CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Regreso a la infancia
Luc Besson
es uno de los (pocos) realizadores europeos que, a día de hoy,
sabe plantarle cara al establishment americano jugando en
su propio terreno. Desde “El gran azul”, tal vez su obra más
personal, hasta su abracadabrante revisión de “Juana De Arco”,
pasando, cómo no, por el batido riquísimo en proteínas
referenciales que fue “El Quinto Elemento”, su cine siempre ha
sabido conjugar en dosis convenientemente desproporcionadas la
épica del gran espectáculo americano con el sello de un universo
personal más o menos reconocible. Y es seguramente por esa misma
razón que, con el tiempo, ha acabado granjeándose tantos
detractores entre la crítica más rancia, la que parece negar a
un autor el derecho a ser comercial, como seguidores
incondicionales. Sin llegar a posicionarme ni en un bando ni en
otro, aunque decantando la balanza más bien hacia el segundo, lo
que cabe reconocer a Besson es, ante todo, una innegable pasión
hacia su oficio, un sentido del espectáculo que ya quisieran
para sí algunos de los realizadores hollywoodienses más
(circunstancialmente o no) rentables de los últimos años y, por
último aunque no menos importante, una cierta imprevisibilidad
en lo que a la evolución de su filmografía se refiere.
Siete años han pasado desde su última película como director, un
tiempo que, lejos de guardar silencio, ha invertido en escribir
guiones, producir cintas de muy diverso calado... y estrenarse
como estrella de la literatura infantil. Precisamente, la cinta
que nos ocupa adapta a la gran pantalla su libro homónimo,
superventas en Francia y ya con una primera secuela
(previsiblemente, no la última) en las librerías.
No hay que ser un lince para ver en “Arthur y los minimoys” ecos
de Lewis Carroll, Frank Baum, Roald Dahl y, en líneas generales,
la gran ficción infantil clásica, pasando incluso por el ciclo
artúrico y, sí, Shakespeare. A fin de cuentas, y en palabras del
propio Besson, uno de los principales objetivos era rodarla "con
respeto y sin tratar a los niños como estúpidos". Lo cual, de
entrada, es un objetivo suficientemente ambicioso, de hecho
mucho más ambicioso que en todo lo referente al presupuesto
invertido o al fichaje de viejas estrellas americanas (aunque, a
fuerza de botox, uno ya no sabe si está viendo a
Mia Farrow
o a una versión sofisticada de la duquesa de Alba) y grandes
iconos de la cultura popular como
David Bowie
o Madonna
para dar voz a algunos de los pequeños protagonistas (en la
versión española tendemos que conformarnos con
Carlos Jean
y Elena Anaya).
Y es que, con Disney de capa perpetuamente caída y con Pixar
reincidiendo en las mismas historias de personajes supuestamente
“enrollados”, parece que el último bastión del (buen) cine
infantil se resiste tras las trincheras del manga, la
stop-motion de Tim Burton y pequeños milagros como “La
máscara de cristal”, que no en vano contaba con la creatividad
esencial de esos dos grandes genios del fantástico moderno que
son Neil Gaiman y Dave McKean.
Por fortuna, y aun con las muchas, muchísimas distancias que las
separan, “Arthur y los minimoys” entronca antes más bien con el
excelente film de McKean que con, pongamos,
"Chicken Little".
Firmemente arraigada en la mejor tradición de cine fantástico
infantil, y claramente orgullosa de ello, hasta el punto de casi
expoliar algunos diseños del gran Brian Freud (la sombra de
“Cristal Oscuro” y “Dentro del Laberinto” es alargada... y, qué
diablos, a estas alturas se agradece), la fantasía imaginada por
Besson puede verse como una bastante afortunada puesta al día
del mejor Jim Henson. Pues sin descuidar en
ningún momento el componente más netamente espectacular siempre
exigido a este tipo de propuestas, lo cierto es que “Arthur y
los minimoys” tampoco menosprecia el elemento emocional de la
historia y, como en
todo buen cuento de hadas (o de elfos, en este caso), nos regala
una pequeña bildungsroman salpicada de detalles a veces
más adultos y oscuros de lo que un niño puede captar de forma
consciente (baste recordar la verdadera historia de la
degradación de Maltazard, muy probablemente el guiño más
perverso y escabroso que un servidor recuerda en una cinta
infantil) y lo que nos ofrece, en definitiva, es la historia de
crecimiento interior de un niño que aprende a resolver
conflictos más adultos que propios de alguien de su edad y que,
durante el proceso, madura.
Es posible, pues, que el último Besson no sea el colmo de la
originalidad (algo que tampoco hay que reprocharle demasiado,
por otro lado, sobre todo en estos tiempos de pastiches
referenciales), pero a cambio consigue ofrecer un divertimento
espléndidamente desarrollado, técnicamente deslumbrante, mágico,
y no sólo digno sino, por momentos, memorable. En ese sentido,
la cinta de Besson cumple ampliamente sus objetivos: a los niños
no los trata como estúpidos... y a los adultos los hace sentir
un poco niños, sin hacer que se sientan necesariamente estúpidos
por ello.
Calificación:
    
Imágenes de "Arthur y los minimoys" - Copyright ©
2006 EuropaCorp, Avalanche Productions y Apipoulaï. Fotos por
Etienne George. Distribuida en España por New World Films. Todos los derechos
reservados.
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