CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Envenenado
dardo a la América de Bush
"Borat" es un
prodigioso falso documental que revela las miserias del ser
humano actual sobre el racismo y la intransigencia que avivan el
prejuicio y la ignorancia
Cuando uno
asiste a un filme como "Borat", debe tener en cuenta dos cosas:
la primera, que es la nueva creación del humorista
Sacha Baron Cohen (célebre
gracias a su personaje Ali G), intérprete acostumbrado a jugar
con fuego, a la polémica recreación establecida en la
provocación escatológica, impúdica y subversiva; y en segundo
lugar, que la dirección corre a cargo de
Larry Charles, creador de
"Seinfeld" y "Curb your enthusiasm", y uno de los estandartes
más importantes del stand up comedy contemporáneo. Ambos,
legatarios de Lenny Bruce o Andy Kaufman, están habituados a un
tipo de humor sarcástico e inmediato, incapaces de seguir las
convenciones sociales, dotados con una inteligencia expeditiva
donde la consecuencia es el humor que deriva de la crítica
social que apuesta con el desafío ante la moderación,
dinamitando sus códigos de comportamiento (chistes sobre
antisemitismo, ateísmo, racismo, homofobia o machismo) para
ofrecer a la sociedad un agresivo análisis sociológico sobre sus
propios defectos.
Partiendo de estos términos, "Borat" no
es más que la prolongación excesiva de ese humor con
arriesgada predisposición a la mofa provocativa inherente
a ambos creadores, una parodia cruel de la visión
tercermundista del norteamericano ante los países que
considera subdesarrollados, evidenciando síntomas de
supremacía arrogante, en realidad, una desmedida incultura
encubierta en la absurda y elitista prepotencia con la que
Estados Unidos mira al resto del mundo. Su sinopsis es
palmaria: dejando atrás su país natal, Kazajistán, Borat
Sagdiyev, presentador de la televisión pública de su país,
llega a Estados Unidos para hacer un reportaje sobre “la
nación más maravillosa de la tierra”, documental sobre la
forma de vida yanqui para ayudar a mejorar la existencia de su
pueblo kazajo. Pero en su camino se cruza la sugerente visión
de Pamela Anderson, que pasa a ser, de inmediato, su objetivo
de felicidad. Borat, nada más llegar, ya ha encontrado el
absurdo "sueño americano" que se ha prodigado hasta la
extenuación. Con lo que nadie contaba, es con que su
estrafalario comportamiento va a generar indignación y
reacciones, exponiendo los prejuicios e hipocresías de la
cultura norteamericana.
Larry Charles y Baron Cohen aceptan
las bases del falso documental para subvertirlas y exprimir así
todas las posibilidades cómicas que reúne el género. Dentro
del filme, Borat perpetúa con sus entrevistas una singular
perspectiva de las cosas, bajo una inocente apariencia y
malintencionada actitud, ridiculizando a mujeres, árabes,
judíos, gitanos, homosexuales, liberales, conservadores, judíos,
cristianos, musulmanes... El catálogo de objetivos para sus
envenenados dardos no tiene límites. Borat se convierte
inconscientemente en un fulminante contestatario, un crítico
que, desde el falso desconocimiento, ahonda en la realidad de un
país incoherente en sus diversas ideologías, profundizando de
forma malintencionada en la manipulación y fraudulenta imagen
que ha venido dando los EE.UU. al mundo, en ese entorno de
libertad, como la autoasumida tierra de las oportunidades (“si
te quedas aquí, triunfarás”, le espeta un universitario
fracasado y alcohólico que recorre la nación en una caravana).
