CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
“Una gran civilización
no es destruida desde fuera hasta que se destruye a sí misma
desde dentro”. Con este extracto de “La Historia de la
Civilización”, de Will Durant, comienza un viaje que nos lleva
hasta los profundos bosques selváticos de la península del
Yucatán. Mel Gibson,
hombre devoto y declarado amante de la Historia, abre así un
nuevo inciso en el pasado llamado “Apocalypto”, ambientado en
los últimos días de los mayas.
La
cita de Durant podría llevar a pensar lo que este film no es:
un documental maya. Ceñirse a plasmar lo que está en los
libros, o reinterpretarlo a lo sumo, es sin duda la apuesta
más fácil cuando se maneja un material como éste. Gibson no ha
optado por eso. Si bien es cierto que le resulta inevitable
jugar a los arqueólogos y recrear, mediante la puesta en
escena, parte del epílogo de la cultura mesoamericana, el
realizador neoyorquino enfoca el argumento a mostrar multitud
de emociones y a experimentar con las del público, usando un
personaje circunstancial en un contexto rodeado de peligros,
donde el peor de ellos son sus semejantes.
Hay
quien les dirá que la mayor baza de “Apocalypto” es su brutal
acción, directa y gratuitamente sanguinaria, pero no deben
considerarla una meta en sí misma. Imagínense el guión de Mel
Gibson y Farhad Safinia
como uno de esos templos mayas. Visualicen la fachada frontal,
con su pie derecho obligado a remontar el primer peldaño de la
escalera hacia el cielo, donde Kukulcán les espera para tomar
su corazón y beber su sangre hasta la saciedad. Con este
ascenso transcurre la primera mitad de metraje: el aldeano
cazador Jaguar Paw (Rudy
Youngblood)
se convierte eventualmente en presa, siendo capturado y
conducido junto con sus compañeros hasta una de las
ciudades-Estado mayas, quizás Tikal, Uxmal o el asentamiento
de Palenque. Una vez en la cima, el destino hace acto de
presencia y cambia el curso normal de los acontecimientos,
cumpliendo una profecía ya anunciada. El descenso por el lado
opuesto, como sabrán, sólo puede hacerse a toda velocidad,
prácticamente tirándose al vacío (la fachada posterior no está
escalonada), por lo que el tramo final se torna una
persecución cuyo objetivo básico no es sólo regresar al hogar,
sino obtener la victoria mediante la defensa del propio
territorio, obedeciendo inconsciente pero estrictamente las
directrices de guerra de Sun Tzu –aunque evidentemente ningún
escrito chino de dos mil años atrás estaba en aquel entonces
en manos mayas–.
En esta historia de salvajes, donde Gibson no ha tenido
reparo en establecer claros paralelismos entre la vida tribal
humana y la animal, cada una de sus tres partes tiene un
significado concreto.
La primera es un claro tributo a la historia de las
civilizaciones, recordándonos que ninguna de ellas se ha forjado
sin la base de una violencia atroz. La segunda representa la
magnificencia por la que, en principio, merece la pena el
sacrificio de la primera: la ciudad-Estado, la civilización en
sí misma. La tercera puede interpretarse de dos modos distintos:
sirve por igual de exaltación del individualismo y de denuncia a
los abusos de poder. Sea como sea, en ambas interpretaciones
(puede que Gibson estuviera interesado en las dos) se ensalza el
concepto de supervivencia como la mayor fuerza con la que la
naturaleza provee a las especies, muy por encima de la que el
hombre adquiere, por ejemplo, con el conocimiento o la
organización social. El amor, plasmado también como motor en el
primer y último segmentos, se entiende como lo que en realidad
es: un seguro de supervivencia de la especie a largo plazo,
predeterminado genéticamente –luego patente en los humanos desde
los orígenes– y lejos del concepto cortesano que pueda tenerse
de él.
|
 |
Los últimos cuarenta y cinco minutos merecen una mención
muy especial. Emulando al "Alien,
el octavo pasajero"
de Ridley Scott, Gibson enfrenta al superviviente con el
vengador. Noten cómo la motivación del primero está en
mayor contacto con los intereses comunes de la especie,
mientras la del segundo obedece a un ímpetu individual. Lo
han adivinado: los papeles iniciales, en los que el
colectivo vence a los individuales, se han intercambiado
entre ambos. Nuevamente, la naturaleza es implacable con
quien no se mueve por instinto sino por sentimiento;
apremia al superviviente y castiga al egoísta, en lo que
sería una clara extrapolación de las leyes evolutivas,
ilustradas con una lírica visual excelente.
Y,
hablando de lo visual, no se pierdan un solo
plano de esta película. En todos ellos, y sin olvidar al
responsable de fotografía Dean Semler,
puede apreciarse al Gibson más inconformista, a todos los
niveles. El amplio
repertorio abarca desde escenas complicadísimas de grabar, como
la del precipicio, el río o la cascada; hasta la recreación de
la ciudad maya, los cuidados vestuarios o los inquietantes
planos verdosos de la jungla. Sin embargo, lo que les causará
verdadera mella es su carácter cruento y en ocasiones casi
gore. El director ya ha hecho gala anteriormente de esta
faceta, y en “Apocalypto” se recrea en ello hasta el súmmum,
rozando el humor ácido y el sadismo. Expresiones como “ritual de
sacrificio humano” han sido tomadas al pie de la letra, y no
confíen en que Gibson desvíe el objetivo de la cámara. Todo ello
me recuerda lo que debo advertir acerca de este visceral
largometraje a las personas especialmente sensibles: no lo vean.
El impacto visual de la gran escena del nacimiento en “Alien,
el octavo pasajero”
hizo en 1979 que muchas personas tuvieran que abandonar la sala
y pasar un mal rato en los lavabos. Una cosa es hacer aflorar
emociones en el público (y, créanme, cuando se enciendan las
luces agradecerán estar de vuelta a la “civilización”), pero
otra muy distinta es que pasen dos horas y cuarto tremendamente
desagradables. Quedan avisados.
|
 |
“Apocalypto”, o “el último cazador maya”, está cuidada hasta el
mínimo detalle. El apartado sonoro, monopolizado por el binomio
James Horner-Gibson
(inquietantes hilos vocales y percusivos del primero, y ese
particular vicio de respetar los dialectos del pasado del
segundo) ayudará a que se introduzcan todavía más en la selva;
pero “no tengan miedo”: no hasta el punto en que la sangre les
salpique. Es una lástima que toda su sutil profundidad pueda
verse eclipsada por su impacto visual, así que estén muy atentos
a los susurros del director. Su final, que será laureado y
repudiado por igual, quiere aportar validez a la cita de Durant
y algo de simetría argumental, pero la historia
que Gibson quería retratar no era la de los mayas, sino la de la
humanidad misma. No
somos tan distintos a cuando bailábamos desnudos o comíamos
carne aún palpitante. Puede que algo más refinados… pero está
claro que, en lo realmente trascendente, seguimos siendo
exactamente iguales.
Calificación:
    
Imágenes
de "Apocalypto" - Copyright © 2006 Icon
Productions. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Apocalypto"
Añade "Apocalypto" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Apocalypto" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Apocalypto" a un amigo
|