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APOCALYPTO


Dirección: Mel Gibson.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 139 min.
Género: Drama, aventuras, acción.
Interpretación: Rudy Youngblood (Jaguar Paw), Dalia Hernandez (Seven), Jonathan Brewer (Blunted), Raoul Trujillo (Zero Wolf), Gerardo Taracena (Middle Eye), Rodolfo Palacios (Snake Ink), Fernando Hernandez Perez (sumo sacerdote), Maria Isidra Hoil (oráculo).
Guión: Mel Gibson y Farhad Safinia.
Producción: Mel Gibson y Bruce Davey.
Música: James Horner.
Fotografía:
Dean Semler.
Montaje: John Wright.
Diseño de producción: Tom Sanders.
Vestuario: Mayes C. Rubeo.
Estreno en USA: 8 Diciembre 2006.
Estreno en España: 19 Enero 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  La popularidad de Mel Gibson se ha visto multiplicada por mil en los últimos dos años a pesar de su precedente estatus de gran estrella. Esto, que podría parecerle una ventaja a más de un actor olvidado, se está volviendo en contra de sus películas. Algunos parecen haber borrado de su memoria las experiencias previas del director de “Braveheart” tras la cámara, y se lanzan al juicio fácil y miope con los escándalos alcohólicos y "La Pasión de Cristo" como únicos referentes. En este momento llega “Apocalypto”, no sólo un poema épico sobre nuestro mundo, sino sobre esa jungla hollywoodiense en la que Gibson debe de sentirse cada día más perseguido.

 

  La filmografía de este actor, en cualquiera de sus registros creativos, siempre se ha caracterizado más por la comercialidad que por las inquietudes estéticas. Desde su anterior retablo sobre la figura de Jesucristo parece haber rellenado sus ruidosos recipientes con un servicio de mensajería sensiblera, implicada, espiritual, solidaria. Valores ya presentes en su ópera prima, “El hombre sin rostro” (1993), un título de facilón chiste para insinuar la falta del talento que lo convertiría en creador. Y si en verdad sus filmes arrinconaban las estructuras clásicas contra la pared de los nuevos gustos populares, podría decirse que ahora, en esta nueva etapa de religiosidad chill out, no hay más que movimiento a la enésima potencia y una voz conservadora que por tabú en la sociedad actual adquiere originalidad y riesgo. “Apocalypto” es todo eso: una hiperviolencia –aunque más dosificada– que provoca la rápida cuestión de la necesidad o incluso realidad de tal recurso. Son de sobra conocidas por todos las prácticas de sacrificio de los antiguos mayas –y si no las conocen, no duden en informarse antes de ver la película–, y precisamente en la recreación de esas escenas se evidencia la mirada inocente y al mismo tiempo peligrosa de un director que no sabe unir el espectáculo visual con los derroteros del contenido.

  A pesar de eso, su valor se encuentra en el voluntario reconocimiento de una cubierta palomitera que consiga conquistar a todo tipo de público – dentro de unos márgenes de edad y sensibilidad, como la polémica avivada en Estados Unidos por la calificación de la cinta–. Sobre las olas Gibson surfea con un estilo atractivo, bello, visceral y calculado, pero son tan cristalinas que no hace falta pasar de la playa para adivinar el fondo del mar. El tema de ferviente ecologismo –en la línea de "Bailando con lobos" (1990)– se vuelve demasiado evidente desde la primera escena, cuando los jóvenes que persiguen a un tapir demuestran una excesiva ingenuidad y confianza ante la naturaleza que terminará atrapándoles a ellos. Las referencias al subtexto de la historia se repiten en los pocos diálogos, provocando no sólo una pérdida paulatina de implicación en el devenir dramático, sino escasa credibilidad. Como suele suceder en muchas películas –y libros– ambientadas en épocas pretéritas, el autor termina añadiendo anacronismos de un comportamiento que es el nuestro, pero no el de antaño. Las bromas a uno de los cazadores por su impotencia sexual, la relación de odio entre ese mismo joven y su suegra, o alguna palabrota, no son hechos exclusivos del siglo XXI, pero sí lo es la forma en que Gibson los plantea. Por esta razón la principal pregunta de “Apocalypto” es: ¿por qué situar un tema de calado tan universal y atemporal en la civilización maya? Sea mero capricho o no del director, el caso es que el contexto ofrece todas las ventajas posibles a la metáfora, aparte de unas situaciones exóticas que apenas hemos visto en pantalla.

  La trama en sí es una sencilla huida ubicada en más de dos horas de metraje. Este exceso se compensa por una sensación de ingravidez visual que acompaña todo el trayecto, una contemplación de estampas y reflexiones que, a modo de fastuoso álbum fotográfico, ilustra un ejemplo de película cuya pretenciosidad se reduce ante la urgencia del mensaje. Los problemas de perpetuación humana –tratados con mayor idealismo en "Hijos de los hombres"–, la insaciabilidad material del hombre, la imposición de fronteras, los imperialismos dictatoriales, las invasiones extranjeras, la cultura del espectáculo y el escapismo, y la contaminación del miedo son palabras cotidianas en los titulares y que, con pasmosa proyección histórica, se nos descubren como básicas en el vocabulario humano. Tal vez Gibson se haya rodeado del desconcertante aval del idioma maya para evitar cualquier acusación de irrealidad, pero, creíble o no, su simbología se hace un hueco comprensible en la forma.

  Aun así asoman esas nuevas manías adquiridas que devalúan el resultado final: las ralentizaciones de las peleas a lo "Matrix", la exageración del aguante físico del héroe o las dilataciones temporales –durante el eclipse–, todo encauzado hacia la potenciación de la aventura en un nivel que a veces rebasa al contenido. Tampoco faltan las alusiones directas al catolicismo del director, quien ya utilizó con oscuridad premeditada la figura del demonio y la tentación en "La Pasión de Cristo". Su sombra se prolonga en la aparición de una niña que, con voz de profecía, anuncia la (auto)destrucción del pueblo maya. Pero también recurre a los simbolismos animales y a las famosas plagas bíblicas: epidemias, cosechas arruinadas, abejas, ranas venenosas, serpientes, jaguares y lluvia, un compendio de elementos recogidos del Popol Vuh, libro sagrado, para convertir lo pagano en religioso. ¿Sacrilegio? En realidad no desaparece el respeto porque la conclusión es global: de la misma forma que terminamos con el entorno, él terminará con nosotros, y sólo el nacimiento de lo nuevo permitirá la superación de lo viejo. Esta epifanía maya sitúa a Gibson del lado de las minorías frente a las mayorías opresoras, un lugar que nada tiene que ver con sus discutidos altercados religiosos.

  La suma de ritmo, oráculo atemporal y postura político-humana evidente hace de “Apocalypto” una experiencia al margen de las películas anteriores del cineasta y, al mismo tiempo, una evolución lógica de ellas. Más simplona de lo que cree –a excepción de la recreación histórica–, sigue funcionando porque está tejida para eso y porque es muy difícil no compartir su filosofía final: esa inesperada imagen que toma tan de sorpresa al espectador como al maya, el cierre de un círculo que vuelve a empezar su trazado, mientras Gibson apuesta, como Rousseau, por el buen salvaje que debe recuperar su sintonía con el medio.

Calificación:


Imágenes de "Apocalypto" - Copyright © 2006 Icon Productions. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

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