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El absurdo, la escatología y la
sátira son los dispositivos con los que "Borat" adjudica
su particular road movie, su estudio sobre la
contraposición de culturas, del enfrentamiento directo de
aquellas sociedades superdesarrollados que, escudadas en
su democracia artificialmente laica, encubre la impostura
de las relaciones sociales, el ridículo de sus mecanismos
y la irritación que genera en la sociedad la aparición de
un elemento desestabilizador. Como en la secuencia de
rodeo, con Borat ponderando a los marines que han dado su
vida en Irak y elogiando a Bush, jaleado por el público
sureño que, pocos segundos después, escucha atónito en el
enfervorizado discurso el deseo del crítico reportero por
que el señor Bush pueda beberse la sangre de todos los
hombres, mujeres y niños de Irak, y apuntillar a los
encrespados asistentes con un apoteósico y agraviante
‘Star Spangled Banner’, el himno yanqui que sirve como
burla al patriotismo extremo.
Una cinta cuyo mensaje bascula entre
el gag políticamente incorrecto y la crítica política y social
de un país acostumbrado a creerse el ombligo del mundo, en
algunos casos, valiéndose de la raza y el sexo, mientras que en
otros aprovecha las patrióticas lecciones respecto a los valores
occidentales para escarnecer al que aparece en pantalla. Como
falso documental, "Borat" se convierte en una cinta de
reacciones, donde la realidad y la ficción se mezclan en función
de un objetivo, el de mover al pensamiento tras las hilarantes
situaciones que aparecen en pantalla (mítico resulta el
encuentro con el instructor que da clases de humor), utilizando
un ingenio que espera y necesita múltiples respuestas por parte
del espectador. Charles y Baron Cohen eligen a sus víctimas
sabiendo de antemano cuál puede ser su reacción, minando las
situaciones con expresiones desafortunadas que revelen el
verdadero pensamiento de gran parte de esa sociedad (el
encuentro con las feministas, su cena con la esnob clase alta,
su incursión en una armería, su entrada en el hotel después de
haber aprendido cómo moverse en la esfera nigga…).
Provocaciones de excelente humor que alcanzan un ámbito de
ostensible autenticidad.
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Y es que,
pese a su condición de cinta grosera y agreste, que maneja con
acierto sus cartas de humor zafio e inmediato, "Borat" esconde
una de las obras más inteligentes y reflexivas de los últimos
años, situándose más allá de cualquier etiqueta de comedia
socarrona. "Borat" apunta su humillante sátira no solo
contra esa mencionada hipocresía de aquellos que se ofenden con
la barbarie moral a la que somete el personaje a sus
entrevistados, sino contra aquellos que ríen la gracia y
confunden la acrimonia verbal y situacional con la plena
identificación. La reflexión de este manifiesto de catarsis
ideológica va mucho más allá de la autocrítica de Michael Moore
o de las expiatorias diatribas de Susann Sonntag, Michael Hart o
Noam Chomsky con respecto a la situación contemporánea de
Estados Unidos, ya que además de ridiculizar el patriotismo, el
ultracatolicismo, la censura, a los judíos y su retrato
kafkiano, al pueblo de Uzbekistán o la farsa vital yanqui,
"Borat" centra su mensaje en el modo en que el racismo y la
intransigencia crecen de modo solapado en el seno de la
modernidad, donde el prejuicio y la ignorancia afectan
sobremanera a nuestra sociedad.
"Borat" se
convierte así en una de las obras imprescindibles de este 2006,
en uno de los trabajos más clarividentes del cine actual, en
oposición a la vena circunspecta cuando se trata de exponer
sesudos y alarmantes análisis sobre la política, los riesgos de
la evolución, la sociedad y su desarrollo. La cinta de Larry
Charles y Sacha Baron Cohen es ante todo una comedia necesaria
que rebosa de hiperbólica agudeza a la hora de analizar la
condición de la white trash tan arraigada en el ser
humano y que, desgraciadamente, todos llevamos dentro.
Calificación:
    
Imágenes
de "Borat: El segundo mejor reportero del glorioso país
Kazajistán viaja a América" - Copyright © 2006 Four By Two, One America
y Everyman Pictures.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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