CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Desde la torre
de marfil
Por una vez,
el dardo de la imagen-palabra de Claude
Chabrol no se dirige hacia la burguesía hueca e
hipócrita sino que mira al poder como factor desencadenante de
corrupción, ya sea en su vertiente política, económica o
judicial, y a la postre en la misma naturaleza humana. Al fin y
al cabo, más sordidez, falsedad y juego de apariencias para una
democracia agónica en la que nadie parece salvarse, ni los
dirigentes en su escenario político o macroeconómico, ni los
individuos en su esfera doméstica y familiar. El fracaso de una
sociedad en la que el afán de poder y notoriedad, y la
desconfianza y la deslealtad se alían con la malversación de
fondos, la claudicación ante el soborno o la inmoralidad en la
vida privada. Un panorama negro y desalentador que este “autor”
de la “nouvelle vague” dibuja, en algunos momentos con brocha
gorda y en otros con preciso bisturí, según se trate de una
radiografía social o antropológica.
Desgraciadamente, la historia es bien
actual en cualquiera de nuestras democracias occidentales y
parte del famoso caso Elf francés, aunque los títulos
iniciales adviertan irónicamente de que “nada de lo contado
tiene parecido con la realidad”. Jeanne, una jueza “estrella”,
instruye un caso de corrupción política y económica, y está
dispuesta a tirar de la manta hasta inculpar a cuantos se
aprovechan de sus puestos para el enriquecimiento personal con
tráfico de influencias, oscuras comisiones, uso de fondos
reservados o demás artimañas financieras. Mientras, su
matrimonio se descompone y ella, perfeccionista y orgullosa en
su “torre de marfil”, no acierta a averiguar lo que le falta a
su vida.
La trama de denuncia político-económica
es bien simple y explícita, resuelta de manera realista y
convencional a partir de sucesivas declaraciones de cada uno de
los imputados ante la jueza. En ese aspecto, Chabrol no se libra
de caer en tópicos –aunque puedan ser ciertos y verdaderos–
llevados hasta la caricatura y el esperpento. Ridículas resultan
las confesiones de unos corruptos o sus apariciones con grandes
y ostentosos puros, como patética la presencia de sus abogados
defensores, o la apuesta por un feminismo de libro con dos
inteligentes, perspicaces y valientes mujeres frente a un
ayudante servil, un “presidente” débil y un marido pusilánime.
Por eso, bajo esta perspectiva, el film se muestra pesado,
soporífero e insoportable, excesivamente esquemático en la
caracterización de los personajes secundarios y lastrado por una
idea previa que busca evidenciar las intrincadas y fétidas
cloacas del poder, y los inútiles intentos de algunos por
desinfectarlas.
Existe,
sin embargo, otra manera de acercarse a la historia propuesta
por el director de "Gracias por el chocolate": atender al
sentido moral de sus personajes y a su fragilidad ante el
atractivo del poder. Bajo esta óptica, todos parecen
igualmente emborrachados en cuanto tratan de aprovechar su
situación ventajosa e imponer su ley sobre el entorno, en una
espiral de irracionalidad y pasión enfermiza. Lejos de cualquier
sentido de servicio, el poder político, económico, judicial o
policial se convierten en una manera de satisfacer el propio ego
en su vanidad, orgullo o ambición, ya sea en un nivel
crematístico o meramente intelectual. En su individualismo y
amoralidad, no está lejos la postura del senador o del
“presidente” –no importa cuál porque son muchos los así llamados
en la película, de manera intencionada– de la que ocupa la
juiciosa Jeanne, y la ambigüedad del comportamiento hace que
unos y otros aparezcan enajenados, a la deriva de sus impulsos
interiores. Precisamente la ceguera que sufre esta tenaz y
perfeccionista mujer la convierten en la principal víctima del
“sistema”, no por sus nobles intenciones sino por la soberbia y
altivez que la llevan a analizar sus relaciones personales bajo
la asepsia y frialdad de un nuevo caso, a descuidar y relegar su
matrimonio ante un desenfrenado trabajo, todo ello merced a la
fragilidad de una naturaleza desbocada, ensimismada y
deshumanizada.
La gran baza
de Chabrol es, una vez más, su actriz favorita,
Isabelle Huppert, con la que
juega una suerte de complicidad. El papel le va como anillo al
dedo, y su mirada dura y seca, su rostro lacónico y sin
concesiones al sentimiento se convierten en vehículo idóneo para
mostrar una máscara que esconde un espíritu vitalista y fuerte,
ególatra y desconfiado, displicente y desequilibrado en su
inteligencia emocional, carente de humildad y prudencia. A su
lado, el resto del reparto queda ensombrecido, e incluso uno se
pregunta por el sentido de la presencia de ese sobrino cuyo
mérito es ganar alguna que otra fortuna al póquer a base de
faroles, o el de esa compañera de juzgado que parece cubrir la
cuota de paridad. Ambos personajes, lo mismo que algún otro que
aparece fugazmente, resultan prescindibles, y toda la repetitiva
(t)rama política corre el riesgo de no permitir ver el bosque de
unos corazones vacíos, secos, muertos.
Por eso,
la película se hace lenta en muchos momentos, a pesar de su
pretendida narración fragmentada y dinámica, a base de fundidos
en negro y de una puesta en escena directa y un tanto abrupta:
en los juzgados se apoya en cortantes y rápidos interrogatorios,
con planos cerrados que impiden la salida a los encausados; en
las escenas de la vida privada funciona mejor, con planos más
abiertos y un tempo más intimista que permite vislumbrar el
vacío tras la máscara del poder, aunque nunca llegue a emocionar
ni conmover, ni siquiera en los momentos dramáticos por los que
atraviesa el matrimonio, quizá porque lo que sus personajes
respiran es frialdad y cinismo, distancia y desconfianza. Todo
esto queda bien recogido, por otra parte, por la fotografía de
Eduardo Serra, tenebrista en
los juzgados y más luminosa en el hogar. No parece, con todo,
que Chabrol vaya a ser recordado por esta obra, a la que le
falta fuerza y vigor narrativo, que está más pendiente de
analizar la representación de un rol que invade la misma persona
hasta desvitalizarla, y que se queda a medio camino en su
indagación de una clase humana-social que mira al resto desde su
corazón de marfil, desde su torre de poder.
Calificación:
    
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