligrosa de un
director que no sabe unir el espectáculo visual con los
derroteros del contenido.
A pesar
de eso, su valor se encuentra en el voluntario reconocimiento de
una cubierta palomitera que consiga conquistar a todo tipo de
público – dentro de unos márgenes de edad y sensibilidad, como
la polémica avivada en Estados Unidos por la calificación de la
cinta–. Sobre las olas Gibson surfea con un estilo atractivo,
bello, visceral y calculado, pero son tan cristalinas que no
hace falta pasar de la playa para adivinar el fondo del mar. El
tema de ferviente ecologismo –en la línea de "Bailando con
lobos" (1990)– se vuelve demasiado evidente desde la primera
escena, cuando los jóvenes que persiguen a un tapir demuestran
una excesiva ingenuidad y confianza ante la naturaleza que
terminará atrapándoles a ellos. Las referencias al subtexto de
la historia se repiten en los pocos diálogos, provocando no sólo
una pérdida paulatina de implicación en el devenir dramático,
sino escasa credibilidad. Como suele suceder en muchas películas
–y libros– ambientadas en épocas pretéritas, el autor termina
añadiendo anacronismos de un comportamiento que es el nuestro,
pero no el de antaño. Las bromas a uno de los cazadores por su
impotencia sexual, la relación de odio entre ese mismo joven y
su suegra, o alguna palabrota, no son hechos exclusivos del
siglo XXI, pero sí lo es la forma en que Gibson los plantea. Por
esta razón la principal pregunta de “Apocalypto” es:
¿por qué situar un tema de calado tan universal y
atemporal en la civilización maya? Sea mero capricho o no del
director, el caso es que el contexto ofrece todas las ventajas
posibles a la metáfora, aparte de unas situaciones exóticas que
apenas hemos visto en pantalla.
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La
trama en sí es una sencilla huida ubicada en más de dos horas de
metraje. Este exceso se compensa por una sensación de ingravidez
visual que acompaña todo el trayecto, una contemplación de
estampas y reflexiones
que, a modo de fastuoso álbum fotográfico, ilustra un ejemplo de
película cuya pretenciosidad se reduce ante la urgencia del
mensaje. Los problemas de perpetuación humana –tratados con
mayor idealismo en "Hijos
de los hombres"–,
la insaciabilidad material del hombre, la imposición de
fronteras, los imperialismos dictatoriales, las invasiones
extranjeras, la cultura del espectáculo y el escapismo, y la
contaminación del miedo son palabras cotidianas en los titulares
y que, con pasmosa proyección histórica, se nos descubren como
básicas en el vocabulario humano. Tal vez Gibson se haya rodeado
del desconcertante aval del idioma maya para evitar cualquier
acusación de irrealidad, pero, creíble o no, su simbología se
hace un hueco comprensible en la forma.
Aun así asoman esas nuevas
manías adquiridas que devalúan el resultado final: las
ralentizaciones de las peleas a lo "Matrix",
la exageración del aguante físico del héroe o las dilataciones
temporales –durante el eclipse–, todo encauzado hacia la
potenciación de la aventura en un nivel que a veces rebasa al
contenido. Tampoco faltan las alusiones directas al catolicismo
del director, quien ya utilizó con oscuridad premeditada la
figura del demonio y la tentación en
"La Pasión de Cristo".
Su sombra se prolonga en la aparición de una niña que, con voz
de profecía, anuncia la (auto)destrucción del pueblo maya. Pero
también recurre a los simbolismos animales y a las famosas
plagas bíblicas: epidemias, cosechas arruinadas, abejas, ranas
venenosas, serpientes, jaguares y lluvia, un compendio de
elementos recogidos del Popol Vuh, libro sagrado, para convertir
lo pagano en religioso. ¿Sacrilegio? En realidad no desaparece
el respeto porque la conclusión es global: de
la misma forma que terminamos con el entorno, él terminará con
nosotros, y sólo el nacimiento de lo nuevo permitirá la
superación de lo viejo. Esta epifanía maya sitúa a Gibson del
lado de las minorías frente a las mayorías opresoras,
un lugar que nada tiene que ver con sus discutidos altercados
religiosos.
La suma de
ritmo, oráculo atemporal y postura político-humana evidente hace
de “Apocalypto” una experiencia al margen de las películas
anteriores del cineasta y, al mismo tiempo, una evolución lógica
de ellas. Más simplona
de lo que cree –a excepción de la recreación histórica–, sigue
funcionando porque está tejida para eso y porque es muy difícil
no compartir su filosofía final: esa inesperada imagen que toma
tan de sorpresa al espectador como al maya, el cierre de un
círculo que vuelve a empezar su trazado, mientras Gibson
apuesta, como Rousseau, por el buen salvaje que debe recuperar
su sintonía con el medio.
Calificación:
    
Imágenes
de "Apocalypto" - Copyright © 2006 Icon
Productions. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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