CRÍTICA
por
Miguel Á. Delgado
Lo malo que
tiene la autoría en el cine, y sobre todo en el francés, es que
parece que hasta las películas más fallidas, sólo por venir
firmadas por un cineasta de prestigio, tienen una mayor
consideración a la hora de su valoración que si hubiesen sido
hechas por algún desconocido debutante. Y sin embargo, si uno
quitara del cartel de “Borrachera de poder” el nombre de
Claude Chabrol, seguramente no
habría ningún reparo en decir que nos encontramos ante una cinta
sin un rumbo claro, plana y sin interés, y que ni siquiera la
siempre agradecida presencia de
Isabelle Huppert logra encarrilar.
Las casi
dos horas de metraje se hacen largas, muy largas, sobre todo
porque en los primeros veinte minutos ya se nos ha puesto sobre
el tapete todo lo que la cinta tiene para mostrar y, a
partir de entonces, prácticamente no aporta nada nuevo.
Inspirada en el caso Elf, el gran escándalo que sacudió la
política francesa en los noventa, la película tiene además el
problema, para el espectador español, de contener una serie de
claves sólo al alcance del público francés, que podrá ver en
varios de los personajes investigados por la jueza de
instrucción interpretada por la Huppert referencias a
determinados cargos y financieros de la vida política gala,
inidentificables para el espectador medio de nuestro país.
Se puede
entender que la intención de Chabrol no ha sido la de levantar
una obra de simple denuncia política, que haya preferido
detenerse en el retrato de una mujer cuya poca vida personal se
esfuma en la misma proporción en la que va profundizando en las
telarañas de un complejo caso de corrupción que salpica a todos
los estamentos de la vida política. Sin embargo, su propósito
(declarado en muchas entrevistas) de reflejar cómo el ansia de
poder es tan destructivo que acaba afectando a todos los que se
arriman a él, aunque sea para evitar sus excesos, no acaba de
aparecer en la pantalla, porque hay algo tan impostado, tan poco
real, en su plasmación, que resulta casi imposible poder sentir
ninguna empatía por la protagonista o sus familiares (un marido
que vive eclipsado por la fama de su esposa, pero tan mal
dibujado que su comportamiento aparece como poco menos que
inexplicable, y un sobrino vago, frívolo y simpático con el que
comenta, sorprendentemente, detalles del caso).
Por momentos,
incluso, es como si el afán de no ser realista fuese
intencionado (resulta imposible creer que una jueza que esté
sacando adelante un sumario tan enrevesado y complicado sólo
tenga la ayuda de un pasante), pero eso tiene como contrapartida
que el espectador pronto se desentiende de lo que le están
contando. Más aún cuando apenas hay giros argumentales que hagan
avanzar la historia y, cuando los hay (como el que se
produce cerca del final), parezcan tan repentinos, tan
inmotivados, que su eficacia sea prácticamente nula.
En suma, una
película donde resulta imposible encontrar la huella del gran
Chabrol, el capaz de retratar y sacar a la luz los secretos
escondidos de la burguesía y los círculos de poder, como
demostró en muchas de sus mejores obras. Lo que nos trae
“Borrachera de poder”, al contrario, es la muestra de un declive
vertiginoso, sin chispa, sin un verdadero armazón que le dé
vida. Y el hecho de ver la firma de su autor, en lugar de
suavizar la decepción, no hace más que resaltarla aún más, como
una constatación dolorosa de que al maestro quizá se le han
terminado las cosas qué decir. Quizá…
Calificación:
    
Imágenes de "Borrachera de poder" - Copyright © 2006 Aliceléo,
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